Mundo ficciónIniciar sesiónElla es un ángel decidida en lo que desea. Él un hombre que la desea corromper. A punto de tomar los votos que la convertirán en monja, Erin comete el acto que cambiará su destino para siempre: salva a un hombre gravemente herido y lo esconde en su habitación dentro del convento. Él la amenaza antes de permitirle llamar a una ambulancia… y ella obedece, sin imaginar que acaba de proteger al hombre más peligroso y buscado del país. Lo que comienza como miedo pronto se transforma en una tentación imposible de ignorar. Erin jamás pensó perder el control, ni mucho menos descubrir un mundo que nunca se atrevió a imaginar. Pero ese hombre —oscuro, roto y condenado— despierta en ella deseos que chocan directamente con su fe. Él, marcado por una vida de violencia, ve en Erin algo que jamás tuvo: una posible redención. A pesar de llevar una bomba mortal dentro de su cabeza —un tumor que amenaza con destruirlo—, se siente irremediablemente atraído por una joven simple, inocente y prohibida. Son como agua y fuego. No pueden estar juntos: ella por su devoción, él por su condena. Y cuando un secreto peligroso sale a la luz, la vida de Erin queda en grave peligro. Porque algunos pecados no se cometen, se conceden.
Leer másErin
—Ya todo deje limpio, debo ir a asegurarme de que el portón esté bien cerrado —susurré para mí misma caminando con alegría.
Antes de cerrar las rejas busqué al celador, pero no estaba. De repente escuché unos quejidos y salí hacia afuera, hacia la casetita del señor Omar. Volví a escuchar otro ruido, más fuerte. Todo estaba oscuro. Me persigné y exhale antes ir afuera.
De repente sentí que alguien me observaba. Salí fuera del portón y no había nadie, solo una oscuridad total. De pronto, alguien me jaló con fuerza. Era un hombre. Grité aterrada, pero al verlo me quedé paralizada: estaba lleno de sangre, gravemente herido.—¿Está bien? —le pregunté, temblando.
El tipo negó con la cabeza.
—¿Crees que puedo estar bien estando herido, a punto de perder mis órganos y desangrándome? —respondió frío, calculador.
De repente aparecieron varios hombres a lo lejos. El herido me atrapó con fuerza y se escondió conmigo en la caseta del celador. Me susurró al oído que no hiciera ruido. Mi corazón latía tan rápido que pensé que me daría un paro cardíaco.
—Suélteme —le pedí.
—No hagas ruido —ordenó.
Vi a varios hombres pasar apresurados.
—Busquémoslo por la otra calle, debe estar escondido ahí.
¿Qué está pasando? ¿Lo estaban buscando a él?
Me solté de su agarre y él se quejó de dolor.
—Lo siento mucho. Voy a llamar a una ambulancia para que lo lleven a un hospital. ¿Quién pudo hacerle algo tan horrible? —dije mientras sacaba el móvil.
Sentí su mano apretarme la muñeca. Me quitó el teléfono.
—No vas a llamar a ningún puto hospital —susurró con rabia—. No sé qué vas a hacer, pero me vas a ayudar.
—No, por favor. Llamare a la policía si me hace daño.
—Cállate o te mato. Tengo un arma. Estas advertida. Si no me ayudas, iras a ver a Dios.
Me quedé paralizada. Yo solo quería ayudar, pero sentía que me había metido en la boca del lobo. Esto estaba mal. Señor, perdóname. Ayudar a una persona herida sin llevarla a un hospital era peligroso… y un pecado.
Empecé a persignarme. Él me miró con molestia.
—¿Por qué haces eso a cada rato?
—Es que usted me da miedo —admití—. Quise ayudarlo, pero creo que cometí el peor error de mi vida.
—No digas estupideces, monjita.
—Aún no lo soy —aclaré.
Me tomó del brazo con fuerza. Intenté ayudarlo a levantarse, pero perdí el equilibrio y caí encima de él. Se quejó de dolor. Estaba cubierta de sangre y quise huir, pero no podía dejar a un moribundo allí. No podía. No soy mala.
Miré a todos lados. No había nadie. Con dificultad logré llevarlo hasta mi habitación.
—Apúrate, me duele mucho —gruñó.
—Podría ser un poco más amable y decir gracias —le reclamé.
Me miró furioso. Tenía el cabello largo y unos ojos amarillentos que me inquietaron. Me tomó de la cintura y me asusté.
—¿Puede colocar su mano en otro lugar? —pedí nerviosa.
Sonrió de lado, pero volvió a quejarse.
—Cállate y avanza.
—Es usted muy maleducado, por lo menos agradezca —repliqué.
Solté un suspiro pesado. Al entrar en la habitación lo dejé sobre la cama. Se quejaba cada vez más y al encender la luz noté lo pálido que estaba.
De pronto tocaron la puerta. Me puse en alerta. Él sacó un arma, se acercó y me hizo un gesto para que guardara silencio. Sentí el metal frío en mi cuello.
—Hermana Erin, ¿ya está descansando? —preguntó la hermana Delia desde afuera.
—Sí, hermanita Delia, ya estoy descansando. Solo estaba escribiendo unos pasajes —respondí, tratando de no temblar.
—Bien, hermana. Nos vemos mañana en la misa. Recuerde llevar su pasaje bíblico memorizado.
—Está bien, hermana supervisora. Que descanse y que Dios la bendiga.
Cuando los pasos se alejaron, solté un bufido y empujé al hombre. Estaba furiosa.
—¿Qué le pasa? ¿Cómo se le ocurre poner esa mierd... cosa en mi cuello ? —le reclamé en voz baja.
Él sonrió de lado antes de responder:
—Vaya, la monjita sí sabe decir malas palabras. Se nota que no eres tan santa como me imaginé.
Me tapé la boca, avergonzada.
—Dios mío, perdóname…Todo esto es culpa suya —continué—. Me hizo decir cosas horribles y cometer esta locura de traerlo aquí cuando debería estar en un hospital. Está sangrando mucho y míreme… estoy llena de sangre por usted.
Él negó lentamente y alzó la pistola en silencio, señalándome.
Ayúdame…señor.
—Ven, cállate por una vez y busca cómo limpiarme esta herida. Haz algo, porque me estoy muriendo de dolor. Y si no lo haces, te vuelo los sesos aquí mismo y te encontrarán muerta, ¿entendido? —sentenció, apretando los dientes.
Tragué saliva, el miedo me cerró la garganta, y asentí. Rápidamente busqué un botiquín de primeros auxilios con las manos temblorosas.
Acerqué la lamparita y pude ver la herida. Era profunda… tanto que el pánico me recorrió el cuerpo. Él me observaba fijo, el rostro contraído por el dolor, pero en sus ojos no había debilidad, sino algo más oscuro, algo que me heló la sangre. Me arrodillé a su lado sin saber qué hacer. Vi el frasco de agua bendita y, de pronto, una idea desesperada cruzó mi mente.
Busqué una cuchilla. No sé por qué pensé que podría sacar la bala.
Cuando intenté hacerlo, él apretó mi muñeca con fuerza.
—Suéltame… así no podré ayudarte —dije con la voz temblorosa—. No sé cómo se hace esto. Por eso te dije que debíamos ir a un hospital…
No terminé la frase. Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello, duras, amenazantes.
—Si sigues hablando, te mando derechito al cielo. O no… tal vez al infierno —gruñó—. Haz lo que te dije. Saca la bala. Limpia la herida con lo que tengas. Invéntate algo. No me importa cómo, solo sálvame del pellejo. Me estoy desangrando y tú hablas demasiado… y me estás poniendo a prueba.
Asentí como un muñeco, moviendo la cabeza sin voluntad. Cuando aflojó un poco la presión, tosí con fuerza. Lo miré con rabia contenida y solté un bufido exasperado.
Tomé un poco de alcohol y lo derramé sobre la herida. Él apretó la mandíbula, pero no gritó. Intenté sacar la bala con la cuchilla; era difícil, la sangre me mareaba y las náuseas me subían al pecho. De pronto, él me quitó la cuchilla.
—Dame eso.
Lo hizo él mismo, sin asco ni temor, como si el dolor no existiera. Me cubrí los ojos. Después, aplicó alcohol otra vez. Yo busqué el yodo y se lo puse con cuidado. Al final, casi por instinto, dejé caer unas gotas de agua bendita.
—Que Dios te proteja… te sane… y te salve —murmuré.
Soltó una risa baja, peligrosa.
—Vaya… sí que eres una nenita. Al menos sabes orar. ¿Qué fue eso último que me echaste?
—Agua bendita. Ojalá, por lo menos, te purifique el alma… porque usted sí es un hombre muy malo.
—¿Muy malo? —repitió, ladeando la cabeza—. Exactamente. Y no tienes idea de en qué te has metido, pequeña angelita.
Lo miré con los ojos muy abiertos. Su mano se deslizó hasta mi cintura y me atrajo hacia él. El terror me paralizó de inmediato.
—Pequeña ángel… no vas a escapar de mí. Acabas de salvar al mismísimo demonio —susurró—. Ahora estás atrapada. Si no haces lo que te diga, atente a las consecuencias.
Mi corazón latía como una locomotora desbocada. No sabía si había hecho bien o mal en salvarlo. Solo sabía una cosa: al ayudarlo, había sellado mi destino y había cometido quizás un grave error.
ErinMiraba a la señora mientras intentaba tranquilizarme. Decía que no debía preocuparme, que no me pasaría nada, que nadie iba a venderme ni a hacerme daño. Aun así, el miedo no desaparecía. Un hombre que salve, había intentado secuestrarme y yo no tenía idea de cuáles eran sus verdaderas intenciones. Eso me aterraba.—Hablaré por ti para que te lleven nuevamente al convento —dijo con calma—. Discúlpanos, a veces mi esposo y Ángel, cometen locuras sin pensarlas.Sus palabras no lograban aliviar del todo mi angustia. Pensé en Dios, en soltar el peso que oprimía mi alma, en toda la maldad que existe allá afuera. Aquel hombre había sido un completo desconsiderado. Me secuestró y me trajo a este lugar, sin importarle nada, se notaba que no le temia a Dios, yo seguía molesta por su atrevimiento, sabía que ahora ya no había marcha atrás. Este hombre me alejo de mi hogar.—¿Te gustaría comer algo? —preguntó de pronto, sacándome de mis pensamientos.La miré y suspiré, negando con la cabeza
ÁngelEntramos a un lugar donde no podrán encontrarnos tan fácilmente. Al estacionar el microbús, bajo y observo a la monjita, que duerme plácidamente. La cargo en mis brazos y entonces Georgie me mira, haciéndome un gesto.—¿Qué vas a hacer con ella?Lo miro fijamente y sonrío de lado.—¿Qué crees que podría hacer con una monjita?—Bueno, dudo mucho que tus planes sean cogértela.—¿Cogérmela? —suelto una breve risa—. No. Ella es mi amuleto de la suerte.—¿Tu amuleto de la suerte? ¿A qué te refieres?—Verás… ella me salvó.—¿Te salvó? ¿Pero cómo?—No lo sé. Cuando me estaban siguiendo, logré llegar a una iglesia y fue la única que apareció en medio de la oscuridad. Así que, por ahora, no puedo deshacerme de ella. Es mi amuleto de la suerte… una angelita.—Ella sí es una angelita —responde—, no como tú, que puedes perder el nombre de un ángel, pero no lo eres. Eres el mismísimo demonio. No entiendo por qué a tu madre se le ocurrió ponerte ese nombre.—Eso suena muy raro —murmuro.—En f
ErinEl olor a incienso aún flotaba en el aire cuando me arrodillé en el banco de madera tratando de pedir perdón por todos mis pecados. Las campanas habían dejado de sonar, pero mi corazón seguía desbocado, como si no entendiera que la misa ya había comenzado. Y es que no estaba aquí si no mas bien en ese hombre.No lograba concentrarme en las oraciones y en nada.Mis manos sudaban dentro del hábito y mis dedos se entrelazaban con fuerza, casi con desesperación. Miraba una y otra vez hacia el jardín lateral, justo en la dirección donde se encontraba el ala de las habitaciones. Mi habitación y con ese hombre dentro.Cada segundo que pasaba sentía que el secreto me quemaba por dentro. Temía que el celador notara algo extraño, que entrara, que lo encontrara que todo se viniera abajo. Tenia miedo que él, sacerdote y la madre superiora se enterraran. Ese sería mi fin de novicia.—Concédeme calma —murmuré—. Solo un poco de calma. ¡POR LAS CHANCLAS DE MOISES, EN QUE ESTOY METIDA!Cuando ter
Ángel Escucho el campanado de la iglesia.Suena como un lamento viejo, y aburrido.Solté un bufido, cargado de rabia y de deseos peores.Si esta noche no hubiera misa, me iria sin pensarlo. Pero no puedo. Hay demasiadas personas allá afuera, y eso sería perjudicar a la mongita. Aunque, por ahora, no me da igual quién salga perjudicado. Lo único que quiero es liberarme, necesito irme al salvador lo más pronto posible.Sé muy bien que me están buscando para matarme.Pero no saben con quién demonios se están metiendo, quisieron jugar conmigo y apuñalarme por la espalda. Pero fui más rápido qué ellos.Que no crean que por tener el nombre de Ángel soy un bueno.Soy peor que eso.Miro la hora en el reloj de pared de esta habitación miserable.Las manecillas avanzan lento, como si se burlaran de mí.La puerta se abre y me escondo rápidamente detrás del ropero, conteniendo la respiración.Pero es la monjita. Entra con cuidado y cierra con llave.Me levanto despacio de mi escondite y la obser
Último capítulo