Mundo ficciónIniciar sesión
—Te elegí porque eras la única opción… pero ahora tengo a alguien mejor.
Esas fueron las palabras que me dedicó mi esposo antes de destruirme.
Brian Montenegro estaba de pie detrás de su escritorio, impecable en su traje oscuro, mirándome como si yo fuera un problema administrativo más.
—Pero no voy a permitir que cargues con tu bastardo manchando mi apellido… ni el de mi compañía.
Mi mano se movió instintivamente hacia mi vientre. No. No podía dejar que me hiciera esto. Di un paso atrás… y luego corrí.
Salí de su oficina casi tropezando, con el corazón golpeando contra mis costillas. El sonido de mis tacones resonó en el pasillo vacío de la empresa.
—¡Detenganla! —gritó alguien detrás de mí.
La puerta principal estaba a pocos metros, podía verla… Podía sentir el aire frío que entraba desde la calle. Entonces un pie se interpuso en mi camino. Todo ocurrió en un segundo.
Mi cuerpo salió disparado hacia adelante y me estrellé contra el suelo de mármol. El golpe me sacó el aire de los pulmones.
Cuando levanté la mirada, la vi, La mujer que había venido a reemplazarme.
Alta, elegante… con una sonrisa de desprecio dibujada en los labios.
Había sido ella quien me había hecho caer.
—Qué patética —murmuró, mirándome como si fuera basura.
Intenté ponerme de pie, pero unas manos fuertes me sujetaron por los brazos.
Los hombres de Brian.
—¡Por favor! —grité, girando la cabeza hacia la oficina— ¡Brian, no me quites a mi bebé!
Mi voz resonó por todo el vestíbulo. Algunas personas de la empresa observaban desde sus escritorios. Nadie se movió. Nadie dijo nada.
Los guardaespaldas me arrastraron por el suelo mientras yo intentaba zafarme.
—¡Suéltenme! ¡Por favor! —Pero nadie me escuchaba.
Me sacaron del edificio y me lanzaron dentro de una camioneta negra y Brian subió al asiento del conductor. El motor rugió y el vehículo arrancó a toda velocidad.
La ciudad pasó frente a mis ojos como manchas borrosas mientras yo me aferraba a mi vientre.
—Todo va a estar bien… —susurré entre lágrimas—. Todo va a estar bien, mi bebé… te lo prometo.
La camioneta se detuvo frente a un edificio viejo y descuidado. Antes de que pudiera reaccionar, abrí la puerta y corrí. No llegué lejos, Un golpe brutal en la parte de atrás de mi cabeza me hizo perder el equilibrio y Mis rodillas se estrellaron contra el pavimento.
Sentí cómo la piel se abría y la sangre comenzaba a correr. Uno de los hombres me sujetó del cabello y tiró de mí hacia arriba.
—Muévete.
Me arrastraron hacia el interior del edificio. El olor a desinfectante barato y sangre me golpeó en cuanto cruzamos la puerta, una clínica clandestina. Mi corazón empezó a latir con desesperación.
—No… —susurré. Intenté retroceder —¡No!
Me obligaron a acostarme sobre un catre metálico oxidado. Las correas apretaron mis muñecas y mis tobillos.
—Por favor… —miré al médico con desesperación—. No lo haga. El hombre ni siquiera me miró. —Puedo pagarle —dije—. Le daré todo el dinero que quiera.
Silencio.
—¡Lo denunciaré! — Nada.
El médico tomó unas tenazas metálicas de una bandeja. El metal brilló bajo la luz blanca del quirófano.
Frío.
Cruel.
—No… no… por favor…
Las lágrimas me corrían por las sienes, Entonces lo vi. Brian estaba al otro lado de la ventana, Observando. Sus ojos claros estaban clavados en mí, Su rostro no mostraba ninguna emoción. Las tenazas entraron en mi cuerpo.El dolor fue indescriptible.
Grité. Grité hasta que mi garganta ardió, Pero nadie vino a ayudarme.
El sudor y las lágrimas se mezclaban y fluían hacia mi boca, dejando solo amargura y salinidad.
Me pareció una eternidad.
Lo metieron en un frasco de vidrio.
Ya estaba formado.
Me mordí el labio, el sabor a óxido me inundó la boca.
Mis ojos inyectados en sangre los miraron fijamente.
La nueva prometida de Brian lo tomó entre sus manos. Lo observó con una mueca de disgusto.
—¿Esto era lo que te iba a causar tantos problemas?
Brian caminó hacia mí. Yo seguía atada al catre, temblando, cubierta de sangre. Se inclinó cerca de mi oído.
—¿Ves? —susurró—. Solo fue un dolorcito… para evitar un gran problema.
Mi pecho se agitaba violentamente y tenía la boca tan seca que no podía hablar.
Horas después me abandonaron en un callejón oscuro sin zapatos.
El frío cortante me hizo volver en mí y me obligué a levantarme, apoyándome contra la pared.
Con la sangre aún corriendo entre mis piernas, el pavimento estaba helado bajo mis pies descalzos.
Caminé, No sé cuánto tiempo.Una hora o tal vez más.
Cada paso era un cuchillo atravesándome el cuerpo, Pero seguí caminando. Porque detenerme significaba morir. Finalmente, unas luces aparecieron frente a mí.
En ese momento, pensé: «Déjame morir, déjame estar con mi bebé».
Lo siento mucho…
Cerré los ojos y esperé la muerte.
De repente, el coche frenó de golpe y abrí los ojos lentamente.
La puerta se abrió. Un hombre alto salió del vehículo.
No pude ver su rostro con claridad y no pude sostenerme más y caí hacia atrás.
Por un segundo pensé que todo había terminado, Pero entonces unos brazos cálidos me rodearon.
—Astrid… Dios mío… — Levanté la mirada.
— ¿Raúl?







