Mundo ficciónIniciar sesiónUn matrimonio por contrato. Un CEO que no escucha. Una mujer juzgada por un crimen que no cometió. Diana Ambrosetti fue acusada, humillada y silenciada por el hombre más poderoso de Washington. Pero cuando decide defender su verdad, nada vuelve a ser igual.
Leer másDiana Ambrosetti Falcón supo que algo estaba mal incluso antes de abrir los ojos.
El dolor la despertó desde lo más profundo de su vientre, una presión brutal, baja, cruel, como si algo se retorciera dentro de ella sin compasión. Se llevó una mano al abdomen y jadeó; el sudor le empapaba la frente pese al frío londinense que se filtraba por las paredes de la mansión. No era la primera vez que tenia la regla. Pero esta vez… esta vez era distinto. Cuando intentó incorporarse, una oleada de mareo la obligó a quedarse inmóvil. —No… no ahora… —susurró, con la voz rota. Al mover las piernas, lo sintió. La humedad tibia. La certeza inmediata del miedo. Se levantó con dificultad y caminó hasta el baño, sosteniéndose de la pared del dormitorio que compartía con un hombre que jamás la había mirado como esposa. Jeremy Ambrosetti Morgan dormía del otro lado de la cama, de espaldas, impecable incluso al descansar. Su respiración era lenta, controlada, como todo en él. Aun dormido parecía intocable, dueño absoluto del espacio. Tres años de matrimonio por contrato. Tres años sin caricias. Sin palabras. Sin un solo roce accidental. Para Jeremy, Diana no era una mujer. Era un acuerdo legal. Una cláusula más dentro de su vida perfectamente ordenada. Cuando bajó la mirada y vio la sangre manchando sus muslos y la sábana, el pánico le cerró el pecho. —Dios… —murmuró. — ¿Que voy a hacer? La sangre era abundante. Demasiada. Sus manos comenzaron a temblar mientras se limpiaba como podía. El dolor se intensificó, punzante, obligándola a doblarse sobre sí misma. Sabía que algunas mujeres pasaban reglas dolorosas, pero el cuerpo no entiende de lógica cuando grita. Un gemido escapó de sus labios. Entonces, la puerta del baño se abrió de golpe. —¿Qué demonios es esto? La voz de Jeremy no fue un grito. No lo necesitaba. Fue baja. Cortante. Autoritaria. Diana levantó la cabeza, pálida, con los ojos llenos de lágrimas. Jeremy estaba allí, alto, perfectamente erguido, con el rostro endurecido por una furia silenciosa. Vestía como si fuera a una reunión de alto nivel, incluso a esa hora. Su mirada descendió de inmediato al suelo… a la sangre. El silencio se volvió asfixiante. —Jeremy… yo… —intentó decir. Él dio un paso adelante. El ambiente pareció encogerse. —¿Estás sangrando? —preguntó, aunque la respuesta era evidente—. ¿Desde cuándo? —Es mi menstruación… —respondió ella, tragando saliva—. Me duele mucho, pero es normal algunas veces… La risa de Jeremy fue breve. Seca. Helada. —¿Menstruación? —repitió—. No me tomes por estúpido, Diana. El corazón de ella se estremeció. —No…esto es hemorragia. —Cállate. No levantó la voz. Pero la orden fue absoluta. Jeremy volvió a mirar la sangre, su expresión transformándose en algo oscuro, peligroso. —Tres años —dijo despacio—. Tres años sin tocarte. Tres años en los que jamás me interesó si respirabas o no… y ahora apareces sangrando así. Diana negó con la cabeza, desesperada. —Nunca estuve con nadie. Te lo juro… es solo mi regla. Soy irregular, nunca le presté atención… —¿Me estás diciendo —la interrumpió, avanzando hasta quedar frente a ella— que pretendes hacerme creer que esto no es un aborto? La palabra cayó como una sentencia. —¿Aborto…? —susurró ella—. No… no estoy embarazada… —Entonces explícame —espetó— cómo es posible que sangres de esta manera. Un nuevo espasmo de dolor la obligó a apoyarse en el lavamanos. —Me duele… por favor… quizá debería ir al hospital. Él sangrado no es normal. Jeremy no se movió. La miró con absoluto desprecio. —¿Hospital? —repitió—. ¿Para que un médico confirme que mi esposa quedó embarazada de otro hombre? Las lágrimas comenzaron a caer sin control. —No te engañé… nunca… tú jamás me tocaste… —Exacto —respondió él, con voz baja y peligrosa—. Yo jamás te toqué. Diana sintió que algo se rompía dentro de ella. —No había ningún hijo… es mi cuerpo… algunas mujeres sangran más… Jeremy la observó en silencio. Luego se dio la vuelta. —No me interesa —sentenció—. Desde este momento, quedas marcada como una mujer infiel bajo este techo. —¡No! —gritó ella, cayendo de rodillas—. Por favor… Jeremy se detuvo en la puerta, sin mirarla. —No vuelvas a dirigirme la palabra. Y agradece que este matrimonio sea un contrato. De otro modo, ya estarías en la calle. La puerta se cerró. Diana quedó sola, abrazándose el vientre en el suelo frío del baño. El dolor físico era insoportable, pero el otro… ese era devastador. No solo estaba sangrando. Estaba condenada. Ella no supo en qué momento dejó de temblar. El dolor no desapareció; simplemente se volvió constante, como un animal agazapado dentro de su vientre, esperando el instante exacto para volver a morder. Cuando el frío del suelo se volvió insoportable, logró arrastrarse hasta la cama. Sus piernas no la sostenían. La sangre seguía fluyendo, silenciosa, implacable. Se acostó de lado, abrazándose a sí misma. No había nadie que la cuidara. Nunca lo hubo. Jeremy no regresó esa noche. El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Diana cerró los ojos, no por descanso, sino por agotamiento. Cada espasmo la arrancaba del borde del sueño. Pensó en su madre. En la vida antes del apellido Ambrosetti. Antes del contrato que la convirtió en esposa sin ser mujer, en presencia sin existir. Cuando amaneció, el mundo no fue más amable. El sonido de la puerta del dormitorio abriéndose la despertó de golpe. Diana intentó incorporarse, pero su cuerpo tardó en responder. Jeremy estaba de pie frente a ella. Traje oscuro impecable. Gemelos de acero. Mirada fría. Como si la noche anterior no hubiera ocurrido. —Levántate —ordenó. Su voz no admitía retrasos. —Jeremy… —susurró. Él la observó desde la distancia, sin acercarse. —No te pedí que hablaras —dijo—. Te pedí que te levantaras. Diana apoyó las manos en el colchón y logró sentarse. El mareo la golpeó con fuerza. Manchas negras cruzaron su visión, pero se obligó a mantenerse despierta. Sabía que la debilidad no era una defensa. Con Jeremy, nunca lo era. —Hoy recibirás tu castigo —continuó él, ajustándose los gemelos—. No porque sangres. No porque estés enferma. —Hizo una pausa breve.—Sino porque me deshonraste. El aire se le atoró en la garganta. —Jamás te fallé… —dijo en un hilo de voz—. Nunca. Jeremy sonrió por primera vez. Fue breve. Cruel. Vacía. —Fallaste en lo único que te correspondía: mantenerte limpia. Ella bajó la mirada. —Desde hoy —prosiguió— dejarás la habitación principal. Una mujer infiel no comparte espacio con su esposo. —Pero… esta es mi casa… —No —corrigió él—. Es mi casa. Tú solo firmas papeles dentro de ella. Dos empleados aparecieron en la puerta, como si hubieran estado esperando la orden. Ninguno la miró a los ojos. Jeremy hizo un leve gesto con la mano. —Llévenla al cuarto del ala este. Retírenle todo lo que no sea estrictamente necesario. Jeremy no la miró. Las manos de los empleados fueron firmes, impersonales. No había violencia abierta; no la necesitaban. En esa casa, la voluntad de Jeremy era suficiente. El cuarto al que la llevaron no era pequeño, era adecuado, para ella muy perfecto. Jeremy entró detrás de ella. —A partir de hoy cumplirás funciones domésticas —dijo—. Desayunos, limpieza, lavandería. No volverás a presentarte como mi esposa en público. Diana se apoyó en la pared para no caer. —Estoy enferma, pero no se preocupe que cumpliré con las obligaciones, pero también te informo que iré a ver un doctor. Jeremy se acercó despacio, deteniéndose frente a ella. —Si sobrevives, verás a quien quieras —respondió—. Si no, el contrato se romperá por causas naturales. Ella levantó la vista, horrorizada. —No puedes ser muy cruel, Jeremy. —Puedo —corrigió—. Y lo haré. Se inclinó lo justo para que solo ella escuchara: —Si vuelvo a ver una sola gota de sangre fuera de lo que yo permita, asumiré que sigues pagando el precio de tu traición. Luego se marchó. Las horas siguientes fueron un infierno lento. Diana intentó cumplir con las tareas, pero su cuerpo se negaba. El dolor persistía. La sangre no cedía. Nadie la ayudó. Nadie se atrevía. En esa casa, Jeremy Ambrosetti Morgan era ley, juez y castigo. Al mediodía, Diana se sintio derrotada. No lloró. No gritó. Solo entendió su lugar. No era esposa. No era mujer. Era una culpable esperando sobrevivir a una condena que jamás mereció. Mientras el sol avanzaba sobre la mansión en Londres, Jeremy firmaba documentos en su oficina, tranquilo, convencido de algo que jamás cuestionaría: Nadie, absolutamente nadie, podía ir en su contra. Diana tardó varios minutos en reunir el valor para tomar el teléfono. Sus manos temblaban. No solo por el dolor persistente que seguía oprimiéndole el vientre como un puño cerrado, sino por el miedo constante a ser observada. En esa casa, incluso el silencio parecía responder a Jeremy Ambrosetti. Se sentó en el borde de la cama angosta del cuarto de servicio y respiró hondo antes de marcar. —Edith… —su voz se quebró apenas la llamada fue respondida. —¿Diana? —la preocupación fue inmediata—. ¿Qué pasa? Cariño, dime… ¿estás bien? Diana cerró los ojos. —No… no mucho. Me vino el periodo, pero esta vez es distinto. Mucho más abundante. Me duele demasiado… no entiendo qué me está pasando. Hubo un breve silencio al otro lado. —¿Estás sola? —preguntó Edith con cautela. —Sí. —Entonces escúchame bien —dijo con firmeza—. Voy para allá ahora mismo. —Edith, no sé si… —dudó—. Jeremy… —No me importa Jeremy —la interrumpió—. Si estás así, necesito verte. Dame quince minutos. La llamada terminó antes de que Diana pudiera protestar. Durante esos minutos, se cambió la ropa como pudo. Se sostuvo del lavamanos cuando el mareo volvió a golpearla y se miró al espejo sin reconocerse. Estaba pálida. Demasiado. Sus labios apenas tenían color. Cuando el sonido de un automóvil deteniéndose frente a la mansión llegó hasta ella, sintió un alivio que rozaba el llanto. Nadie la detuvo al salir. Los empleados evitaron mirarla, pero tampoco se interpusieron. Sin embargo, apenas cruzó el portón, una llamada fue realizada. —Señor Ambrosetti —informó una voz—. La señora Diana ha salido de la propiedad. Jeremy levantó la vista de los documentos que firmaba. —¿Sola? —No. Un vehículo la recogió. Sus ojos se afilaron. —Síganla —ordenó, sin alzar la voz—. Quiero saber exactamente a dónde va. Pero sin intervenir. —Estás blanca —dijo—. ¿Desde cuándo sangras así? — Pregunta Edith. —Desde anoche —respondió Diana, apoyando la cabeza en el respaldo—. Nunca me había pasado tan fuerte. —¿Dolor? —Mucho. Edith apretó el volante. —¿Cuándo fue tu último periodo normal? —No lo sé… soy irregular desde siempre. A veces pasan meses. Edith la miró de reojo. —¿Y Jeremy? ¿Sabe que estás así? ¿Podrías estar embarazada? Diana suspira. — Edith —dijo con cuidado. —¿Qué pasa? —¿Te acuerdas cuando te dije que mi matrimonio era solo un contrato? —Claro. —Nunca pasó nada —confesó—. Yo… sigo siendo virgen. Edith frenó de golpe en un semáforo y la miró incrédula. —¿Qué? —Tres años —repitió Diana—. Nunca consumamos el matrimonio. Nunca me tocó. El silencio dentro del auto fue pesado. —Eso… lo cambia todo —murmuró Edith. —Jeremy piensa que esto es un aborto —susurró Diana—. Cree que estuve con otro hombre. Edith soltó una risa breve, incrédula. —Se puede ser poderoso y brutalmente ignorante al mismo tiempo. Tomó su teléfono de inmediato. —Voy a llamar a alguien. —¿A quién? —A una amiga mía. Ginecóloga. La mejor. Marcó con rapidez. —¿Graciela? Soy Edith. Necesito un favor urgente… sí, ahora… ¿Dónde estás? … ¿Cómo que en una clínica? La expresión de Edith cambió. —¿Clínica de interrupciones? Diana levantó la mirada lentamente. —¿Abortos? —susurró. Edith tapó el micrófono. —Está de guardia hoy —explicó—. Pero es médica. Puede evaluarte igual. Dice que te lleve de inmediato. El estómago de Diana se contrajo, esta vez no solo por el dolor. —No quiero problemas… —Quieres respuestas —respondió firme—. Y las necesitas ya. Una hemorragia no es un juego. El auto retomó la marcha. Ninguna de las dos notó el vehículo oscuro que se mantenía a distancia prudente detrás de ellas. La clínica era fría, blanca, impersonal. Mujeres entraban y salían con miradas vacías. Algunas lloraban. Otras parecían no sentir nada. Diana se sintió fuera de lugar de inmediato. —Respira —le dijo Edith—. Nadie aquí sabe nada de ti. Graciela apareció pocos minutos después, con bata blanca y expresión profesional. —¿Dónde está tu amiga? —Es ella —respondió Edith—. Sangrado abundante, dolor intenso, irregularidad menstrual. Y… —bajó la voz—. Virgen. —Ven conmigo. Mientras Diana era guiada por el pasillo, afuera, en el estacionamiento, el vehículo que las había seguido se detuvo. Un hombre tomó fotografías discretas y realizó una llamada. —Señor Ambrosetti. La señora Diana entró a una clínica especializada en abortos. El silencio al otro lado fue peligroso. Jeremy apretó el mouse del ordenador. —¿Estás seguro? —Completamente, señor. —No la pierdas de vista —ordenó. Colgó. La confusión se transformó en certeza dentro de él. Una certeza equivocada. Implacable. Dentro del consultorio, Diana temblaba. —No estoy embarazada —repitió—. Nunca he tenido relaciones. —Tranquila —respondió Graciela—. Vamos a hacerte estudios. Hay muchas causas posibles. Pero afuera, la historia ya estaba siendo escrita de otra forma. Para Jeremy Ambrosetti Morgan, no había dudas. Su esposa había salido en secreto. Había mentido. Y había entrado a una clínica de abortos. Diana, sin saberlo, acababa de caminar directamente hacia el punto más oscuro de su condena.El vehículo avanzaba con suavidad por las calles iluminadas de Londres cuando Diana notó el cambio de ruta. No fue inmediato. Al principio pensó que solo era un atajo, una calle alternativa para evitar el tráfico nocturno. Pero después de varios giros que no reconoció, frunció el ceño y dirigió la mirada hacia la ventanilla. El paisaje ya no coincidía con el camino habitual hacia la villa. —¿A dónde vamos? —preguntó finalmente, sin ocultar la duda. Jeremy no apartó la vista del frente. Su perfil era impecable bajo la luz intermitente de los faroles: mandíbula firme, expresión cerrada, la elegancia natural de un hombre que nunca necesitó esforzarse para imponer presencia. —A cenar —respondió con simpleza. Diana parpadeó. —¿Cenar? —repitió—. Pero… en la villa hay suficiente comida. No es necesario que... Jeremy giró apenas el rostro hacia ella. No había ira en su mirada. Tampoco paciencia. —No se le permite opinar sobre decisiones que ya tomé —dijo con frialdad—. He
El comedor estaba envuelto en una quietud poco habitual. La luz de la mañana entraba por los ventanales altos, bañando la mesa larga de madera oscura con un brillo sobrio, casi solemne. Jeremy Ambrosetti ya estaba allí cuando Diana bajó. Impecable, como siempre. Traje gris carbón perfectamente ajustado, camisa blanca sin una sola arruga, el reloj discreto pero imposible de ignorar en su muñeca izquierda. No estaba leyendo el periódico ni usando el teléfono. Solo bebía café, con la atención puesta en algún pensamiento que parecía pesarle más que cualquier agenda. Diana se detuvo un segundo antes de avanzar. Aún no se acostumbraba a esa presencia que dominaba los espacios sin necesidad de palabras. Jeremy no levantó la vista de inmediato, pero sabía que ella estaba allí. Siempre lo sabía. —Siéntate —ordenó, con voz firme.No fue una invitación. Diana obedeció y tomó asiento frente a él, con la espalda recta, las manos juntas sobre el regazo. No bajó la mirada.Jeremy dejó la taza s
— Diana ¿Puedes acercar esto a la Oficina Presidencial? — La mujer se da la vuelta y observa a la secretaria que tenía ante ella, no había razones para negarse así que acepto llevar los documentos. Estaba a pocos metros de la oficina cuando una figura femenina apareció desde el lado opuesto del pasillo. Margrot Stewart. Era imposible no reconocerla. Alta, estilizada, vestida con un abrigo claro de corte impecable, tacones finos que marcaban cada paso con seguridad. Su cabello rubio caía con perfección calculada sobre los hombros. Margrot no caminaba: se exhibía. Como si aquel edificio también le perteneciera. Diana se detuvo apenas un segundo. No por miedo. Por reconocimiento. Había escuchado y habia visto que era la ex novia de su esposo. Margrot también la vio. Y sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue lenta. Afilada. De esas que se curvan cuando alguien cree haber encontrado una debilidad que explotar. — ¿Tú?… —dijo, acercándose de manera amenazante. Diana no respond
Arriba, en el piso más alto, Jeremy Ambrosetti permanecía de pie frente al ventanal. Londres se extendía bajo sus pies como un tablero perfectamente ordenado. Todo tenía un lugar. Todo obedecía una lógica. Todo… excepto ella. La carpeta del informe de Recursos Humanos que había solicitado sin titubear seguía abierta sobre su escritorio. Jeremy no la había tocado desde que Diana salió. No porque no le importara. Porque estaba evaluando. Su silencio era su arma mortal y su aliado más peligroso, pero más ala de todo se percato de que durante estos años no había sacado de su zona de confort a su esposa, él mismo se da cuenta que la mantuvo en un cristal aislada de todos, incluso oculta del mundo al que él pertenece. Jeremy no era un hombre impulsivo. Nunca lo había sido. Su poder no venía de arrebatos ni de gritos, sino de algo mucho más peligroso: la capacidad de detenerse. Presionó un botón del intercomunicador. —Tráeme al jefe de Seguridad —ordenó—. Y al departamento médico corpor
Diana sabía que estaba cruzando una línea. Y aun así, tomó nota mental de algo importante: Jeremy necesitaba aplastarla porque no la entendía. Y los hombres como él cometían errores cuando subestimaban. —Faltarme el respeto tendrá consecuencias —dijo él con frialdad. Diana respiró hondo. —Las acepto. — Esa respuesta no encajaba en el guion que él esperaba. —Las acepto —repitió—. Porque no he hecho nada malo. Si no quieres creerme, ese es tu problema. Se giró hacia la mesa y tomó la carpeta médica. La sostuvo un segundo más de lo necesario. No era miedo. Era cálculo. Luego la lanzó sobre la superficie de madera. —Ahí está todo —dijo—. Diagnósticos. Estudios. Sellos. Fechas. Usted es el presidente del grupo Ambrosetti. Supongo que si lee, podrá entenderlo mejor. Jeremy no tocó la carpeta. —¿Crees que esto te salva? —No —respondió Diana—. Pero me devuelve algo que intentaste quitarme. —¿Qué? Ella lo miró directo a los ojos. —Dignidad. Jeremy avanzó. La distanc
La noche cayó sobre Londres con una calma engañosa. Las luces de la ciudad se encendieron una a una, como si nada hubiese ocurrido durante el día. Como si ningún apellido hubiera sido arrastrado por los titulares. Como si una mujer no hubiese sido convertida en culpable colectiva antes siquiera de poder defenderse. Jeremy salió de la villa cuando el cielo aún conservaba un tinte azul oscuro. No dio explicaciones. No dejó órdenes. Tomó su abrigo, las llaves y se marchó con el mismo control con el que hacía todo. Pero esa noche, algo en su pecho no estaba en orden. No era culpa. Tampoco arrepentimiento. Era una presión incómoda. Persistente. El bar estaba a pocas cuadras, uno de esos lugares discretos donde el poder creía sentarse sin ser observado. Luces bajas. Madera oscura. Un piano suave al fondo. Jeremy pidió un whisky sin mirar la carta y se sentó en la barra, la espalda recta, la mirada fija al frente. Bebió un sorbo. El alcohol quemó lo justo para recordarle que segu





Último capítulo