El amanecer llegó a la villa Ambrosetti con una quietud engañosa.
La luz gris de Londres se filtraba entre los ventanales altos, dibujando sombras largas sobre los pisos de mármol. No había ruido, no había movimiento. Solo esa calma fría que precede a los días importantes, a los días que cambian cosas.
Jeremy ya estaba despierto.
Se encontraba de pie frente a la ventana del despacho, con el teléfono apoyado contra el oído, el rostro endurecido, Diana había llegado y se encontrado observando