PAPELERIA

Arriba, en el piso más alto, Jeremy Ambrosetti permanecía de pie frente al ventanal. Londres se extendía bajo sus pies como un tablero perfectamente ordenado. Todo tenía un lugar. Todo obedecía una lógica. Todo… excepto ella.

La carpeta del informe de Recursos Humanos que había solicitado sin titubear seguía abierta sobre su escritorio. Jeremy no la había tocado desde que Diana salió. No porque no le importara. Porque estaba evaluando. Su silencio era su arma mortal y su aliado más peligroso, pero más ala de todo se percato de que durante estos años no había sacado de su zona de confort a su esposa, él mismo se da cuenta que la mantuvo en un cristal aislada de todos, incluso oculta del mundo al que él pertenece.

Jeremy no era un hombre impulsivo. Nunca lo había sido. Su poder no venía de arrebatos ni de gritos, sino de algo mucho más peligroso: la capacidad de detenerse. Presionó un botón del intercomunicador.

—Tráeme al jefe de Seguridad —ordenó—. Y al departamento médico corporativo. Ahora.

No elevó la voz. No fue necesario.

Minutos después, la puerta volvió a abrirse.

—Las grabaciones —dijo Jeremy sin girarse—. Las del piso once. Oficina de Recursos Humanos. Quiero acceso a ellas ahora. — espetó él imponente CEO.

El jefe de Seguridad tragó saliva.

—Señor… ya las estamos procesando.

Jeremy giró apenas el rostro.

—No “las están”. Las quiero aquí.

El silencio se volvió espeso.

—Sí, señor.

Cuando quedó solo otra vez, Jeremy caminó hasta su escritorio y, por primera vez, tomó la carpeta médica que Diana había lanzado horas antes. No lo hizo con rabia. Lo hizo con precisión.

Diagnóstico.

Resultados.

Firmas.

Fechas.

Jeremy no era médico, pero tampoco era un ignorante.

Anemia severa.

Desorden hormonal.

Hemorragia uterina aguda.

No había aborto.

No había interrupción.

No había nada que respaldara la versión que el escándalo había construido. Y él mismo había iniciado. Jeremy apoyó la mano sobre el escritorio. Por primera vez desde que todo comenzó, algo se movió en su interior. No culpa. No remordimiento. Algo más incómodo. Duda.

El monitor se encendió cuando el jefe de Seguridad regresó. Las imágenes comenzaron a reproducirse en silencio. Cámara fija. Ángulo claro. Diana limpiando. La jefa de Recursos Humanos caminando distraída. El café volcándose. Jeremy no necesitó avanzar más.

La escena era clara. Irrefutable. Fría. Diana no mentía. Cerró el archivo sin decir una palabra.

—Puede retirarse —ordenó.

Cuando la puerta se cerró, el despacho quedó en un silencio absoluto. Jeremy Ambrosetti apoyó ambas manos sobre el escritorio y bajó la cabeza apenas unos centímetros. No porque estuviera derrotado. Porque estaba recalculando.

En su mundo, los errores no se perdonaban. Se corregían. Y Diana… no era un error menor.

Entre tanto Diana regresó a la villa cuando el cielo comenzaba a oscurecer.

No había llorado durante el trayecto, no tenía razón alguna oara hacerlo. Se quitó los zapatos al entrar y caminó descalza sobre el mármol frío, como si necesitara sentir algo real. Subió a su habitación y cerró la puerta con cuidado.

Solo entonces dejó caer el bolso sobre la cama.

Se acercó al espejo. Su reflejo no mostraba a una mujer rota. Mostraba cansancio. Determinación. Algo nuevo, peligroso incluso para ella misma.

—Esto no fue una victoria —susurró—. Fue una advertencia de que él mundo en el que vivimos está rodeado de Lobos disfrazados se corderos.

Se sentó en el borde de la cama y dejó caer los hombros. El peso de todo lo contenido la alcanzó de golpe. No lloró. Pero el temblor recorrió su cuerpo durante unos segundos.

Sabía que Jeremy no la perdonaría. Ni siquiera sabe su ha revisado los informes que le entregó, pero ella no dependía de seguir con vida porque su esposo le crea o no.

—Soy la esposa invisible del CEO, durante todo el natrimonio lo fui ¿Por qué ahora tendría que sostenerme de pie solo por lo que él decida o piense de mi ahora?

Jeremy llegó a la villa entrada la noche. No subió de inmediato. Se detuvo en el despacho privado de la planta baja, sirviéndose un trago que tampoco bebió. Apoyó el vaso sobre la mesa con fuerza medida. El CEO era consciente de que la superficie que habigaba ahora estaba en desnivel.

Por primera vez, su esposa no encajaba en la categoría que él había decidido asignarle. No era solo una pieza conveniente. No era solo una figura decorativa de un contrato bien firmado.

Era alguien capaz de resistirlo.

Jeremy apretó la mandíbula.

Eso no despertaba ternura en él.

Despertaba desafío.

Subió las escaleras sin hacer ruido.

Se detuvo frente a la puerta de Diana.

No entró.

No esa noche.

Porque ahora sabía algo más peligroso que una mentira: sabía que ella tenía razón.

Y aún no había decidido qué hacer con eso.

Diana por su parte se recostó sin dormir.

La oscuridad la envolvía, pero su mente seguía despierta. Sabía que el silencio de Jeremy no era paz. Era cálculo. Y ella ya no era ajena a ese lenguaje.

Esto no termina aquí, pensó.

Y, por primera vez, no sintió miedo.

Sintió claridad.

Jeremy Ambrosetti podía destruirla. Sí.

Pero ahora sabía que ella no caería sin pelear.

Se giró hacia la ventana.

—No voy a huir —susurró—. No esta vez. No volveré a quedarme callada. Ya lo he decidido y las acciones de hoy solo hacen que lo ratifique.

Porque había algo que Jeremy aún no comprendía del todo:

Ella no estaba tratando de ganarle.

Estaba tratando de sobrevivirle.

Y para eso, tendría que convertirse en algo que nadie esperaba.

Incluido él.

La mañana descendió sobre la villa Ambrosetti con una calma engañosa.

El comedor principal estaba bañado por la luz suave que entraba a través de los ventanales. La mesa, larga y perfectamente dispuesta, parecía esperar a alguien que siempre llegaba tarde… o demasiado temprano. Diana estaba sentada en uno de los extremos, con las manos entrelazadas sobre el regazo, la espalda recta, el gesto sereno.

Había dormido poco. Pero estaba acostumbrada a funcionar así.

Escuchó el sonido de pasos firmes descendiendo por la escalera principal.

No necesitó mirar para saber que era él.

Jeremy Ambrosetti apareció en el umbral con la naturalidad de quien no entra a un espacio: lo ocupa. Vestía un traje oscuro perfectamente entallado, camisa blanca, corbata sobria. Cada línea de su cuerpo hablaba de control. De poder. De una presencia que no admitía discusión.

Era alto. Demasiado.

Su sola cercanía hacía que cualquier otro pareciera menor, reducido, desplazado a un segundo plano. Jeremy no caminaba: avanzaba como si el mundo se abriera por reflejo.

Diana alzó la mirada.

Y, contra su voluntad, se sonrojó.

No fue miedo. No fue debilidad. Fue una reacción física, inevitable, a la proximidad de un hombre que imponía incluso en silencio. Jeremy se acercó a la mesa y tomó asiento frente a ella, dejando apenas un espacio calculado entre ambos.

—Buenos días —dijo él, con tono neutro.

—Buenos días —respondió Diana, con la voz firme.

No hubo más palabras.

Ninguna mención a lo ocurrido.

Ninguna disculpa.

Ninguna aclaración.

Jeremy tomó el periódico que le habían dejado preparado y comenzó a leer como si nada hubiera cambiado. Como si la noche anterior no hubiera reordenado silencios. Como si Diana no hubiera cruzado una línea invisible.

Y, sin embargo, algo era distinto.

Diana lo notó en la forma en que él la observaba por encima del papel. No con dureza. Con atención. Como si ahora evaluara algo que antes no había considerado digno de análisis.

Terminaron el desayuno en silencio.

Minutos después, el Bentley negro avanzaba por las calles de Londres con la elegancia propia de quien no necesita apurarse. Jeremy revisaba información en su tableta. Diana miraba por la ventanilla, memorizando la ciudad como si cada edificio pudiera volverse importante.

No intercambiaron palabra durante el trayecto.

Cuando llegaron al edificio Ambrosetti, la escena se repitió: puertas que se abrían, miradas que se bajaban, un respeto casi automático. Diana caminó un paso detrás de él, consciente de que cada movimiento era observado.

En el lobby, Jeremy se detuvo.

—Papelería —dijo sin girarse—. Inventario, archivo físico y control de insumos. Empieza ahí.

Diana asintió.

—Sí.

No protestó. No preguntó. No explicó.

Y eso volvió a irritarlo. En el fondo él esperaba que ella fuera habladora, pero no era así.

Jeremy la observó de reojo mientras ella se alejaba hacia el área indicada. No había sumisión en su caminar. Había decisión. Y eso, para un hombre como él, era una señal que no debía ignorarse.

La papelería estaba ubicada en uno de los niveles intermedios del edificio. No era un espacio visible, ni glamoroso, ni relevante a primera vista. Cajas, estanterías metálicas, archivadores. Todo olía a papel nuevo y a tinta.

Diana comenzó a trabajar de inmediato.

Revisó inventarios. Ordenó carpetas. Anotó cantidades. Pronto notó algo que no encajaba. Las cifras no coincidían. Había más pedidos que registros. Más consumo que respaldo.

No dijo nada.

Observó.

Tomó una caja y la movió de lugar. Sin querer —o tal vez queriendo—, una pila de formularios mal archivados cayó al suelo. El sonido seco atrajo miradas.

—Cuidado —dijo un empleado desde el fondo.

—Lo siento —respondió ella.

Se agachó para recoger los papeles.

Y fue entonces cuando lo vio.

Un documento intercalado donde no debía estar. Un pedido firmado con una fecha duplicada. Un código repetido. No era un error menor. Era una falla en la cadena de control.

Diana se quedó quieta unos segundos, con el papel entre los dedos.

Esto no es casual, pensó.

Guardó el documento sin decir palabra.

El “error” ya había ocurrido. Y no era el papel en el suelo.

Era haber visto algo que no debía pasar desapercibido.

Arriba, Jeremy Ambrosetti cerró una reunión con dos directores sin extenderla más de lo necesario. Su mente estaba en otra parte. No en los números. No en las proyecciones.

En ella.

En cómo había bajado la cabeza… pero no el carácter.

En cómo aceptaba órdenes sin perder identidad.

En cómo se movía por su empresa sin pedir permiso.

— Señor, su esposa se ha agotado muy bien en el área de papelería, aunque los demás compañeros no se atreven a mirarla a los ojos, mucho menos a desafiarla.

— Deja que la respeten y que ella también se haga respetar — El asistente sintió escalofríos, no sabe que tan bien o que tan mal pueda terminar quel el CEO tenga a su esposa aquí.

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