NO ME MIENTAS

La noche cayó sobre Londres con una calma engañosa.

Las luces de la ciudad se encendieron una a una, como si nada hubiese ocurrido durante el día. Como si ningún apellido hubiera sido arrastrado por los titulares. Como si una mujer no hubiese sido convertida en culpable colectiva antes siquiera de poder defenderse.

Jeremy salió de la villa cuando el cielo aún conservaba un tinte azul oscuro.

No dio explicaciones.

No dejó órdenes.

Tomó su abrigo, las llaves y se marchó con el mismo control con el que hacía todo. Pero esa noche, algo en su pecho no estaba en orden.

No era culpa.

Tampoco arrepentimiento.

Era una presión incómoda. Persistente.

El bar estaba a pocas cuadras, uno de esos lugares discretos donde el poder creía sentarse sin ser observado. Luces bajas. Madera oscura. Un piano suave al fondo.

Jeremy pidió un whisky sin mirar la carta y se sentó en la barra, la espalda recta, la mirada fija al frente.

Bebió un sorbo.

El alcohol quemó lo justo para recordarle que seguía teniendo control.

—Jeremy…

La voz lo alcanzó antes de que pudiera ignorarla.

Margrot Stewart estaba allí.

Vestida con sobriedad calculada, un vestido oscuro que resaltaba su figura sin parecer ostentoso. El cabello suelto caía sobre sus hombros con un descuido cuidadosamente ensayado. Se acercó despacio, como si temiera asustarlo… o como si supiera exactamente cuánto podía acercarse.

—No pensé que vendrías a este lugar —dijo con suavidad—. Pero siempre lo hacías cuando necesitabas pensar.

Jeremy no giró la cabeza de inmediato.

—Los hábitos no mueren fácil —respondió al fin.

Margrot se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre ambos. Bajó la mirada, como si cargara un peso invisible.

—Vi los titulares hoy —dijo—. Todo Londres habla de eso.

Jeremy volvió a beber.

—Londres siempre habla.

—No entiendo —continuó ella, alzando la vista lentamente—. No entiendo cómo estás casado con una mujer que no quiso tener un hijo tuyo. Cuando yo me muero por llevar en mo vientre un hijo tuyo, Jeremy.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Jeremy apoyó el vaso sobre la barra con un golpe seco.

—Si tanto hubiera querido un hijo mío —dijo sin mirarla—, no se habría ido.

Margrot se quedó inmóvil.

El golpe fue certero.

—Yo… —tragó saliva—. Yo era joven. Tenía miedo. No supe manejarlo.

—Siempre fuiste buena justificándote, siempre dejabas que el miedo fuera más fuerte que tú, nada raro, nada nuevo en eso—respondió él.

Por un instante, la seguridad de Margrot se resquebrajó. No estaba acostumbrada a que Jeremy no cediera.

—Nunca te olvidé —confesó—. Nunca dejé de pensar en lo que pudo haber sido. Y cuando vi lo de hoy… pensé que tal vez… —dudó— tal vez el destino nos estaba dando otra oportunidad.

Mientras hablaba, un destello casi imperceptible se reflejó en el espejo detrás de la barra.

Un fotógrafo.

Observando desde la penumbra.

Margrot no lo notó.

—Quiero enmendar mi error —continuó—. Permíteme estar cerca de ti otra vez. No te pido nada más.

Colocó lentamente su mano sobre la de Jeremy.

El contacto fue breve.

Él la retiró de inmediato su mano.

—No me gusta que me toquen —dijo con frialdad.

Margrot sintió el rechazo como una bofetada.

—Jeremy…

—No confundas el escándalo con una invitación —añadió—. Mi matrimonio es un asunto mío. Y tú dejaste de ser parte de mi vida hace mucho tiempo.

El fotógrafo volvió a disparar.

Dos figuras poderosas.

Un pasado insinuado.

Un presente incendiado.

Margrot forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Solo quería ayudarte —dijo—. Recordarte que no todos te fallaron.

Jeremy la miró por primera vez directamente.

—Tú fuiste la primera.

Se levantó, dejó el dinero sobre la barra y se marchó sin mirar atrás.

Margrot quedó sentada, con la mano aún suspendida en el aire, mientras en la sombra alguien ya enviaba las imágenes que pronto circularían.

La noche aún no había terminado de cobrar su precio.

En la villa, Diana ya estaba acostada.

La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por una lámpara tenue. El cansancio pesaba más que el dolor. Su cuerpo, debilitado, comenzaba por fin a rendirse al reposo forzado.

Un suave golpe en la puerta la hizo incorporarse.

—Pase…

Una de las mucamas entró con una bandeja.

—Su cena, señora.

—Gracias…

La mujer dudó un instante antes de retirarse.

—Señora… —añadió en voz baja—. Usted es muy hermosa. No permita que sean muy duros con usted.

Diana alzó la vista, sorprendida.

La mucama sonrió con timidez.

—Que tenga una buena noche.

Fue un gesto pequeño.

Pero en ese momento significó más que todas las palabras que Jeremy jamás le había dicho.

Diana cenó despacio, obedeciendo las indicaciones médicas. No podía darse el lujo de enfermar más.

Cuando terminó, salió al balcón.

La luna colgaba en el cielo como una promesa distante. El aire nocturno era fresco. Por primera vez en horas, el silencio no fue opresivo.

Fue compañía.

—Solo me quedo yo… —susurró.

Y tal vez eso era suficiente por esa noche.

El amanecer llegó sin hacer ruido.

Diana despertó con cautela. El dolor había cedido. El sangrado era mínimo. Normal.

Agradeció en silencio.

Se duchó, se vistió con ropa sencilla, trenzó su cabello. No buscaba verse bien. Solo pasar desapercibida.

Bajó a la cocina cuando la casa aún dormía.

Tomó el palo de limpieza.

No porque se lo exigieran en voz alta.

Sino porque Jeremy lo había decidido.

—Señora…

La ama de llaves le quitó el palo de las manos.

—Usted no tiene por qué hacer esto.

—Es mi obligación —respondió Diana—. Él lo ordenó.

—No es conveniente —dijo la mujer—. Ni para usted ni para la casa.

—Ya perdí esa batalla.

La ama de llaves la miró en silencio y se retiró.

Diana salió al jardín. Después de terminar con la limpieza.

El teléfono vibró.

—Edith…

—¿Cómo estás? —preguntó su amiga—. Dime la verdad.

—Mejor.

—Las noticias fueron censuradas, Di.

—Lo sé. Pero el daño sigue ahí.

—¿Y Jeremy?

—No quiere escucharme.

—Es poderoso —dijo Edith—, pero es cruel.

Una sonrisa mínima apareció en los labios de Diana.

Desde el despacho, Jeremy la observaba.

No escuchaba.

Pero veía.

Y eso fue suficiente para tensar su mandíbula.

—¿Hablabas con el padre del niño? —preguntó de pronto, ya frente a ella.

Diana sintió el golpe.

—No. Era mi amiga.

—No me mientas.

—No lo hice.

—Da igual —sentenció—. Ya tomé una decisión. No voy a creerte.

Se marchó.

Diana no lloró.

Había aprendido algo nuevo.

No todas las batallas se pierden gritando.

El estallido llegó horas después.

Las imágenes circulaban sin piedad.

Jeremy y Margrot.

Titulares venenosos.

Diana no se sorprendió.

Pensó, por primera vez sin miedo, en el divorcio.

Y la idea no le dolió. Más bien, La alivió.

—Prefiero irme… —pensó— antes que seguir desapareciendo.

Mientras tanto, Margrot sonreía frente a la pantalla.

—Volví —se dijo—. Y esta vez no pienso irme.

Y Diana, sola en el balcón, con el cielo cubierto anunciando lluvia, comprendió algo con una claridad nueva:

El silencio ya no la protegía.

Pero tampoco la destruiría para siempre.

Jeremy llegó a la villa cuando la noche ya había cerrado por completo.

No hubo portazos.

No hubo anuncios.

Su presencia se sintió antes de verse, como una presión invisible avanzando por los pasillos, comprimiendo el aire, obligando a la casa entera a contener la respiración. Los empleados se apartaron sin necesidad de órdenes. Con Jeremy Ambrosetti, la obediencia era un reflejo, no una decisión.

Diana lo sintió incluso antes de escucharlo.

Estaba sentada en el borde de la cama, la espalda recta, las manos quietas sobre el regazo, la mirada fija en un punto muerto de la pared. No lloraba. No pensaba en huir. Pensaba en resistir sin romperse, que era distinto.

Cuando los pasos firmes subiendo la escalera atravesaron el silencio, un escalofrío le recorrió la columna. Durante un segundo creyó —ingenuamente— que no entraría. Que esa noche la dejaría en paz.

No se movió.

No se levantó.

No se preparó.

Había aprendido que nada de eso cambiaba el resultado.

La puerta se abrió sin ceremonia.

Jeremy entró con el saco aún puesto, la corbata apenas aflojada, el rostro duro, los ojos fríos. No parecía un hombre que regresaba a casa, sino un juez entrando a dictar sentencia. El poder emanaba de él sin esfuerzo, una autoridad antigua, afilada, acostumbrada a no encontrar resistencia.

—¿Te asusté? —preguntó—. ¿Pensaste que incluso después de abortar merecías paz en esta habitación?

Diana levantó la mirada lentamente.

No había lágrimas en sus ojos. Ya no.

—Yo no aborté nada —respondió con firmeza controlada—. Ya te lo expliqué.

Jeremy soltó una risa breve, cargada de desprecio.

—Tu versión dejó de importarme.

Avanzó hasta quedar frente a ella. Diana percibió el aroma del alcohol mezclado con su perfume caro. No estaba borracho. Nunca lo estaba. Jeremy Ambrosetti siempre sabía exactamente lo que hacía.

—No soy una cualquiera —dijo ella antes de que él continuara—. Y no voy a permitir que me trates como si lo fuera.

Eso lo detuvo.

No por respeto.

Sino por sorpresa.

Jeremy la observó como quien analiza una pieza que acaba de moverse fuera del tablero.

—Cuida tu tono, Diana.

Ella se puso de pie.

No retrocedió.

No bajó la cabeza.

—El sangrado que tuve no fue un aborto —continuó—. Fue una hemorragia. Tengo anemia severa y un desorden hormonal. La doctora lo explicó. Yo te lo expliqué. Tú decidiste no escuchar.

Jeremy apretó la mandíbula.

—Fuiste a una clínica de abortos.

—Fui a una clínica con guardia médica —corrigió—. Porque me estaba desangrando. Porque estaba sola. Porque nadie más me llevaría.

El silencio cayó entre ellos, espeso.

—No salgo de esta villa —prosiguió Diana—. No voy a bares. No me exhibo. No me fotografío con nadie. A diferencia de ti.

Jeremy giró el rostro hacia ella con lentitud peligrosa.

—No estás en posición de reclamarme nada.

—Te dejaste ver con Margrot Stewart —dijo Diana sin titubear—. Con tu exnovia. Con cámaras. Y aun así, yo soy la culpable.

El aire se tensó.

Jeremy dio un paso adelante.

—No tienes derecho a cuestionarme. Me engañaste. Te embarazaste de otro.

—Tengo derecho a defender mi verdad —respondió ella—. Aunque no quieras creerla.

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