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TODOS MIENTEN Y SOLO TÚ DICES LA VERDAD

Diana sabía que estaba cruzando una línea.

Y aun así, tomó nota mental de algo importante: Jeremy necesitaba aplastarla porque no la entendía. Y los hombres como él cometían errores cuando subestimaban.

—Faltarme el respeto tendrá consecuencias —dijo él con frialdad.

Diana respiró hondo.

—Las acepto. — Esa respuesta no encajaba en el guion que él esperaba. —Las acepto —repitió—. Porque no he hecho nada malo. Si no quieres creerme, ese es tu problema.

Se giró hacia la mesa y tomó la carpeta médica. La sostuvo un segundo más de lo necesario. No era miedo. Era cálculo. Luego la lanzó sobre la superficie de madera.

—Ahí está todo —dijo—. Diagnósticos. Estudios. Sellos. Fechas. Usted es el presidente del grupo Ambrosetti. Supongo que si lee, podrá entenderlo mejor.

Jeremy no tocó la carpeta.

—¿Crees que esto te salva?

—No —respondió Diana—. Pero me devuelve algo que intentaste quitarme.

—¿Qué?

Ella lo miró directo a los ojos.

—Dignidad.

Jeremy avanzó.

La distancia entre ambos se redujo hasta volverse peligrosa. Su aura aplastaba, exigía rendición. Diana sintió el instinto de supervivencia gritarle que retrocediera.

No lo hizo.

—¿Sabes ante quién estás? —susurró él.

—Lo sé —respondió ella—. Estoy frente a un hombre que creyó un escándalo antes que a su esposa.

Jeremy alzó una mano, marcando territorio, proyectando amenaza.

—Estás jugando con fuego.

Diana alzó el mentón.

—Tal vez —susurró—. Pero no estoy mintiendo.

Jeremy la observó como se observa algo que aún no se decide si romper o conservar.

—Desafiarme tiene un costo —dijo finalmente—. Y acabas de aceptarlo.

—Lo sé.

Jeremy dio un paso atrás.

—Mañana irás a mi empresa. No como mi esposa. No como una Ambrosetti. Trabajarás en limpieza. Quiero que recuerdes quién soy.

Diana sostuvo su mirada.

—No tengo miedo del trabajo.

Eso lo irritó.

—Aprenderás a temer otras cosas.

Jeremy salió sin mirar atrás.

Solo cuando la puerta se cerró, Diana soltó el aire que había estado conteniendo. Sus piernas flaquearon. Se sentó en la cama.

Jeremy Ambrosetti no era solo un hombre.

Era una estructura de poder.

Podía destruirla con una llamada.

Pero el poder siempre dejaba rastros.

Y las empresas vivían de pruebas.

—Es la única forma… —susurró—. Resistir sin que note cuándo dejo de hacerlo.

A las seis de la mañana, Diana ya estaba lista.

No esperó órdenes.

Salió de la villa.

Caminó decidida hasta que un Bentley Continental GT negro se detuvo a su lado. Elegante. Imponente. Silencioso.

Jeremy bajó la ventanilla.

—Súbete —ordenó— antes de que te devoren los perros y me quiten la satisfacción de ser yo quien te destruya.

Ella lo miró.

No había miedo en sus ojos.

Había atención.

El edificio Ambrosetti se alzaba sobre Londres como una extensión natural de su CEO: vidrio, acero, dominio.

Diana entró detrás de él.

Observó.

Jerarquías. Miradas. Silencios.

—Empiezas en Recursos Humanos —dijo Jeremy—. Quiero informes.

Eso confirmó lo que ella sospechaba: no buscaba limpieza, buscaba humillación.

Trabajó en silencio.

Y cuando la jefa de Recursos Humanos derramó el café sobre los documentos y la culpó, Diana no reaccionó de inmediato.

Observó.

Vio cómo los empleados bajaban la mirada.

Vio la prisa por señalarla.

Cuando llamaron a Secretaría Presidencial, Diana ya sabía lo que venía.

La llamada llegó minutos después.

—Oficina Presidencial. Ahora.

Diana caminó hacia el ascensor con la espalda recta.

No como una víctima.

Como alguien que ya había identificado el error del enemigo.

Al entrar, chocó con el cuerpo de Jeremy.

—Vaya… —murmuró—. Muy segura para alguien tan ineficiente.

Le tomó la barbilla.

—¿Cómo pudiste ser tan incompetente?

—Yo no derramé nada —dijo Diana con calma—. Eso es mentira.

—Entonces todos mienten y solo tú dices la verdad.

Diana alzó la mirada.

—Esta es la empresa más poderosa de Londres —dijo—. Supongo que el CEO tuvo la previsión de instalar cámaras en las oficinas administrativas.

El silencio fue absoluto. Jeremy endureció las facciones. La frase cayó como una hoja de acero.

—Supongo que el CEO tuvo la previsión de instalar cámaras en las oficinas administrativas.

El silencio no fue incómodo. Fue peligroso. Jeremy Ambrosetti no se movió de inmediato. No alzó la voz. No reaccionó como un hombre herido en su orgullo, sino como uno que recalcula una guerra.

Durante un segundo —breve, imperceptible—, Diana vio algo distinto en su rostro.

No ira.

No desprecio.

Interés.

Jeremy soltó la barbilla de Diana con lentitud. No porque ella se lo exigiera, sino porque ya no necesitaba tocarla para dominar la escena.

—¿Crees que eso te salvará? —preguntó con frialdad medida.

Diana no retrocedió.

—No —respondió—. Pero demostrará quién miente… y quién se equivoca al elegir a sus enemigos.

La palabra enemigos no fue un error.

Jeremy la miró de arriba abajo como si la viera por primera vez sin el velo de la acusación. Como si recién ahora evaluara el calibre real del arma que tenía frente a él.

—Eres audaz —dijo— para alguien que está completamente sola.

—Estoy sola —corrigió Diana—. No indefensa. Mi única arma es la verdad que me acompaña y tengo muy claro que en esta jauría, no basta la valentía, tampoco la sinceridad.

Jeremy dio un paso hacia ella.

Su presencia volvió a imponerse con esa autoridad silenciosa que había construido imperios y enterrado rivales. El aire volvió a comprimirse. Cualquier otra persona habría bajado la cabeza.

Diana no lo hizo.

Sostuvo la mirada.

No con desafío adolescente.

Sino con la calma de quien sabe exactamente lo que está diciendo.

—Si revisa las cámaras —añadió—, encontrará la verdad. Si no lo hace… entonces esto no es una empresa. Es solo un trono.

Esa fue la línea invisible.

Jeremy sonrió apenas.

No era una sonrisa amable.

Era la de un hombre que reconoce peligro.

—Te equivocas en algo, Diana.

Se inclinó apenas hacia ella, lo suficiente para que solo ella escuchara.

—No elegí a cualquiera como esposa.

Diana no respondió. Porque en ese instante, por primera vez, no necesitaba hacerlo.

Jeremy se enderezó y habló con voz firme:

—Sal de mi oficina.

Ella obedeció.

Pero cuando dio media vuelta, no caminó rápido.

No huyó.

No tembló.

Cada paso fue medido.

Y Jeremy, observándola irse, entendió algo que no pensó posible:

No la había subestimado por débil.

La había subestimado por creerla inofensiva.

Cuando la puerta se cerró, Jeremy permaneció inmóvil.

Había ganado esa batalla.

Pero acababa de confirmar algo mucho más inquietante:

Diana Ambrosetti no era un error.

Era una elección.

Y quizá… la única mujer capaz de sobrevivir al hombre que él era.

Diana salió de la Oficina Presidencial sin mirar atrás.

La puerta se cerró a su espalda con un sonido seco, definitivo. No hubo reproches finales. No hubo castigo inmediato. Y eso, en el mundo de Jeremy Ambrosetti, era peor que un grito.

Caminó por el pasillo ejecutivo con el mismo paso firme con el que había entrado. Tacones suaves contra el mármol. Espalda recta. Rostro sereno.

Los empleados fingían trabajar, pero todos la observaban por el reflejo del cristal, por el rabillo del ojo, con esa mezcla de curiosidad y temor que solo se siente ante algo que no se comprende del todo.

La esposa del CEO acababa de salir de su despacho.

Y seguía en pie.

Nadie habló. Nadie se atrevió.

Diana avanzó hasta el ascensor y presionó el botón. Mientras esperaba, sintió cómo algo dentro de ella se acomodaba. No era alivio. No era victoria.

Era claridad.

Había cruzado una línea invisible… y no había sido destruida.

Las puertas se abrieron. Entró sola.

Cuando el ascensor descendió, Diana soltó lentamente el aire. No tembló. No se apoyó en la pared. No cerró los ojos.

Jeremy no la había desmentido.

Jeremy no la había humillado públicamente.

Jeremy no la había castigado.

Y eso solo podía significar una cosa:

él había entendido que ella no era débil.

En el piso ejecutivo, Jeremy permanecía inmóvil frente al ventanal. Londres seguía allí, extendida a sus pies, obediente como siempre. Pero algo había cambiado.

Diana Ambrosetti había pronunciado una verdad peligrosa… y había sobrevivido.

Tomó el teléfono interno.

—Quiero las grabaciones de Recursos Humanos —ordenó—. Todas.

Colgó sin esperar respuesta.

No estaba furioso.

No estaba confundido.

Estaba alerta.

Porque por primera vez desde que firmaron ese contrato, Jeremy Ambrosetti comprendió algo que no había previsto:

Su esposa no era un error.

No era una carga.

No era una mujer que se rompería bajo presión.

Era una variable.

Abajo, Diana regresó a su labor sin dramatismo. Tomó nuevamente los implementos de limpieza. Bajó la mirada solo lo necesario. No explicó nada. No se justificó ante nadie.

Pero algo había cambiado en la forma en que los demás la observaban.

La jefa de Recursos Humanos evitó su mirada.

Los murmullos se apagaron.

El aire se tensó.

Diana siguió limpiando.

Con calma.

Con precisión.

Como alguien que entiende que el verdadero poder no siempre grita… a veces, espera.

Y mientras pasaba el trapo sobre una superficie impecable, una certeza se asentó en su interior, firme como acero:

Jeremy Ambrosetti podía ser el hombre más peligroso de Londres.

Pero ella…

Ella era la única mujer capaz de enfrentarlo sin bajar la cabeza. Y eso —aunque nadie más lo supiera aún— la convertía en alguien aún más peligrosa. Entonces cierra sus ojos deja escapar un profundo suspiro y Murmura algunas palabras.

"A partir de ahora no voy a permitir que nadie me humille ni que duden de mi verdad. Ya no voy a callar, ni a bajar la cabeza. Si este es el mundo de Jeremy Ambrosetti, aprenderán que yo también tengo la fuerza para enfrentar lo que venga."

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