El silencio que siguió a la advertencia de Diana no fue alivio. Fue peligro. Leopolda Ambrosetti la observó como si acabara de descubrir algo profundamente ofensivo: no la rebeldía, sino el atrevimiento. Nadie —nadie— le hablaba así. Mucho menos una mujer como ella.
Una bastarda.
Una esposa por contrato.
Una intrusa.
Los labios de Leopolda se curvaron con una lentitud cruel.
—¿Acabas de amenazarme? —preguntó con una calma tan pulida que resultaba antinatural—. ¿Tú?
Diana sostuvo su postur