UNA BARBARIDAD INOCENTE

El silencio que siguió a la advertencia de Diana no fue alivio. Fue peligro. Leopolda Ambrosetti la observó como si acabara de descubrir algo profundamente ofensivo: no la rebeldía, sino el atrevimiento. Nadie —nadie— le hablaba así. Mucho menos una mujer como ella.

Una bastarda.

Una esposa por contrato.

Una intrusa.

Los labios de Leopolda se curvaron con una lentitud cruel.

—¿Acabas de amenazarme? —preguntó con una calma tan pulida que resultaba antinatural—. ¿Tú?

Diana sostuvo su postura. El rostro aún le ardía por la bofetada, el sabor metálico del golpe persistía en su boca, pero no bajó la mirada.

—No la amenacé —respondió—. Le puse un límite.

Eso fue el error.

Leopolda dio un paso adelante y, sin previo aviso, empujó a Diana con ambas manos. No fue un empujón torpe ni impulsivo. Fue firme, decidido, cargado de intención.

Diana perdió el equilibrio.

Sus pies resbalaron sobre el mármol pulido y cayó al suelo con un golpe seco, el aire escapando de sus pulmones en un jad
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