El comedor estaba envuelto en una quietud poco habitual. La luz de la mañana entraba por los ventanales altos, bañando la mesa larga de madera oscura con un brillo sobrio, casi solemne. Jeremy Ambrosetti ya estaba allí cuando Diana bajó. Impecable, como siempre. Traje gris carbón perfectamente ajustado, camisa blanca sin una sola arruga, el reloj discreto pero imposible de ignorar en su muñeca izquierda. No estaba leyendo el periódico ni usando el teléfono. Solo bebía café, con la atención puesta en algún pensamiento que parecía pesarle más que cualquier agenda.
Diana se detuvo un segundo antes de avanzar.
Aún no se acostumbraba a esa presencia que dominaba los espacios sin necesidad de palabras. Jeremy no levantó la vista de inmediato, pero sabía que ella estaba allí. Siempre lo sabía.
—Siéntate —ordenó, con voz firme.
No fue una invitación. Diana obedeció y tomó asiento frente a él, con la espalda recta, las manos juntas sobre el regazo. No bajó la mirada.
Jeremy dejó la taza s