El comedor estaba envuelto en una quietud poco habitual. La luz de la mañana entraba por los ventanales altos, bañando la mesa larga de madera oscura con un brillo sobrio, casi solemne. Jeremy Ambrosetti ya estaba allí cuando Diana bajó. Impecable, como siempre. Traje gris carbón perfectamente ajustado, camisa blanca sin una sola arruga, el reloj discreto pero imposible de ignorar en su muñeca izquierda. No estaba leyendo el periódico ni usando el teléfono. Solo bebía café, con la atención pues