El vehículo avanzaba con suavidad por las calles iluminadas de Londres cuando Diana notó el cambio de ruta.
No fue inmediato.
Al principio pensó que solo era un atajo, una calle alternativa para evitar el tráfico nocturno. Pero después de varios giros que no reconoció, frunció el ceño y dirigió la mirada hacia la ventanilla. El paisaje ya no coincidía con el camino habitual hacia la villa.
—¿A dónde vamos? —preguntó finalmente, sin ocultar la duda.
Jeremy no apartó la vista del frente.
Su perfil era impecable bajo la luz intermitente de los faroles: mandíbula firme, expresión cerrada, la elegancia natural de un hombre que nunca necesitó esforzarse para imponer presencia.
—A cenar —respondió con simpleza.
Diana parpadeó.
—¿Cenar? —repitió—. Pero… en la villa hay suficiente comida. No es necesario que...
Jeremy giró apenas el rostro hacia ella. No había ira en su mirada. Tampoco paciencia.
—No se le permite opinar sobre decisiones que ya tomé —dijo con frialdad—. He