Mundo ficciónIniciar sesiónEl escándalo más sonado del año en la Universidad de Ríoalto estalló de golpe, sin advertencia alguna: ¡un video íntimo de Elsa circulaba por el grupo general del campus! Grabado en la suite presidencial de un hotel de lujo, el clip la mostraba completamente expuesta, atada de manos a los brazos de un hombre mucho mayor que ella, con la espalda contra un enorme ventanal y una atmósfera cargada de sonidos inconfundibles que no dejaban lugar a dudas.
Leer más—¡Elsa!Carlos la abrazó con fuerza, sin poder contener las lágrimas.Desde que ella se fue al extranjero, nunca volvió a tener paz. Cada mes le enviaba dinero, sin falta, hasta que un día notó que su cuenta seguía intacta, sin un solo movimiento. Fue entonces cuando se enteró de que Elsa se había unido en secreto a una misión médica en zonas de guerra.Desde ese momento, lo único que lo mantenía despierto por las noches era pensar si su hija estaría bien, si tendría algo que comer, si seguiría viva entre las balas.Más tarde, cuando supo que Diego la había secuestrado y la tenía escondida en Ríoalto, el miedo se convirtió en desesperación. La mansión estaba vigilada día y noche. Intentó entrar varias veces, sin éxito. Hasta que, agotado por la impotencia, tomó una decisión radical: prender fuego a la propiedad.Por suerte, Elsa fue rescatada a tiempo.—Perdóname, hija... —susurró Carlos, la voz hecha trizas—. Nunca debí juzgarte. Nunca debí dejarte sola.Él también había creído los r
Diego la tenía encerrada en una de sus propiedades. En esa mansión inmensa y silenciosa, Elsa vivía con las muñecas y los tobillos atados por gruesas cadenas de hierro que tintineaban con cada movimiento que intentaba hacer.Fue ahí, en medio de ese lujo asfixiante, donde por fin entendió la verdad: Diego no había cruzado el mundo por amor, sino por una obsesión enferma de control. No quería compartir la vida con ella. Quería poseerla.—Diego... ¿qué soy para ti, en serio? —le preguntó un día, tras su enésimo intento fallido de escapar.Él le acarició la mejilla con una ternura que helaba la sangre. Sus ojos, en lugar de amor, reflejaban un deseo incontrolable de tenerla, cueste lo que cueste.—Eres la mujer que más he amado en mi vida.Elsa soltó una risa seca, amarga. Pero no duró. En segundos, esa risa se quebró en lágrimas mudas que resbalaron por su rostro.Durante su encierro, Diego no escatimó en nada: llenaba la casa con banquetes preparados por chefs reconocidos, le mandaba ve
Elsa corrió junto al equipo hacia la zona del desastre, con los ojos buscando desesperadamente entre el humo, los escombros y los cuerpos. No supo cuánto tiempo llevaba así hasta que lo vio: un hombre tendido junto a una camioneta destrozada, a punto de ser subido a una camilla.En ese instante, la máscara negra cayó al suelo, dejando al descubierto su rostro.—No manches... ¡qué guapo! —soltó Lorena, sin pensar.Elsa bajó la mirada, y al ver ese rostro, el aire se le atoró en la garganta.Era Diego.Como si hubiera sentido su presencia, él abrió los ojos de golpe. No dijo nada, solo extendió el brazo y le tomó la muñeca con fuerza, temblando pero firme.—Elsa, no te vayas...Lorena los miró con la boca abierta.—¿Se conocen?Elsa no respondió. Intentó soltarse, pero la mano de Diego no cedía. Era como si su piel la hubiera reconocido antes que su mente. Así, en silencio, con miradas que no sabían dónde posarse, volvieron juntos al campamento.Elsa quería alejarse, pero Diego, terco co
Los fragmentos de metralla le dieron de lleno en la espalda. El impacto fue brutal, dejando heridas profundas que de inmediato empezaron a sangrar. Aun así, el hombre no se movió. Apenas soltó un gruñido contenido mientras apretaba los dientes con fuerza.—Aquí no es seguro. Ven conmigo —murmuró con voz grave y entrecortada.Antes de que Elsa pudiera reaccionar, él ya la había tomado con firmeza del brazo y la llevó de regreso al campamento.Solo bajo la luz tenue de la tienda médica, Elsa pudo ver con claridad la gravedad de las heridas. La camisa empapada en sangre se pegaba a su espalda, y entre los cortes se alcanzaba a ver incluso parte del hueso.—No te muevas. Tengo que limpiarte esto —dijo ella con firmeza, sin dudar.Él no se opuso.Elsa trabajó en silencio, con una concentración casi quirúrgica. Cortó la tela con cuidado, extrajo cada pedazo de metralla con pinzas, desinfectó las heridas y vendó la zona lo mejor que pudo. Ni un solo temblor en sus manos. Ni un solo error.Fue





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