Aquel día, Diego había acompañado a Olga al hospital. Antes de irse, les pidió a sus amigos que le dieran un pequeño susto a Elsa, solo para bajarle los humos. Nada grave —pensó—, un escarmiento leve, tal vez con agua picante. Jamás imaginó que llegarían tan lejos. Que casi la mataran.
Olga, al ver lo que salía en la pantalla, se quedó sin aliento. La cara se le desfiguró del susto. Corrió al panel de control, desesperada, apretando botones sin saber lo que hacía.
—¡Apáguenlo! ¡Quítenlo ya! —gri