Elsa corrió junto al equipo hacia la zona del desastre, con los ojos buscando desesperadamente entre el humo, los escombros y los cuerpos. No supo cuánto tiempo llevaba así hasta que lo vio: un hombre tendido junto a una camioneta destrozada, a punto de ser subido a una camilla.
En ese instante, la máscara negra cayó al suelo, dejando al descubierto su rostro.
—No manches... ¡qué guapo! —soltó Lorena, sin pensar.
Elsa bajó la mirada, y al ver ese rostro, el aire se le atoró en la garganta.
Era D