Diego la tenía encerrada en una de sus propiedades. En esa mansión inmensa y silenciosa, Elsa vivía con las muñecas y los tobillos atados por gruesas cadenas de hierro que tintineaban con cada movimiento que intentaba hacer.
Fue ahí, en medio de ese lujo asfixiante, donde por fin entendió la verdad: Diego no había cruzado el mundo por amor, sino por una obsesión enferma de control. No quería compartir la vida con ella. Quería poseerla.
—Diego... ¿qué soy para ti, en serio? —le preguntó un día, t