Mundo ficciónIniciar sesiónElla era la esposa perfecta del magnate más poderoso de Dubái, hasta que descubrió la traición que lo cambiaría todo. Catalina Solís-Navarre no se derrumba. Se levanta. Y jura venganza. Forma una alianza secreta con cuatro mujeres marcadas por el mismo hombre: la exesposa, la exprometida, la amante descartada y la joven genio que él intentó destruir. Juntas, se convierten en una fuerza capaz de desmantelar su imperio desde dentro. Mientras el mundo de Khalid Al-Rasheed se desmorona, Catalina enfrenta otro peligro: el regreso del hombre que siempre ha amado, un periodista que podría salvarla o destruirlo todo. Entre un amor prohibido, un magnate vengativo y una hermandad nacida del dolor, Catalina deberá elegir: la venganza perfecta o su propia libertad. "La Venganza Dorada de la Esposa" – cuando cinco mujeres se unen, ningún rey queda en pie.
Leer másLa traición no huele a pecado.
Huele a vainilla negra.
Lo supe en el instante en que mis dedos rozaron la camisa de Khalid, abandonada sobre la otomana de terciopelo beige. Estaba tibia todavía, como si su cuerpo no hubiera querido desprenderse de ella. Él había llegado hace apenas una hora, supuestamente de una reunión en el campo de golf. Pero el campo de golf no deja perfume dulce. No deja nardos. No deja la esencia íntima de otra mujer aferrada al tejido.
Apreté el lino entre mis dedos. El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta.
Datos: Yo no uso perfumes dulces.
Datos: Ninguna empleada tiene permitido usarlos.
Datos: Khalid desprecia los aromas “vulgares”, los llama propios de mujeres sin clase.
Datos: La vainilla aquí no tiene explicación inocente.
Respiré hondo, buscando racionalidad. Pero lo único que encontré fue ese olor empalagoso que rompía con la geometría perfecta de mi vida. Ese aroma que no pertenecía a nuestro ático, ni a mi piel, ni a su rutina meticulosamente controlada.
Me incliné un poco más sobre la camisa, como si fuera un plano arquitectónico con un error mínimo pero devastador. Y ahí lo vi.
Una chispa dorada.
Una partícula microscópica de glitter brillando bajo la luz halógena. Un destello travieso, insultante, casi triunfal. De esos que dejan las mujeres que quieren ser recordadas. O las que no tienen miedo de ser descubiertas.
El aire se tensó. Mis dedos se congelaron. Por un instante, sentí que el mundo entero contenía el aliento conmigo.
Tres años viviendo bajo sus reglas.
Tres años moldeando mi vida según sus horarios, sus gustos, sus prohibiciones.
Tres años convenciéndome de que su control era amor.
Y ahora, un grano de purpurina desmoronaba esa mentira.
Solté la camisa como si quemara.
Cayó sobre la otomana, silenciosa, pero el golpe resonó dentro de mí como una explosión contenida.
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MI JAULA DORADA
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Mi prisión no tenía barrotes. Tenía ventanales de seis metros y un panorama tan perfecto que dolía. Desde el piso ciento cuarenta y ocho del Burj Khalifa, Dubái parecía un circuito de ordenador encendido: frío, brillante, artificial. El tipo de belleza que te hace olvidar que estás encerrada.
El aire filtrado olía a jazmín blanco, a riqueza, a control. A todo lo que había aceptado perder.
Yo era Catalina Solís-Navarre, la arquitecta española que había dejado de diseñar edificios para convertirme en un ornamento de lujo. Una pieza de museo en un penthouse que costaba más que todo lo que mis padres ganaron en su vida.
Me senté frente al tocador. La superficie de mármol reflejaba mi rostro como un reproche. Mis ojeras eran sombras leves, vestigios de noches sin dormir. Mi piel perfectamente pulida no dejaba pistas de mis dudas, ni de mi cansancio, ni del grito que llevaba años ahogando.
Tomé la base. No era maquillaje. Era estuco.
Una capa para esconder grietas.
Cubre el insomnio, me ordené.
Cubre la duda.
Cubre la verdad.
Mis manos se movían con precisión quirúrgica, como si la perfección pudiera salvarme.
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ENTONCES LO ESCUCHÉ
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—Catalina.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Giré bruscamente, ocultando la camisa detrás de mí como si fuera un arma del crimen.
Khalid estaba de pie en el marco de la puerta, vestido con un esmoquin que le quedaba tan impecable que parecía una segunda piel. Sus hombros anchos, su postura relajada pero autoritaria… él no necesitaba alzar la voz. Su presencia llenaba la habitación.
Su mirada descendió por mi vestido rojo —su elección— y una sonrisa satisfecha rozó sus labios.
—Sabía que este color era el indicado —dijo mientras se ajustaba los gemelos de ónix—. Esta noche necesito fuerza a mi lado. Los inversores rusos valoran la presencia. No solo el discurso.
Su tono era suave, aterciopelado. Un guante de terciopelo que ocultaba una daga.
Me obligué a sonreír.
—Tienes razón, habibi.
La palabra “cariño” en árabe me supo a ceniza.
Khalid avanzó, reduciendo la distancia entre nosotros. Su sombra cayó sobre mí como un eclipse. Deslizó un dedo por mi clavícula, justo sobre el diamante que colgaba frío como una cadena disfrazada de joya.
—La humildad es para los pobres —susurró—. Nosotros proyectamos poder.
Yo contuve el temblor.
Quise decirle que apestaba a otra mujer.
Quise restregarle la camisa en el rostro.
Quise romperle su seguridad como él había roto la mía.
Pero recordé una verdad esencial:
Un arquitecto no derriba un edificio sin calcular su caída.
—Estoy lista —logré decir.
Sus ojos oscuros me escanearon como si calcularan mi resistencia.
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EL DESCENSO
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Tomé su brazo, rígida. Caminamos juntos hacia el ascensor privado. El pasillo de mármol brillaba bajo las lámparas de cristal, proyectando un lujo que me resultaba cada día más ajeno.
Las puertas del ascensor se cerraron y nos envolvieron en un cubo de espejos.
Mi reflejo a su lado parecía perfecto. Demasiado perfecto. La versión de mí misma que él había construido a su conveniencia.
Mientras el ascensor comenzaba a descender, la presión en mis oídos no provenía de la altura. Era el peso de una verdad recién descubierta, un derrumbe silencioso dentro de mi pecho.
Khalid permanecía inmóvil, majestuoso, imperturbable. Yo podía sentir su calor, su perfume amaderado, ese Oud Wood que antes me gustaba y ahora me repugnaba.
Entonces, su teléfono vibró.
Él no se movió.
No necesitaba hacerlo.
Pero yo vi el reflejo en el panel metálico pulido.
La pantalla se iluminó.
Un mensaje entrante.
Tres palabras.
"Ella no sospecha."
El mundo se redujo a ese reflejo. Esa frase. Ese golpe final.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. Un mar de flashes nos envolvió. Reporteros, cámaras, sonrisas falsas.
Khalid me tomó del brazo y me empujó hacia la luz.
Sonreí.
Porque eso se esperaba de mí.
Pero Catalina Solís-Navarre no estaba sonriendo.
Catalina estaba observando.
Midiendo.
Calculando.
Y algo nuevo —algo afilado, algo peligroso— nacía dentro de mí, listo para tomar forma.
Esta vez no sería el adorno perfecto del ático más caro de Dubái.
Esta vez sería la arquitecta de mi propia destrucción.
O de la suya.
POV: CatalinaLa terraza de mi estudio en Gracia no tenía vistas al Burj Khalifa.No tenía barandillas de oro ni suelos de mármol importado. Tenía baldosas de terracota que guardaban el calor del sol y macetas con geranios rojos que olían a vida.Pero para mí, era el lugar más lujoso de la tierra.Era viernes por la noche.La mesa estaba puesta. No con porcelana fina, sino con platos de cerámica desiguales que había comprado en un mercado.Había jamón ibérico. Había pan con tomate. Había queso manchego y aceitunas. Y cinco copas de vino vacías esperando ser llenadas.El timbre sonó.No fue un timbre educado. Fue un timbre insistente, alegre, caótico.Corrí a abrir.—¡Sorpresa! —gritaron al unísono.Ahí estaban.Sera, con un vestido de flores que dejaba ver sus hombros bronceados, sosteniendo dos botellas de Cava.Layla, con unos vaqueros ajustados y una camisa de lino, el pelo suelto y una sonrisa que le llegaba a los ojos.Vivienne, que parecía diez años más joven sin el peso de la t
POV: CatalinaEl timbre del estudio sonó dos veces.Corto. Decidido.Miré el reloj. No podía ser Dante; acababa de irse a buscar hotel.Me sequé las manos, todavía húmedas de lavarme la cara, y caminé hacia la puerta.—¿Se te olvidó algo? —pregunté, abriendo con una sonrisa, esperando ver la cara de Dante.Pero la sonrisa se me congeló en los labios.No era Dante.Era una mujer pequeña, vestida completamente de negro, pero no con una abaya tradicional, sino con un abrigo de lana oscuro y un pañuelo de seda gris cubriendo su cabello.Se apoyaba en un bastón de ébano.—Mariam —susurró.Mariam Al-Rasheed estaba en el rellano de mi edificio en Gracia.Parecía fuera de lugar. Como si hubieran recortado una figura de un palacio del desierto y la hubieran pegado en una escalera de vecinos de Barcelona.—¿Puedo pasar, Catalina? —preguntó. Su voz no tenía la autoridad de hierro de Dubái. Sonaba cansada. Humana.—Por supuesto.Me aparté.Mariam entró.Caminó despacio, observando el estudio. Los
POV: CatalinaLa luz de la mañana en Barcelona era impenitente.Entraba por los ventanales del estudio, iluminando cada mota de polvo, cada grieta en el suelo de mosaico, cada duda en mi mente.Dante se había ido anoche.Me había dejado con un beso en la frente y una promesa de café.Debería estar feliz. Debería estar bailando por la habitación. El hombre que amaba me había ofrecido un futuro sin condiciones.Pero en lugar de bailar, estaba sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho, mirando el teléfono.Su nombre brillaba en la pantalla. DANTE.Solo tenía que pulsar el botón verde. Solo tenía que decir: "Ven".Pero mi dedo no se movía.Estaba paralizado por un peso invisible. El peso de tres años de condicionamiento.Cerré los ojos.Y de repente, no estaba en Barcelona.Estaba en el Penthouse.—No te pongas ese vestido, Catalina —decía la voz de Khalid en mi memoria—. Es demasiado revelador. No quiero que otros hombres miren lo que es mío.—¿Vas a salir con Imani? No creo
POV: DanteEl vuelo desde Dubái había durado siete horas, pero a Dante Moreno le parecieron siete años.Aterrizó en El Prat con una maleta pequeña y el corazón en la garganta.Barcelona lo recibió con una luz dorada de tarde, esa luz mediterránea que no quema, sino que acaricia.Tomó un taxi.—A Gracia. Calle Verdi.Mientras el taxi subía por la ciudad, Dante miraba por la ventanilla.Atrás quedaban el desierto, los rascacielos de cristal y la violencia de la isla. Atrás quedaba la sangre en la arena y los gritos de Khalid.Aquí, la gente caminaba despacio. Había árboles en las calles. Había vida normal.Pero Dante no se sentía normal.Se sentía como un soldado que vuelve del frente y no sabe si su casa sigue en pie.Llegó al número 45.Pagó al taxista y se quedó en la acera, mirando hacia arriba.El edificio modernista tenía los balcones abiertos. En el último piso, las cortinas blancas ondeaban con la brisa.—Está ahí —susurró.Su teléfono vibró. Releyó el mensaje de Cat por décima
POV: CatalinaEl aire de Barcelona no olía a aire acondicionado filtrado.Olía a salitre húmedo. A pinos calentados por el sol. A tubos de escape de motos y a café tostado en las esquinas.Bajé del taxi en la Travessera de Gracia.No llevaba chófer. No llevaba guardaespaldas.Llevaba una maleta de mano y las llaves de un pasado que había abandonado hace tres años.Me paré frente al portal de madera vieja y barniz descascarillado.El número 45.Mi edificio.No era un rascacielos de vidrio y acero que desafiaba a Dios. Era un edificio modernista de cuatro plantas, con balcones de hierro forjado y geranios que necesitaban agua.Toqué el timbre. Nadie contestó, por supuesto. El estudio llevaba cerrado desde que me fui a Dubái.Metí la llave en la cerradura.Giró con un chirrido familiar. Un sonido que no era electrónico. Era mecánico. Real.Empujé la puerta.El frescor del portal me envolvió. Olía a cera de suelos y a la comida de la vecina del primero.Subí las escaleras.No había ascens
POV: ZaraEl aire en la planta veintidós del Dubai Media City no olía a curry rancio ni a humedad.Olía a ozono, a café de especialidad y a éxito.Zara Okonkwo-Silva caminó por el pasillo de cristal de su nueva oficina.Sus zapatillas Converse desgastadas habían sido reemplazadas por unas botas de combate de diseño. Su sudadera de Star Wars había dado paso a una chaqueta estructurada de neopreno negro.Se detuvo frente a la placa de titanio en la entrada.Z-SEC GLOBAL. Ciberseguridad & Inteligencia Defensiva.No era un sueño. Era metal sólido.—Señora Silva —dijo su asistente, un chico joven con gafas que la miraba con reverencia—. El contrato con el Banco de Singapur está listo para su firma digital.—Gracias, Kevin.Zara entró en su despacho.Tres meses atrás, hackeaba Wi-Fi prestado para sobrevivir.Hoy, los bancos que antes la habrían rechazado por "riesgo crediticio" le pagaban millones para que encontrara sus agujeros de seguridad.Se sentó en su silla ergonómica.Miró la pantal
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