3: El Recibo Maldito

POV: Catalina

El silencio en el penthouse era absoluto.

Demasiado perfecto. Demasiado limpio. Tan intacto que parecía burlarse de mí.

El tipo de silencio que solo aparece cuando algo está a punto de romperse.

Khalid estaba en la ducha. Escuchaba el zumbido distante del agua golpeando el mármol negro, un sonido monótono que llenaba la casa como una falsa calma. Sabía exactamente cuánto duraban sus duchas: ocho minutos si estaba cansado, doce si estaba satisfecho consigo mismo. Hoy llevaba casi quince.

Yo estaba en el vestidor. De pie. Inmóvil. Conteniendo la respiración sin darme cuenta.

Necesitaba un bolígrafo.

Solo un maldito bolígrafo para anotar el número del periodista que había memorizado en la fiesta. No podía guardarlo en mi móvil. Khalid revisaba mi nube, mis notas, mis fotos. Yo vivía en un sistema de monitoreo permanente.

Busqué en mi bolso. Nada. Sentí el pánico subir por mi pecho como una mano fría.

Mis ojos cayeron sobre la chaqueta del esmoquin de Khalid.

Colgada en el galán de noche. Impecable. Ordenada. Vacía de humanidad. Esa chaqueta había sido testigo de más mentiras de las que yo jamás podría imaginar.

Él siempre llevaba una pluma Montblanc en el bolsillo interior.

Me acerqué.

Mis pasos sobre la alfombra parecían truenos en mis oídos. Como si cada fibra gritara que retrocediera, que no tocara nada suyo, que no despertara a la bestia.

Pero extendí la mano igual.

Mis dedos rozaron la seda fría del forro. Palpé el bolsillo. Allí estaba: la forma cilíndrica y perfecta de la pluma.

La saqué.

Pero algo más vino con ella.

Un trozo de papel.

Pequeño. Arrugado. Blanco.

Cayó al suelo en cámara lenta, girando como una hoja muerta.

Me agaché.

Mi plan era tirarlo. Ni siquiera pensé en mirarlo. Supuse que sería un ticket de aparcamiento o una factura de tintorería. Algo rutinario. Algo inocuo.

Pero mis ojos de arquitecta —entrenados para detectar imperfecciones de un milímetro en una estructura de hormigón— captaron un logotipo.

The Bulgari Resort Dubai.

La sangre abandonó mi rostro.

Sentí un pitido agudo en los oídos, como si alguien hubiese activado una alarma dentro de mi cabeza.

Me incorporé lentamente. El papel ardía en mis dedos.

Lo alisé con cuidado, como si tocara dinamita.

Fecha: Ayer, 14 de octubre.  

Hora: 14:30 - 17:45.

Concepto: Suite Seaview - Servicio de habitaciones.  

Champán Louis Roederer.  

Fresas.  

Ostras.

Mi mente se detuvo.

Luego arrancó de nuevo, a una velocidad salvaje.

Ayer.  

A las dos y media.

Recordé perfectamente esa tarde.

—Tengo una reunión con los inversores japoneses en el DIFC —me había dicho, besando mi frente—. Será largo y aburrido. No me esperes para el té.

DIFC. El centro financiero.

El Bulgari Resort estaba a veinte kilómetros. En dirección opuesta.

Miré el recibo otra vez. Las palabras parecían moverse, temblar, reírse de mí.

Tres horas y quince minutos.

Tiempo suficiente para una reunión.

Pero no para una reunión con japoneses.

Los japoneses no piden ostras.  

Los japoneses no firman contratos en suites privadas con vista al mar.  

Los japoneses no comen fresas de la mano del anfitrión.

Mi estómago se contrajo.

La imagen mental me golpeó con violencia: Khalid sobre sábanas perfectas, con otra mujer, alimentándola con fresas como si fuera una diosa que debía ser adorada.

Mientras yo estaba aquí.  

Eligiendo flores para su cena.  

Preparando su agenda.  

Jugando el papel de esposa ejemplar.

Sentí que el aire me abandonaba.

Las paredes del vestidor —repletas de vestidos de diseñador que él había comprado para moldearme a su gusto— parecieron cerrarse sobre mí. Eran hermosas. Carísimas. Sofocantes.

Todo era una mentira.

Cada “te quiero”.  

Cada regalo.  

Cada cena sorpresa.  

Cada beso en la frente.  

Eran el precio de mis servicios como esposa-trofeo.

Miré el recibo otra vez.

Estaba arrugado, metido en el bolsillo con prisa.

Con culpa.

O peor.

Con indiferencia absoluta.

Porque estaba tan seguro de mi ceguera que ni siquiera se molestó en destruirlo.

La furia reemplazó al dolor.

Una furia fría. Metódica. Precisa.  

La furia de una arquitecta que ha encontrado la grieta exacta donde colocar la dinamita.

Apreté el papel. Mis nudillos se volvieron blancos.

Podría ir al baño ahora mismo.  

Abrir la puerta de la ducha.  

Tirarle el recibo mojado a la cara.  

Gritarle. Golpearle el pecho con todo el dolor acumulado.

¿Y qué ganaría?

Él lo negaría.  

Diría que era para un socio.  

Que yo interpreto mal.  

Que soy emocional.  

Que soy insegura.  

Me gaslightearía hasta hacerme creer que todo es producto de mi imaginación.

Y yo me quedaría sin pruebas.  

Y sin dignidad.  

Y más atrapada que antes.

No.

Respiré hondo.  

Uno. Dos. Tres.

Alisé el papel. Caminé hacia mi joyero. Abrí el doble fondo, donde guardaba el pasaporte que él creía perdido. Mi pequeño acto de resistencia.

Metí allí el recibo.

Mi primera prueba física.

Mi primer ladrillo.  

Mi primer plano estratégico.  

La primera grieta documentada en los cimientos de su imperio de mentiras.

De repente, el agua de la ducha se detuvo.

El silencio volvió al penthouse.  

Pero ahora era denso.  

Tenía peso.  

Tenía filo.

Escuché la puerta del baño abrirse.  

El sonido de sus pasos descalzos sobre el mármol.  

Lentos. Húmedos. Dueños del espacio.

—¿Catalina? —llamó.

Su voz era rica. Profunda.  

Cariñosa.  

Falsa.

—¿Dónde estás, habibi? Te extraño.

“Te extraño”.  

La bilis subió por mi garganta.

Ayer estaba con otra.  

Hoy me extraña.

Tuve que cubrirme la boca para no vomitar en la alfombra de seda.

Me miré en el espejo del vestidor.  

Estaba pálida.  

Mis ojos brillaban con una mezcla de terror, asco y un odio que quemaba.

—Estoy aquí, Khalid —respondí.

Mi voz era normal.

Me sorprendió lo fácil que resultaba mentir.  

Quizás porque llevaba años haciéndolo.

—Solo estaba… buscando un pendiente.

Él apareció en el umbral.

Una toalla blanca rodeaba su cintura.  

Gotas resbalaban por sus hombros anchos, por su pecho firme.  

Era hermoso. Objetivamente hermoso.  

Una obra maestra de mármol negro.

Pero yo sabía lo que ocultaba por dentro.

Y esa belleza me resultaba repulsiva.

Sonrió al verme.

—Déjalo —dijo, extendiendo la mano hacia mí—. Te compraré otros mañana. Ven aquí.

Me quedé quieta.

Mirando su mano.

La misma que había pagado una suite.  

La misma que había tocado a otra.  

La misma que ahora quería tocarme a mí.

—Ven —repitió.

Su voz bajó a ese tono ronco que antes me derretía.

Di un paso hacia él.

No porque quisiera.

Sino porque la guerra había comenzado.

Y el primer movimiento era simple:

No dejar que él descubriera que yo ya tenía un arma.

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