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2: Un Evento de Oro y Mentiras

POV: Catalina

El salón de baile del hotel Atlantis olía a dinero antiguo y desesperación nueva.  

Era un olor pesado, casi pegajoso, una mezcla de perfumes caros y ambiciones sudorosas. El tipo de aroma que solo existe en lugares donde la gente pretende que nada puede tocarles, aunque la ruina les respire en la nuca.

Cientos de flashes estallaron a la vez.

Una tormenta eléctrica artificial.

Cerré los ojos por un microsegundo, intentando que mi cerebro no se sobrecargara con la luz, el sonido, el bullicio.

—Sonríe, Catalina —susurró Khalid en mi oído.

Su aliento rozó mi lóbulo. Caliente. Húmedo. Propietario.

No era una petición. Era una orden disfrazada de intimidad.

Su mano descansaba en la curva de mi cintura. Para las cámaras, era un gesto protector, un gesto de amor. Pero para mí, era un cepo de hierro. Sus dedos presionaban mi piel a través del Valentino rojo, como si necesitara recordarme constantemente que yo no era una mujer: era un objeto bajo su dominio.

—Siempre sonrío, habibi —respondí.

Mi voz salió suave. Perfecta. Fabricada.

Abrí los ojos y el mundo se enfocó.

Mujeres envueltas en vestidos que costaban más que la educación universitaria de una persona promedio. Hombres con trajes oscuros, relojes que gritaban superioridad y ojos tan vacíos que parecían espejos rotos. Todos nos miraban. Nos estudiaban. Nos juzgaban.

Éramos la realeza no oficial de Dubái.  

El arquitecto del imperio financiero y su musa española.  

Ese era el guion. Ese era el personaje que yo debía interpretar.

Avanzamos por la alfombra roja.

—¡Señor Al-Rasheed! ¡Señora! —gritaban los fotógrafos—. ¡Una foto aquí! ¡Miren a la izquierda! ¡A la derecha!

Khalid se detuvo y giró su cuerpo para mostrarme mejor.  

Como quien exhibe un coche deportivo nuevo. O un pura sangre.

Sentí las miradas de las otras mujeres clavándose en mi piel. Afiladas. Venenosas. No era envidia. Era disección. Analizaban cada centímetro, buscando fallas, grietas, debilidades.

Mientras pasábamos junto a un grupo de socialités con copas de champán, capté fragmentos de sus susurros.

—... dicen que la rusa sigue en la ciudad...

—... pobre chica, no tiene idea...

—... ese collar es nuevo, debe ser el regalo de “lo siento”...

Mi respiración se cortó.

El instinto me gritó que me girara, que las enfrentara, que les demostrara que no era estúpida. Que sabía del perfume dulce y del glitter en la camisa. Que la traición tenía nombre, olor y brillo dorado.

Pero la mano de Khalid se apretó más en mi cintura.  

Advertencia silenciosa.  

Casi dolorosa.

—Relaja los hombros —murmuró sin dejar de sonreír a las cámaras—. Estás tensa. Se nota en las fotos.

—Estoy cansada, Khalid —respondí, manteniendo la sonrisa.

—No estás cansada. Estás siendo desagradecida. Mira todo esto. Es para nosotros.

Nosotros.  

Esa palabra nunca había sonado tan vacía. Tan irónica. Tan ofensiva.

Llegamos al centro del salón.

Un hombre mayor, con cabello plateado y una mirada aguda como un bisturí, se acercó a nosotros.  

Era Ibrahim Al-Fayed, uno de los promotores inmobiliarios más importantes de la región.

—¡Khalid! —exclamó, estrechando la mano de mi esposo con efusividad teatral—. Y la encantadora Catalina.

Me tendió la mano. Yo la estreché con firmeza, como si ese apretón pudiera recordarme quién era antes de ser “la esposa”.

—Señor Al-Fayed —dije—. Leí sobre su nuevo proyecto en la Marina. El uso de paneles solares integrados en la fachada es fascinante.

Mis ojos se iluminaron.  

Por un segundo —solo un segundo— fui yo de nuevo. La arquitecta. La mujer que calculaba sombras y cargas térmicas con la misma naturalidad con la que otra respiraba.

—De hecho —continué, animada—, noté que la orientación del edificio podría optimizarse si rotaran el eje diez grados al este. Reducirían de forma significativa la carga térmica. Les ahorraría millones en refrigeración.

El señor Al-Fayed arqueó una ceja. Sorprendido. Interesado. Casi encantado.

—Vaya... —dijo lentamente—. No lo habíamos analizado desde ese ángulo. Es una observación muy aguda, señora Al-Rasheed.

Mi corazón dio un pequeño salto.  

Un microinstante de validación.  

Una chispa de la mujer que solía ser.

Abrí la boca para explicarle los cálculos rápidos que había hecho mentalmente. Tenía los números perfectamente ordenados en mi cabeza. Pero no llegué a hablar.

Sentí la mano de Khalid.

Ya no estaba en mi cintura.

Había subido a mi nuca, acariciando el nacimiento de mi cabello.  

Un gesto íntimo para quien no conociera la verdad.  

Para mí, era una mordaza.

Sus dedos se cerraron ligeramente.  

Como si sostuviera a un animal por el cuello.

—Mi esposa tiene una imaginación muy vívida, Ibrahim —interrumpió Khalid.

Su tono era indulgente. Paternal. Humillante.

Como si hablara de una niña que acababa de decir algo ingenuo.

Me helé.

—A Catalina le encanta decorar —continuó él, riendo suavemente—. Pero dejemos la ingeniería y los números a los hombres, ¿verdad, habibi? No queremos aburrirte con cosas pesadas.

El señor Al-Fayed soltó una risita incómoda. La chispa de interés en sus ojos se apagó.  

Volvió a mirarme como antes.  

Como a un adorno.

—Claro, claro —dijo Al-Fayed—. Tienes una joya en casa, Khalid. Cuídala.

—Oh, créeme —respondió Khalid—. La guardo bajo llave.

Rieron los dos.  

Y yo también reí.  

Porque tenía que hacerlo.  

Pero mi risa sonó como cristal rompiéndose.

El calor subió por mi cuello, ardiendo bajo la piel.

Dejemos los números a los hombres.

Yo me gradué con honores.  

Yo diseñé puentes en Europa.  

Yo dirigí equipos.  

Yo era alguien.

Ahora era “la esposa que le gusta decorar”.

Khalid retiró la mano de mi nuca y volvió a mi cintura.

—Ve a buscar una bebida, cariño —dijo, dándome una palmadita condescendiente en la cadera—. Ibrahim y yo tenemos que hablar de negocios reales.

No respondí.  

Solo asentí.

Me giré y caminé hacia la barra.  

Espalda recta.  

Mentón alto.  

Pasos firmes.

Pero por dentro, sangraba.

Llegué a una esquina apartada del salón, lejos de los flashes y de las risas huecas. Tomé una copa de agua con gas, pero mis manos temblaban tanto que el hielo tintineó como si delatara mi secreto.

Me miré en el reflejo de una ventana oscura.

El vestido rojo brillaba.  

Los diamantes destellaban.  

Pero la mujer del reflejo tenía los ojos muertos.

Miré hacia el centro del salón.

Khalid reía con Al-Fayed.  

Se veía poderoso.  

Intocable.  

Dueño del mundo.

Y entonces lo entendí.

No era su compañera.  

No era su amor.  

Ni siquiera era su esposa en el sentido humano.

Era una propiedad.

Como su ático.  

Como sus autos.  

Como sus acciones.

Me había comprado con halagos, viajes y seda.  

Y ahora me exhibía para aumentar su valor de mercado.

Apreté la copa.  

El cristal crujió bajo mis dedos.

Una gota de agua fría resbaló por mi mano.  

O tal vez fue una lágrima que me negué a aceptar.

—¿Estás bien? —preguntó una voz a mi lado.

Me sobresalté. Giré rápido, recolocando la máscara en mi rostro.

No era un fotógrafo.  

Ni un socio de Khalid.

Era un hombre joven.  

Ojos oscuros. Intensos.  

Cabello ligeramente desordenado para un evento como este.  

Un traje modesto comparado con los de los magnates presentes.  

Y una credencial de prensa colgada al cuello.

Me miraba con una curiosidad limpia.

Y con algo más.

Lástima.  

Empatía.

—Perfectamente —mentí.

Él ladeó la cabeza, estudiándome.

—No lo parece, señora Al-Rasheed —dijo en voz baja—. Parece alguien que acaba de darse cuenta de que está atrapada en un incendio.

Mi corazón se saltó un latido.

¿Quién demonios era este hombre?

¿Y por qué era el único que podía verme de verdad?

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