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4: La Amiga Hermosa Demasiado Cómoda

POV: Catalina

Tres días después del recibo maldito, Khalid organizó una “pequeña cena informal”.

En su vocabulario, “informal” significaba caviar Beluga, tres camareros de guante blanco y cubertería de plata maciza que brillaba como si fuese a anunciar nuestra hipocresía al mundo.

La mesa estaba puesta para seis.  

El aire acondicionado zumbaba con una suavidad quirúrgica.  

El penthouse olía a trufas, vino caro y tensión contenida.

Yo estaba sentada a la derecha de Khalid.  

Mi trono habitual.  

Mi jaula dentro de otra jaula.

Llevaba un vestido de seda verde esmeralda. Él lo había elegido. Dijo que combinaba con mis ojos.

Yo sabía que combinaba con su ego.

—Catalina, tienes que probar este vino —dijo Jean-Luc, el banquero suizo con cara de roedor—. Es un Burdeos del 82. Exquisito.

Sonreí.  

La máscara ya era parte de mi piel.

—Es delicioso, Jean-Luc.

Entonces, el timbre sonó.

Un sonido simple.  

Pero en mi pecho retumbó como un disparo.

El mayordomo se deslizó hacia la entrada, tan silencioso como un fantasma entrenado para no estorbar.

—Debe ser Tatiana —dijo Khalid.

Su tono cambió.

Fue mínimo. Un temblor microscópico.  

Pero yo lo escuché.  

Mis sentidos llevaban tres días en alerta roja.

—¿Tatiana? —pregunté, alzando una ceja—. ¿La nueva consultora de arte?

—Sí. Es brillante. Necesitamos su ojo para la nueva colección del holding.

Las puertas dobles se abrieron.

Y el aire de la habitación cambió.

Entró una mujer.

No era simplemente guapa. Era una catástrofe elegante. Un accidente de tráfico del que nadie puede apartar la mirada.

Alta. Rubia.  

Con esa belleza eslava que parece esculpida entre hielo y pecado.

Llevaba un vestido negro, sencillo, pero que abrazaba su cuerpo con la precisión de una segunda piel.

Sus ojos azules eran feroces. Depredadores.  

Del tipo que analiza, calcula y desecha.

Caminó hacia la mesa con una confianza que no se aprende en la universidad.

Se aprende en la cama de hombres poderosos.

—Privet, a todos —saludó, con una voz ronca y ahumada que parecía recién salida de un club de jazz en Moscú.

Khalid se puso de pie.

Demasiado rápido.  

Tan rápido que su silla rechinó contra el mármol.

—Tatiana —dijo él—. Bienvenida.

Se acercó a ella.  

Le tomó la mano.  

Y la besó.

No fue un beso protocolario.  

Sus labios se demoraron un segundo más.  

Suficiente para desnudar la verdad que llevaba días evitándome.

Vi cómo la nuez de Adán de Khalid subía y bajaba al tragar.  

Mi estómago se contrajo como si me hubiese tragado un pedazo de vidrio.

—Tú debes ser Catalina —dijo Tatiana, girándose hacia mí.

Me recorrió de arriba a abajo.  

No me estaba saludando.

Me estaba evaluando.  

Midiendo la estructura de mi caída.

—Encantada —respondí, sin levantarme.

Ella sonrió. Una sonrisa quirúrgica, demasiado perfecta.

—Khalid me ha hablado mucho de ti. Dice que tienes un gusto… impecable para la decoración.

Decoración.  

Otra vez.

El insulto venía envuelto en seda.  

Sutil.  

Pero letal.

La cena avanzó entre risas forzadas, tintineo de copas y el sonido hueco de mi paciencia rompiéndose.

Yo apenas probé la comida.

Observaba.  

Coleccionaba datos.  

Esperaba la fractura.

Tatiana no se comportaba como una empleada. Ni siquiera como una socia.

Se movía por mi comedor como si fuese su territorio.  

Sabía dónde estaba el salero antes de buscarlo.  

Sabía qué copa usar sin mirar.

Tener esa confianza solo viene de una cosa:

Pertenencia.

—Este cordero está un poco seco —comentó de pronto, pinchando la carne con desdén—. Khalid odia cuando la carne se pasa de punto, ¿verdad? Recuerdo que en París devolviste un plato entero por esto.

El silencio se hizo sólido.  

Podría haberlo cortado con un cuchillo.

Jean-Luc parpadeó como si de pronto le faltara oxígeno.

—¿En París? —pregunté suavemente.

Mi voz salió calma.  

Neutral.

Pero debajo de la mesa, mis uñas se clavaban en mi palma hasta casi romper la piel.

—¿Cuándo estuvisteis en París juntos?

Khalid se tensó.  

Lo vi en la línea rígida de sus hombros.

Tatiana no se inmutó.  

Tomó un sorbo de vino mirando por encima del borde de la copa, como una pantera perezosa evaluando a su presa.

—Oh, fue hace meses —dijo—. Una coincidencia. Nos encontramos en L'Avenue. Khalid estaba… solo. Y yo también.

Mentira.

Khalid nunca viajaba solo.  

Y nunca comía en L'Avenue a menos que quisiera ser visto.

—Qué casualidad —comenté.

—El mundo es un pañuelo —respondió ella con una sonrisa que sabía a veneno refinado.

Luego, con total descaro, se giró hacia Khalid.

—Por cierto, habibi —se le escapó… o lo soltó a propósito—. Deberíamos revisar los planos de la galería mañana. Tengo algunas ideas para la iluminación.

Habibi.

Esa palabra cayó sobre la mesa como una declaración de guerra.

Lo dijo con posesión.  

Como si fuese suyo.  

Como si yo fuese la intrusa.

Khalid carraspeó.

—Claro, Tatiana. Mañana en la oficina.

—Oh, pensé que podríamos hacerlo en el yate —replicó ella—. Hace un clima precioso. Y sabes que te concentras mejor con el sonido del mar.

Sonrió.  

Una sonrisa cargada de promesas.  

De secretos compartidos.

Y de pronto lo vi.

La mirada de Khalid.

No miraba planos.  

Miraba su boca.

Con hambre.  

Con deseo crudo.  

Con una necesidad que no recordaba haber visto dirigida hacia mí en dos años.

Me sentí pequeña.

Me sentí estúpida.

No era solo una aventura del Bulgari.

Era una relación.

Tatiana conocía sus gustos. Sus manías. Sus lugares favoritos.  

Yo era la fachada pública.

Ella era la esposa en la sombra.

Tatiana volvió a mirarme.

Nuestras miradas chocaron sobre el centro de flores blancas.  

Un duelo silencioso.  

Un reto.

Ella no apartó la vista.  

Me sostuvo la mirada con arrogancia y triunfo.

Sus ojos decían claramente:

Sí, me acuesto con él.  

¿Y qué vas a hacer al respecto, princesita?

Un frío polar me recorrió la columna.

El enemigo ya no era un aroma dulce ni un recibo arrugado.

El enemigo estaba sentado en mi mesa.  

Comiendo mi comida.  

Bebiendo mi vino.  

Y exhibiendo su victoria en mi cara.

—¿Te encuentras bien, Catalina? —preguntó Tatiana, fingiendo preocupación mientras destilaba veneno—. Estás muy pálida.

Sonreí.

La sonrisa número cuatro: La Estratega.

—Estoy perfecta, Tatiana —respondí, levantando mi copa—. Solo pensaba en lo interesante que es tu… perspectiva.

Choqué mi copa ligeramente en su dirección.

—Bienvenida a nuestra casa. Espero que disfrutes la estancia.

Bebí.

El vino me supo a sangre.

Pero no bajé la mirada.

Porque acababa de darme cuenta de algo crucial:

Tatiana era arrogante.  

Y la arrogancia es un fallo estructural.

Es una grieta.

Y yo soy experta en demoliciones.

Tatiana Morozova no sabía con quién se estaba metiendo.

Pensaba que yo era la esposa trofeo.

Pronto descubriría que soy el arquitecto de su ruina.

Pero primero, tenía que terminar la cena sin clavarle un tenedor de plata en la yugular.

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