Mundo ficciónIniciar sesiónADVERTENCIA:ELLA ES MÁS TÓXICA QUE CHERNÓBIL. Adriana Sampietro era una jovencita un poco tímida y rara. Hija única, su madre era cocinera y su padre un militar que trabajaba para la OTAN. La primera vez que vió a Dante Pucci, compañero militar y amigo de su padre era una adolescente que mojó sus bragas. De repente, conoció al príncipe azul con el que tanto había soñado. Pero cuando su padre muere, éste le hace jurar a Dante que protegería a su esposa y su hija. Así que Dante se retiró del ejército e hizo lo que le pareció correcto, casarse con la viuda de León, Catalina y convertirse en el padrastro de Adriana. Un año más tarde Catalina muere y sin saber que hacer con la adolescente la mete en un internado. Cuando Adriana cumple 18, festejan, se pasan de copas y ella le confiesa su amor pero él la rechaza. Entonces Adriana jura venganza pues de una manera u otra ese hombre será suyo, aunque deba literalmente secuestrarlo y obligarlo...pues ella está loca por su padrastro.
Leer más⚠️ Alerta de contenido
Esta historia contiene:
Relaciones de pareja abierta
Erotismo adulto
Celos, conflictos emocionales y dinámicas no convencionales
Lenguaje y sexo explícito
Recomendada solo para lectores mayores de 18 años.
Si estos temas resultan sensibles para usted, se sugiere no continuar con la lectura.— Eres una niña fea y grasosa.
— Nadie te quiereeee.
— Adriana la taradaaaa.
Los niños podían ser muy crueles, aunque estos tenían unos doce años...estaban más cerca de la adolescencia que de la niñez.
Igual Adriana estaba acostumbrada. Toda su vida fue así. Se levantó con dificultad ya que le dolían las posaderas del golpe.
Se sacudió el polvo y acomodó su ropa. Tomó su mochila, se levantó y se la colgó de su hombro. También tomó los lentes que afortunadamente no se habían vuelto a romper.
Provisionalmente los estaba usando con cinta hasta poder tener unos nuevos. Volvió a su casa pateando piedras por el camino. Siempre había sido víctima de ellos, era pequeña y muy delgada para su edad...y leía mucho.
Lo cuál la hacía el bicho raro de la clase. Y siempre había sido igual. Cuando era más pequeña leía Julio Verne, Mark Twain. Pero a medida que se hizo más grande no había límites para su mente, desde los clásicos, pasando por Shakespeare y hacía poco había descubierto al Marqués de Sade.
Aunque claro, también llevaba en un pedacito de su corazón a Janet Austen. Su madre seguro ya estaría en casa, pues el restaurante en el que trabajaba solo cubría el turno del mediodía. En realidad no necesitaban el dinero, sus padres eran muy jóvenes cuando se casaron pero León -su padre- se había metido en el ejército, trabajaba en ese momento como soldado para la OTAN y ganaba buen dinero.
Cuando se acercaba más a su casa vió un Jeep militar y fue corriendo ¿ Su padre ya estaba allí??? Su corazón se aceleró de la emoción. Abrió la puerta de la casa de par en par y en la pequeña sala estaban tomando algo su padre, su madre y otro hombre que no había visto jamás en su existencia, también era militar por lo que podía ver ella.
— ¡Adriana, mí niña!
Dijo León y abrió los brazos, ella soltó su mochila y fue corriendo para ser envuelta en un abrazo, y levantada por los aires. Adriana en ese momento llegaba a duras penas al metro 40 y pesaba poco más de treinta kilos, pero bueno, era una niña delgadita. Ella comía, su madre siempre le hacía pastas y preparaba platos que la obligaba a comer hasta reventar, pero parecía ser que el metabolismo de Adriana no lo asimilaba.
— Yo preparo comida, ella come le juro doctor...
— No se haga problema Catalina, le creo. Mire las analíticas de Adriana están bien, solo es así, pequeña. Quizá cuando madure sea un poco más alta y con un poco más de mmm...carne en los huesos — dijo el pediatra mirándola compasivo. Otras niñas de su colegio ya eran señoritas, tenían vello púbico y les había crecido el pecho, pero ella seguía siendo plana como una tabla...
Finalmente su padre la bajó.
— Ven Adriana, quiero presentarte a mí colega y amigo Dante.
Ella se acercó y lo observó a través de sus lentes. Nunca había visto un hombre tan atractivo en su vida. Tenía cabello y ojos oscuros, pero lo rodeaba un aura de masculinidad. Le hacía recordar a los soldados romanos sobre los que había leído.
Ella se acercó con timidez y le dió un beso en su mejilla. Su aroma masculino inundaba su olfato y por primera vez en su vida entendió de que hablaban los libros, cuando se referían a excitación femenina pues sintió como si se hubiera meado encima. El tal Dante, parecía completamente ajeno al impacto producido en la jovencita.
— Dante es un amigo, se quedará un par de días...
Esos días fueron extraños en la vida de Adriana, pero lo más extraño ocurrió al segundo día cuando entró rápidamente al baño sin darse cuenta de que Dante se acababa de duchar. Apenas le dió tiempo de cubrirse con una toalla.
— Pe... perdón — apenas pudo pronunciar ella mientras bebía cada imagen de ese pecho musculoso y bronceado aparte había llegado a verlo antes de que se cubriera sus partes con la toalla.
— Disculpa tú, debería haber avisado que estaba bañándome...
Adriana había visto chicos desnudos en el lago, pero nada la preparó para el impacto en su psiquis de la desnudez de él. Su boca se secó y su vagina se humedeció. Esa noche se tocó pensando en él y así por primera vez en su vida supo lo que era tener un orgasmo y llegar a la cúspide de la satisfacción femenina.
Todos se habían ido a dormir. La mansión Grant estaba envuelta en un silencio absoluto después de la fiesta. Rachel descansaba profundamente gracias a los medicamentos. Lionel, sin embargo, no podía conciliar el sueño. Se levantó alrededor de las dos de la mañana, se puso solo un pantalón de pijama y bajó a la cocina a buscar agua.Al pasar por el pasillo del segundo piso, notó que la puerta de la habitación de Viola estaba entreabierta. Se acercó y miró dentro. La cama estaba vacía.Un mal presentimiento le recorrió la espalda.Bajó las escaleras en silencio. Revisó la sala, la cocina, el despacho. Nada. Viola no estaba en la casa.Entonces recordó la piscina climatizada.Algo lo empujó a ir hacia allá. Salió al jardín por la puerta trasera y caminó entre las sombras. La luz tenue de la piscina iluminaba el área. Al acercarse, escuchó gemidos ahogados y el sonido del agua moviéndose.Se escondió como pudo detrás de la puerta entreabierta de la cúpula y lo que vio lo dejó paralizado.
El día de la fiesta de cumpleaños de Viola había llegado. La mansión Grant estaba transformada: luces suaves colgaban de los árboles del jardín, mesas elegantes con mantelería blanca y dorada, un pequeño escenario para la música y un catering de alto nivel. Rachel había supervisado cada detalle desde su cama durante los últimos días, a pesar de su cansancio constante.Por la tarde, mientras terminaban los últimos preparativos, Rachel miró a Viola con lágrimas en los ojos.—Estás hermosa, mi amor —dijo con voz emocionada—. Ese vestido rojo te queda espectacular. Seguramente todos los chicos van a estar detrás de ti esta noche.Viola sonrió con dulzura, girando frente al espejo del salón.—Gracias, mamá. Todo esto es gracias a ti.Lionel, que ajustaba su corbata en silencio, observaba la escena desde un rincón. El vestido rojo se ajustaba al cuerpo de Viola como una segunda piel, con un escote pronunciado y una abertura lateral que dejaba ver gran parte de su pierna. Se veía peligrosame
Finalmente, Lionel, y Viola llegaron a una exclusiva pastelería y salón de eventos en el centro de Philadelphia. Rachel, que había sido llevada por el chofer, ya se encontraba allí.La dueña del lugar, una mujer elegante de unos cincuenta años, los recibió con entusiasmo y los llevó a una sala privada con varias mesas llenas de muestras.—Tenemos opciones dulces y saladas —explicó—. Pueden probar todo lo que quieran.Rachel se veía ilusionada a pesar de su cansancio.—Quiero que sea perfecto —dijo, tomando la mano de Viola—. Prueba todo, cariño. Dime qué te gusta más.Viola sonrió con dulzura.—Gracias, mamá. Voy a probar todo.Lionel se mantenía un poco apartado, observando. Intentaba no mirar demasiado a Viola, pero era imposible.Empezaron con los salados. Mientras Rachel y la dueña discutían sobre canapés y entrantes, Viola tomó una cuchara con mousse de salmón y se la llevó a la boca lentamente. Miró a Lionel a los ojos, pasó la lengua por la cuchara con lentitud, lamiendo cada r
Habían pasado varios días desde la tarde de la piscina. La rutina en la mansión Grant seguía su curso: Rachel descansaba más de lo habitual, Lionel se encerraba en su despacho para no pensar, y Viola iba y venía del colegio con esa sonrisa que ocultaba demasiado.Era viernes por la mañana cuando Rachel, sentada a la mesa del desayuno, propuso con entusiasmo:—Lionel, amor, ¿podríamos pasar a buscar a Viola al colegio hoy? Luego podríamos ir juntos a ver lo del catering y el pastel para la fiesta. Lionel levantó la vista de su café.—Tengo mucho trabajo esta tarde. ¿No puede ser otro día?Rachel hizo un puchero suave, mirándolo con ojos suplicantes.—Por favor… es importante para mí. Es sábado mañana y ya casi no queda tiempo, pero hoy aún podemos ir. No me hagas rogarte.Lionel suspiró, derrotado.—Está bien —aceptó a regañadientes.Rachel aplaudió feliz y le dio un beso en la mejilla.—Gracias, amor. Eres el mejor.Viola, que había escuchado todo en silencio, sonrió con dulzura.—Gr
Último capítulo