Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis: Camila Romano nunca quiso ser protagonista de nada. Mujer curvy, fuerte y cansada de sobrevivir al juicio ajeno, solo quería mantener viva la sastrería que heredó de su padre. Pero una noche todo estalla… y con ello su vida. Antonio Montalbán, más conocido como Tony Montana, uno de los mafiosos más temidos, irrumpe con una verdad peligrosa: alguien está buscando algo que Vittorio Romano tenía escondido… y Camila está en el centro. Para protegerla, o controlarla, la arrastra a su mundo y comete su peor jugada: hace correr el rumor de que es su prometida, solo que ella no está enterada de dicho rumor. El problema es que Antonio está enamorado de otra mujer. Y la mentira se convierte en una bomba. Entre amenazas, secretos y orgullo, ambos descubren algo que ninguno planeó: sentir. Y cuando el corazón entra en juego, incluso el hombre más letal puede perder, y la mujer que nunca fue elegida, puede convertirse en lo único que no está dispuesto a soltar. Porque aquí nadie ama gratis. La pregunta es… ¿quién pagará el precio primero?
Leer másCapítulo 1 —La hija del sastre
Narrador:
Camila Romano siempre había tenido claro algo: su cuerpo entraba a cualquier lugar antes que ella. Antes de que alguien notara su mirada, su voz o su trabajo, ya habían evaluado sus caderas, su abdomen, sus brazos, su tamaño. Ser gorda era como ir acompañada siempre por otra persona que decidía por ella. La juzgaban sin conocerla. La medían sin permiso. La colocaban en una categoría sin preguntarle si quería pertenecer a ella.
Por eso la sastrería era su refugio.
Ahí nadie opinaba sobre su cuerpo. Ahí valía su talento, no su silueta.
Era el último lugar que seguía oliendo a su padre: tela recién planchada, perfume suave, hilo nuevo, madera vieja. Vittorio Romano siempre decía que esa sastrería era más que un negocio. Era un hogar que se sostenía con puntadas. Un lugar donde todo podía recomponerse si se sabía coser con paciencia.
Hasta que dejó de estar. Hasta que lo perdió. Hasta que el “accidente” se llevó al único hombre que alguna vez la había visto por ella y no por su talla.
Aquella noche el silencio era demasiado grande para su corazón. Camila llevaba horas trabajando sola, como siempre. El tic suave del reloj, el roce de las tijeras en la mesa, el hilo tensándose entre sus dedos… todo era rutina. Todo era seguro, como a ella le gustaba.
Tenía delante un traje neg*ro impecable. Lo estaba ajustando para un cliente que no admitía errores: Antonio Montalbán.
Un nombre que significaba peligro. Un nombre que hacía callar ambientes. Un nombre que su padre había respetado de una forma que Camila nunca entendió del todo.
Pero trabajaba igual. Porque su padre lo había hecho siempre. Porque los negocios eran negocios. Porque fingir normalidad era más fácil que aceptar que el mundo se había vuelto extraño desde la muerte de Vittorio.
Estaba midiendo una manga cuando escuchó el primer golpe en la puerta. Seco, fuerte. fuera de lugar.
Camila se quedó quieta. Luego vino el segundo, hasta que el tercero rompió finalmente la madera.
El ruido fue tan violento que las paredes parecieron encogerse. La puerta se abrió de golpe y tres hombres entraron como si fueran dueños del lugar. No traían máscaras. No intentaban esconderse. Eso fue lo peor. Porque la gente que no se esconde es la que sabe que nadie va a castigarla.
Camila dio un paso atrás instintivamente.
—¿Qué… qué quieren? —alcanzó a decir —Si es dinero, puedo…
No le contestaron. No la miraron siquiera. Esa indiferencia dolió más que el miedo.
Uno fue directo a los percheros. Otro empezó a arrancar chaquetas del maniquí. El tercero abrió cajones, tiró tijeras, pateó mesas.
Camila sintió que la sangre se le iba de la cara. No buscaban dinero. No buscaban robar. Buscaban algo, algo específico, algo que sabían que debería estar ahí, pero ella no tenía ni idea.
El corazón empezó a golpearle en las orejas.
Su padre, esto tenía que ver con él.
—¡Basta! ¡Deténganse! —gritó, más por impotencia que por valentía —No tienen derecho a tocar nada. ¡Esto es una sastrería, no…
Un manotazo al aire bastó para callarla.
El que parecía comandar el grupo la miró entonces por primera vez.
Y no le gustó cómo la miró. No fue una mirada de amenaza. Fue una mirada de burla, de superioridad, de desprecio.
Ahí entendió algo que conocía demasiado bien. La estaban pesando. No físicamente, humanamente. Decidiendo si valía algo, decidiendo si su cuerpo daba risa o lástima.
Decidiendo qué era ella.
—Mírala —comentó uno —Con razón dicen que Tony está loco.
Rieron. Fue una risa sucia, fue una risa que no se olvidaba. Camila sintió que se le quemaba la cara.
—¿Qué Tony? ¿De qué están hablando? —preguntó, con dignidad frágil pero dignidad al fin.
El líder dio una vuelta lenta por la sastrería. Sacó una navaja, no para lastimarla, para rajar costuras. Abría chaquetas, revisaba interiores, cortaba forros.
Buscaba. Y no encontraba. Eso los ponía nerviosos. Y los nervios peligrosos son los peores.
—Tu padre escondía cosas muy bien —dijo —Muy bien para alguien que fingía ser solo un sastre.
El mundo se le quedó quieto.
Su padre, otra vez su padre, siempre su padre.
—No sé de qué me está hablando —respondió con voz firme, aunque le temblaran las piernas —Mi padre hacía ropa. Eso es todo.
El hombre chasqueó la lengua como si escuchara una mentira infantil.
De un movimiento rápido la empujaron hacia atrás y la ataron con una correa gruesa a la pata de una mesa. El nudo fue firme, definitivo, cruel.
Camila tragó saliva.
El miedo, ahora sí, fue completo.
—¿Qué están buscando? —preguntó —Si quieren algo, díganmelo. No es necesario romper todo.
—Lo diremos cuando nos convenga —respondió el hombre —Tú solo escucha.
Se acercó demasiado. Camila pudo sentir el olor agrio a cigarro en su respiración.
—Dicen que el mafioso te está usando como excusa. Dicen que va a casarse contigo para quedarse con lo que dejó tu padre.
Camila se quedó sin aire... “Casarse - Contigo - Mafioso.”
Había demasiadas palabras juntas y ninguna encajaba.
—Yo no… —intentó decir algo, pero la garganta no la obedeció.
Se burlaron otra vez. No de la situación; de ella, de su cuerpo. De lo absurdo que era imaginar que alguien como Antonio Montalbán pudiera elegir algo como ella.
Entonces pasó. La puerta volvió a abrirse. Pero esta vez el golpe no fue violento.
Fue solemne, fue definitivo, fue como si el lugar se hubiera preparado para eso.
Y entró él: Antonio Montalbán no entraba a los sitios, los ocupaba.
El ambiente cambió, como si el aire reconociera jerarquías. Vestido de negro, elegante, letal en su calma. Su sola presencia ordenaba la escena sin necesidad de gritar.
Camila nunca lo había visto así.
Nunca había entendido por qué la gente temblaba cuando escuchaba su nombre.
Ahora lo entendía. El primer lugar al que miró fue ella. Solo un segundo. Solo para asegurarse de que respiraba. Solo para comprobar que estaba entera.
Después dejó de verla. Y eso dolió. Pero también la salvó. Porque su atención ahora estaba en los intrusos.
—Suéltenla.
No levantó la voz, no se acercó corriendo, no hizo show, solo habló. Y su voz fue ley.
Los hombres se tensaron. Uno apretó la navaja. Otro se acomodó, como si midiera distancias por si algo estallaba. El líder apretó la mandíbula.
—No vinimos a hablar contigo, Tony.
—Yo tampoco vine a negociar contigo —respondió Antonio, igual de calmado —Vine a terminar esto.
No sacó un arma, no necesitó hacerlo. Porque era obvio que si él estaba ahí… no estaba solo. Porque era evidente que quien conoce su poder no necesita demostrarlo.
Hubo intercambio de amenazas, frases cortas que no necesitaban explicación. Hubo nombres que pesaban más que balas. Hubo silencios con filo.
Y, finalmente, hubo rendición. No porque quisieran. Porque entendieron que habían llegado al límite de su suerte.
Antes de retirarse, el líder se giró hacia Camila una última vez. Quiso dejar una espina. Y lo logró.
—Entonces es verdad —dijo —El gran Antonio Montalbán se va a casar con ella. ¡Cuánto sacrificio por un secreto!
Cuando se fueron, el silencio cayó de golpe. Camila sintió el latido de su corazón en la boca, pero seguía allí, atada. Respirando mal. Con la sastrería hecha pedazos.
Y con esas palabras clavadas en la cabeza. Antonio dio un paso hacia ella. Se inclinó, la desató. Lo hizo sin brusquedad. Pero tampoco con ternura. Como quien resuelve algo inevitable. Camila esperó que dijera que era mentira, que desmintiera, que se riera, que explicara, que negara, que hiciera cualquier cosa lógica.Pero no lo hizo.
Le sostuvo la mirada un segundo. Y no dijo nada, eso fue peor. Porque el silencio también responde. Y el de él acababa de cambiar su vida. La sastrería ya no era refugio. Su mundo ya no era seguro. Y a partir de ese momento, aunque ella no lo supiera todavía, para el entorno de Tony, ya no era solo Camila Romano, era la futura esposa del mafioso.
Capítulo 5 —¡DILO, GORDA!Narrador:Hubo un silencio tenso, pesado, incómodo. No el silencio que calma, el que presiona.Camila seguía procesando lo que acababa de escuchar. El mundo que conocía se le había resquebrajado, y aun así intentaba sostenerse con dignidad. Antonio la observó un segundo más, como si quisiera decir algo que no iba a decir. Tal vez una disculpa, tal vez una palabra menos cruel.Pero Antonio no era un hombre que se quedara a contemplar heridas. Era un hombre que pasaba por encima de ellas. Y lo hizo.Se enderezó, como si cerrara una puerta emocional dentro de sí mismo. Respiró hondo. Y decidió que ya no iban a hablar de sentimientos, ni de pasado, ni de dolor.Solo de estrategia, solo de supervivencia, solo de reglas.—Ahora escucha —dijo —Porque esto no es opcional. A partir de hoy, hay reglas.Camila lo miró, con los ojos brillantes pero la barbilla alta.—Vamos a ser vistos juntos —continuó —En eventos, en lugares públicos. Donde haya cámaras, donde haya ojos
Capítulo 4 —Lo que él sabe y ella decideNarrador:Camila no era de las que se quedaban en la cama esperando que el día se acomodara solo. Nunca lo había hecho cuando las cuentas no daban, cuando la balanza marcaba un número que la hacía querer romper el espejo, cuando alguna clienta la miraba de arriba abajo antes de dejarle un traje como si le estuviera haciendo un favor. No iba a empezar ahora.Se levantó con la sensación de tener el cuerpo hecho piedras. La mansión era silenciosa, pero no era el silencio de hogar. Era el silencio de un lugar donde todos estaban despiertos vigilando algo, o a alguien; a ella, por ejemplo.Se vio en el espejo grande del dormitorio. Las ojeras marcadas, el pelo recogido como pudo, la camiseta estirada marcando la curva del abdomen, las caderas llenando el pantalón. Una parte de ella dijo—Si hubiera sido flaca, nada de esto estaría pasandoOtra parte, la que ya estaba harta de culpar al cuerpo por todo, le respondió:—Si tu padre no hubiera jugado co
Capítulo 3 — No soy tu propiedadNarrador:La mansión de Antonio no era una casa. Era un territorio, una fortaleza.Al cruzar la reja, Camila sintió que el mundo cambiaba de temperatura. No era solo lujo. No era solo poder, era control. Todo estaba ordenado, calculado, vigilado. Nada allí parecía casual.Cuando el coche se detuvo, dos hombres se acercaron. No hablaron, no preguntaron. Solo abrieron la puerta como si la estuvieran recibiendo en un lugar al que supuestamente pertenecía. Pero no pertenecía y no quería pertenecer.Antonio bajó primero. Luego le tendió la mano. Camila dudó un momento pero no la tomó. Bajó sola, por orgullo, por dignidad.Por recordarse que aún tenía derecho a decidir pequeños gestos aunque el resto pareciera escaparse.Entraron en silencio. El interior era amplio, elegante, frío. Ninguna foto familiar, ninguna muestra de “hogar”. Ese lugar estaba hecho para habitarlo no para vivirlo.Camila sentía todavía el pulso acelerado y la cabeza llena de cosas que n
Capítulo 2 —La deudaNarrador:Camila no recordaba en qué momento se había levantado del suelo ni cómo había salido de la sastrería. Solo sabía que el mundo olía a polvo, tela rota y miedo. El ataque había dejado el lugar irreconocible. Lo que antes era un refugio ahora parecía una escena de guerra.Y ahí estaba él, Antonio Montalbán, parado en medio del desastre, como si no estuviera alterado por nada, como si los destrozos no fueran otra cosa que parte del día. Ordenaba con la mirada. Controlaba sin tocar. Dominaba sin gritar.Camila tragó saliva. Su corazón no se calmaba.Todavía escuchaba resonando en su cabeza las mismas palabras. “Prometida del mafioso”Se obligó a hablar aunque la voz no le obedecía del todo.—Quiero que me diga qué fue lo que pasó —dijo, sosteniendo como pudo la dignidad —No voy a moverme de aquí hasta que alguien me explique de qué están hablando.Él la miró entonces de verdad. No como a una víctima. No como a un problema. La miró como si estuviera evaluando
Capítulo 1 —La hija del sastreNarrador:Camila Romano siempre había tenido claro algo: su cuerpo entraba a cualquier lugar antes que ella. Antes de que alguien notara su mirada, su voz o su trabajo, ya habían evaluado sus caderas, su abdomen, sus brazos, su tamaño. Ser gorda era como ir acompañada siempre por otra persona que decidía por ella. La juzgaban sin conocerla. La medían sin permiso. La colocaban en una categoría sin preguntarle si quería pertenecer a ella.Por eso la sastrería era su refugio.Ahí nadie opinaba sobre su cuerpo. Ahí valía su talento, no su silueta.Era el último lugar que seguía oliendo a su padre: tela recién planchada, perfume suave, hilo nuevo, madera vieja. Vittorio Romano siempre decía que esa sastrería era más que un negocio. Era un hogar que se sostenía con puntadas. Un lugar donde todo podía recomponerse si se sabía coser con paciencia.Hasta que dejó de estar. Hasta que lo perdió. Hasta que el “accidente” se llevó al único hombre que alguna vez la ha
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