Mundo ficciónIniciar sesiónNarrador:
La mansión de Antonio no era una casa. Era un territorio, una fortaleza.
Al cruzar la reja, Camila sintió que el mundo cambiaba de temperatura. No era solo lujo. No era solo poder, era control. Todo estaba ordenado, calculado, vigilado. Nada allí parecía casual.
Cuando el coche se detuvo, dos hombres se acercaron. No hablaron, no preguntaron. Solo abrieron la puerta como si la estuvieran recibiendo en un lugar al que supuestamente pertenecía. Pero no pertenecía y no quería pertenecer.
Antonio bajó primero. Luego le tendió la mano. Camila dudó un momento pero no la tomó. Bajó sola, por orgullo, por dignidad.
Por recordarse que aún tenía derecho a decidir pequeños gestos aunque el resto pareciera escaparse.
Entraron en silencio. El interior era amplio, elegante, frío. Ninguna foto familiar, ninguna muestra de “hogar”. Ese lugar estaba hecho para habitarlo no para vivirlo.
Camila sentía todavía el pulso acelerado y la cabeza llena de cosas que no terminaba de entender. Pero había algo que sí tenía claro. Algo que no iba a dejar pasar.
—Quiero dejar algo claro antes de seguir —dijo.
Antonio se detuvo a mitad del pasillo. Se giró lentamente hacia ella.
—Dime.
Camila levantó la barbilla, aunque la voz le temblara un poco.
—Yo no voy a casarme con usted.
El eco de sus palabras quedó flotando entre mármol, madera fina y silencio.
Antonio la miró un segundo, y no reaccionó. Ni sorpresa, ni molestia, ni curiosidad.
Solo… evaluación. Eso la enfureció aún más.
—No sé qué clase de trato hizo con mi padre —continuó —No sé qué idea tenía él cuando decidió meterme en esta locura. Pero yo no soy una mercancía. No soy un objeto de intercambio. No soy un apellido que usted pueda colgarse para resolver sus problemas. Así que, sí… gracias por la “protección”, si quiere llamarla así, pero no pienso casarme con usted. Ni ahora, ni nunca.
El aire quedó en suspenso. Antonio dio un paso hacia ella, otro y otro.
Hasta quedar tan cerca que Camila tuvo que esforzarse en no retroceder.
Fue entonces cuando ocurrió: la miró. Pero no como la miran los hombres que desean Ni como miran los hombres que admiran. La miró como quien evalúa una pieza. Como quien mide. Como quien clasifica. De arriba abajo. Su cuerpo, sus curvas, su peso, su realidad. Fue rápido y fue seco. Y luego habló.
—Tranquila —dijo con esa calma que era casi insultante —Yo tampoco tengo intención de casarme contigo.
La frase no fue una caricia. Fue un golpe directo al estómago. Antonio siguió.
—Ese “compromiso” es un rumor. Nada más. Lo hice correr porque en este mundo hay reglas… y una mujer comprometida con alguien como yo no se toca. Nadie se atrevería a mover un dedo contra “la prometida del Montalbán”. Era protección. Pura estrategia. No es romance, no es cuento de hadas, no es destino, es supervivencia. No necesito de tu apellido, tu necesitas del mio para estar a salvo, porque esos hombres rompieron un código, pero necesito a otros que me ayuden y para eso tienes que seguir siendo “mi prometida”
Cada palabra pesaba. No porque estuviera gritándole. Sino porque no se molestaba en suavizar nada.
Camila sostuvo la mirada… pero la boca se le secó.
No era ingenua, no esperaba flores. Pero escuchar aquello así, tan frío, tan brutal, dolía de un modo que no esperaba.
Y dolió más cuando él añadió:
—Puedes respirar tranquila —dijo —No estaba pensando en llevarte al altar.
La humillación no fue espectacular, fue silenciosa. Le recorrió el cuerpo lentamente, le quemó la cara y le apretó el pecho.
Porque no era solo lo que decía. Era lo que implicaba. No te quiero, no me interesas así, no eres una opción.
Y aunque ella no lo deseara… aunque no hubiera pedido nunca ser “deseada” por él… dolía igual.
Dolía porque sabía que era por su cuerpo. Porque era su tamaño. Porque era su historia peleando desde siempre contra esa mirada. Y ahora la estaba recibiendo de un hombre como él… en el peor momento de su vida.
Camila apretó la mandíbula.
—No hace falta que lo deje tan claro —murmuró con una risa amarga —Créame… no estaba ilusionada.
Antonio frunció apenas el ceño. No esperaba esa respuesta y tampoco esperaba ese brillo herido en sus ojos. Pero no se disculpó, no era ese tipo de hombre.
—Yo trabajo con hechos —dijo —Y el hecho es que si el mundo cree que eres “mía”, nadie te va a tocar. Si eres solo “la hija del sastre muerto”, te van a destrozar.
“Si eres solo…”
La palabra clavó todavía más profundo. Ella no era “solo” nada. Pero allí… lo era. Tragó saliva.
—Y cuando esto termine —preguntó —¿qué? ¿Se deshace del rumor? ¿Me devuelve a una vida que ya no existe? ¿O simplemente me deja como su problema resuelto?
—Cuando esto termine —respondió él —estarás viva. Eso es lo que importa.
No era suficiente. No para ella. Pero en su mundo… lo era todo.
Camila respiró hondo.
—Voy a cooperar —dijo —No porque me lo ordene. Sino porque quiero respuestas. Porque si alguien cree que mi padre escondió algo, voy a averiguar qué es. Y porque, aunque le cueste creerlo, mi vida también me importa.
Antonio la miró distinto por primera vez. No como problema, no como carga, no como deuda. Como mujer con decisión.
—Bien —dijo al final —Entonces vamos a trabajar juntos. Pero mientras este asunto siga abierto… vives aquí.
La palabra “vives” la atravesó.
—Eso no es vivir —respondió —Es estar retenida.
—Llámalo como quieras —contestó él, girándose para avanzar por el pasillo —Yo lo llamo mantenerte respirando.
Camila quedó unos segundos atrás.
Y ahí, en ese momento silencioso, sin gritos, sin dramatismo exagerado, lo sintió en serio: Estaba atrapada, no por cadenas, no por fuerza física.
Por decisiones que no había tomado. Por enemigos que no comprendía. Por un padre que ya no estaba… y por un hombre que no sabía si era salvación o cárcel.
—Te mostrarán tu habitación —añadió Antonio, sin mirarla —Come. Descansa. Mañana empezamos.
Ella no se movió.
—Antonio.
Era la primera vez, desde que lo conocía, que lo llamaba por su nombre de pila. Él se detuvo. No se giró, solo escuchó.
Camila apretó los puños y dijo algo que no sonó como amenaza… pero sí como promesa.
—No soy tu propiedad. No lo olvides.
Hubo un segundo de silencio extraño.
Entonces, Antonio sonrió apenas… pero no de burla. Fue una sonrisa seca. Una que decía “vamos a ver”.
—Créeme —respondió —Si fueras propiedad mía… ya lo sabrías.
Y siguió caminando. Ella lo observó alejarse.
Y sin entender por qué… un escalofrío le recorrió la espalda. No de miedo, tampoco de deseo. Algo peor; la sensación de que ese hombre no iba a soltarla tan fácil.
Ni el mundo de él tampoco.
Camila respiró hondo, tragó lágrimas que no pensaba derramar y dio un paso adelante.
Uno nuevo. Uno adentro. Uno hacia un mundo que todavía no comprendía.
Y mientras subía las escaleras hacia la habitación que iba a ser “suya”, no tenía idea de que estaba por enterarse de cosas que haría que el rumor de “prometida” fuera el menor de sus problemas. Algo que despertaría demonios.Y pondría precio no solo a su secreto… Sino a ella.







