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Capítulo 5 —¡DILO, GORDA!

Capítulo 5 —¡DILO, GORDA!

Narrador:

Hubo un silencio tenso, pesado, incómodo. No el silencio que calma, el que presiona.

Camila seguía procesando lo que acababa de escuchar. El mundo que conocía se le había resquebrajado, y aun así intentaba sostenerse con dignidad. Antonio la observó un segundo más, como si quisiera decir algo que no iba a decir. Tal vez una disculpa, tal vez una palabra menos cruel.

Pero Antonio no era un hombre que se quedara a contemplar heridas. Era un hombre que pasaba por encima de ellas. Y lo hizo.

Se enderezó, como si cerrara una puerta emocional dentro de sí mismo. Respiró hondo. Y decidió que ya no iban a hablar de sentimientos, ni de pasado, ni de dolor.

Solo de estrategia, solo de supervivencia, solo de reglas.

—Ahora escucha —dijo —Porque esto no es opcional. A partir de hoy, hay reglas.

Camila lo miró, con los ojos brillantes pero la barbilla alta.

—Vamos a ser vistos juntos —continuó —En eventos, en lugares públicos. Donde haya cámaras, donde haya ojos, vamos a confirmar la historia.

—¿Qué historia?

—Que eres mi prometida.

La palabra volvió a caer como plomo. Ella apretó los puños.

—Yo no soy tu decorado —respondió —No soy tu pieza de ajedrez.

—No —dijo él —Eres mi seguro y yo soy el tuyo. No te estoy pidiendo que te enamores. Te estoy diciendo que juegues bien.

Le ardía la dignidad. Pero más le ardía el miedo. Y odiaba admitirlo.

Antonio continuó, práctico, eficiente.

—Y si vamos a aparecer juntos… tú vas a estar a la altura.

Eso sonó distinto, sonó feo.

—¿A la altura de qué? —preguntó, fría.

—De mí —respondió sin parpadear —Y de mi reputación.

Hubo una pausa, muy corta. Pero suficiente para que Camila entendiera lo que venía. Y aun así quiso escucharlo.

—Voy a llamar a alguien —añadió Antonio —Una modista. La mejor que conozco. Trabaja con mujeres de tu tamaño. Sabe cómo hacerlas ver estilizadas, elegantes, presentables.

La palabra le reventó en el pecho. “Presentables”, como si ella fuera un borrador mal hecho.

—No necesito que nadie “me arregle” —respondió, dura.

—No es personal —dijo él —Es imagen, la mía. No pueden verme con una mujer...

—Dilo —replicó ella, sintiendo cómo la sangre le subía a la cara —Dilo como lo estás pensando. No te atragantes.

Antonio la miró en silencio. Por una vez, parecía medir si convenía decirlo. Y ella se hartó.

—¡Dilo! —gritó —¡Vamos! ¡Di la palabra! ¡La usaste en tu cabeza! ¡La usas para describirme! ¡La usa el mundo entero cuando me ve! ¡Dilo de una vez!

Antonio cerró los ojos.

—Camila...

—¡DILO, GORDA!

Los abrió, se miraron, y él, sin disfrazarla, sin edulcorarla, sin huirle, lo dijo.

—No pueden verme con una mujer así, gorda.

La palabra quedó vibrando en el aire.

No fue un insulto gritado. No fue una burla. Fue un diagnóstico. Y quizá por eso dolió más. Camila no lloró. Se le endureció el rostro.

Lo miró como si acabara de confirmar todo lo que ya sabía del mundo… pero igual doliera escucharlo.

—Pues mala suerte —dijo —Porque esta “mujer gorda” es la que te va a acompañar. La que va a pararse al lado tuyo. La que va a sostener esta farsa. Y no voy a convertirme en otra cosa para que tú respires cómodo. Voy a vestirme como corresponde, sí. Voy a ser elegante, sí. Pero voy a ser yo.

Antonio hizo algo inesperado. No discutió. Solo asintió.

—Eso me gusta —dijo.

Ella arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Que tengas carácter —respondió —Me cansan las mujeres que piden permiso para existir. Es más difícil proteger a alguien que se arrastra que a alguien que pelea.

Camila soltó una risa amarga.

Hubo un segundo extraño. No de ternura, no acercamiento romántico, sino de respeto, distante, torpe, inconveniente. Pero ahí estaba.

Antonio no perdió tiempo.

—Llamaré a la modista—dijo —Seguro tiene algo ya hecho como para que puedas vestirte hoy

Camila parpadeó.

—¿Vestirme… para qué?

—Esta noche hay una gala. Importante. Gente peligrosa, gente que habla. —La miró con firmeza —No iba a ir, pero será bueno para empezar.

La palabra gala le cayó encima como otra piedra.

—Preferiría ir a la sastrería —respondió, con un hilo de orgullo que todavía se sostenía —Si mi padre escondía algo, quiero encontrarlo. Quiero saber qué...

—Puede esperar —la cortó, sin dudar —La sastrería está custodiada. Nadie entra, nadie toca nada, nadie se acerca. Primero, esto.

No gritó. Pero no admitía discusión. Camila apretó la mandíbula.

Por un segundo creyó que iba a insistir, que iba a plantarse, que iba a decirle que no iba a ser su muñeca exhibida frente a nadie. Pero estaba cansada, dolida, desbordada. Así que solo asintió. 

Un par de horas después, la puerta de la mansión se abrió y una mujer entró.

Alta, elegante, con caminar seguro. Perfume caro que llenaba el aire. No traía una valija, traía arsenal textil.

Percheros, cajas, fundas neg*ras que escondían telas que gritarían dinero desde lejos.

La mujer la miró de arriba abajo. No cruel… pero tampoco suave.

Era el tipo de mirada que Camila conocía bien. Evaluar volumen, medir defectos, analizar lo que sobra. “Material de trabajo”, pensarían algunos. Pero cuando ese “material” eres tú… duele

Camila tragó saliva. La modista empezó a hablar con naturalidad de cortes, líneas, sombras, peso visual, estructura corporal. No la insultó, no la humilló. Pero la atravesó con cada frase.

Porque a veces lo que hiere no es que te llamen gorda. Es que te traten como si fueras un problema técnico a corregir.

Probaron uno, no cerró. Probaron otro, demasiado ajustado. Probaron un tercero, demasiado evidente lo que querían esconder. Hasta que apareció ese: negro, no por cliché, negro porque era la batalla más segura.

Cuando se lo calzó, el mundo quedó en silencio por un segundo. Le quedaba bien, demasiado bien.

Camila se miró al espejo y no supo si quería llorar… o arrancarse el vestido.

Porque estaba hermosa. Pero no porque era ella. Sino porque habían logrado disfrazarla. Y eso dolía. La modista sonrió satisfecha, orgullosa de su obra.

La noche cayó pesada sobre la mansión.

Camila respiró hondo frente al espejo. Ese vestido negro la envolvía con una elegancia ajena… pero inevitable. Su cuerpo seguía siendo su cuerpo; curvo, grande, presente. Pero esa tela había encontrado una forma de sostenerla sin humillarla.

Se alisó el cabello con manos temblorosas. Se pintó los labios. Se obligó a levantar la barbilla.

No iba a bajar como una víctima. Los tacones resonaron en la escalera como pequeños golpes de guerra. Y entonces lo vio.

Antonio estaba al pie de la escalera.

Smoking negro diseñado por Camila. Corte perfecto. Línea impecable. Era la clase de hombre que no necesitaba lujo para parecerlo todo… pero igual lo llevaba encima. La clase de hombre que mira al mundo  sin permiso.

Y estaba usando algo hecho por ella. Esa sola idea la golpeó más que cualquier palabra.

Antonio levantó la vista. La miró. Y no fue un vistazo educado. Fue un impacto.

Le brillaron los ojos apenas, como si una chispa se encendiera sin pedirle permiso. La recorrió de pies a cabeza, y por primera vez desde que todo había explotado, no la evaluó como un problema visual. La miró como mujer. Pero no dijo nada. Ni un elogio, ni un reconocimiento, ni siquiera un “estás bien”. Ella tragó saliva.

—¿Y? —preguntó, odiaba sentir que necesitaba su aprobación pero la necesitaba igual —¿Cómo me veo?

Antonio sostuvo la mirada. Y respondió del peor modo posible.

—Sí.

Eso fue todo. Como si fuera una respuesta. Como si “sí” fuera suficiente para definir a una mujer hecha de carne, historia, heridas y dignidad.

Camila apretó los dedos contra la baranda de la escalera, y antes de poder luchar contra la incomodidad de esa respuesta, una presencia apareció detrás de Antonio.

Una mujer. Espectacular. De esas que no necesitan permiso para apropiarse de un espacio.

Alta, esbelta, paso felino, perfume invasivo, sonrisa de quien siempre ha ganado.

Le apoyó la mano en el hombro a Antonio con una confianza que hablaba de pasado… o de cama. Sus dedos bajaron lentamente por su brazo, como si lo recorrieran por costumbre.

Miró a Camila. La escaneó sin tocarla, la evaluó, la midió y sonrió. No amable, no cordial, burlona.

—Entonces… —dijo, inclinándose un poco hacia él, pero asegurándose de que Camila escuchara —… ¿esta es tu “prometida”?

Hizo énfasis en la palabra como si hablara de una broma privada.

—¿Este es tu proyecto?

“Proyecto”, como si fuera una obra en construcción. Como si no estuviera terminada. Como si no fuera suficiente.

Antonio no respondió. La mujer no necesitaba respuesta.

Le tomó el rostro con la mano, sin vergüenza, sin respeto, como si fuera suyo. Lo acercó y le estampó un beso que no pretendía disimular nada. No fue afecto, fue territorio marcado.

El labial rojo lo manchó. Y luego, con absoluta naturalidad, le pasó el pulgar por la boca para limpiarlo, lenta, posesiva, íntima.

—Nos vemos en la gala, Tony.

Se giró hacia Camila antes de irse. No dijo nada. Solo sonrió. Y ese silencio fue peor que cualquier palabra.

La mujer se alejó, dejando atrás perfume caro y veneno invisible.

Antonio respiró como si nada hubiera pasado.

Como si no acabaran de dejarla reducida a una “broma”, un “proyecto”, un “exceso” en medio de dos cuerpos perfectos.

—Vamos.

No le ofreció el brazo, no le ofreció la mano, no le ofreció apoyo.

Simplemente empezó a caminar, adelantándose, como si fuera un guardaespaldas al que ella tenía que seguir… o una carga que había que mover.

Camila se quedó quieta un segundo.

Le ardían los ojos. Le ardía el orgullo. Pero levantó la barbilla. Porque si iba a entrar a ese mundo, no lo haría escondiendo su cuerpo. Lo haría sosteniéndolo. Y entonces caminó detrás de él. 

—¿Quién era ella?

Antonio no dudó.

—La mujer con la que sí voy a casarme.

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