Mundo ficciónIniciar sesión
Capítulo 1 —La hija del sastre
Narrador:
Camila Romano siempre había tenido claro algo: su cuerpo entraba a cualquier lugar antes que ella. Antes de que alguien notara su mirada, su voz o su trabajo, ya habían evaluado sus caderas, su abdomen, sus brazos, su tamaño. Ser gorda era como ir acompañada siempre por otra persona que decidía por ella. La juzgaban sin conocerla. La medían sin permiso. La colocaban en una categoría sin preguntarle si quería pertenecer a ella.
Por eso la sastrería era su refugio.
Ahí nadie opinaba sobre su cuerpo. Ahí valía su talento, no su silueta.
Era el último lugar que seguía oliendo a su padre: tela recién planchada, perfume suave, hilo nuevo, madera vieja. Vittorio Romano siempre decía que esa sastrería era más que un negocio. Era un hogar que se sostenía con puntadas. Un lugar donde todo podía recomponerse si se sabía coser con paciencia.
Hasta que dejó de estar. Hasta que lo perdió. Hasta que el “accidente” se llevó al único hombre que alguna vez la había visto por ella y no por su talla.
Aquella noche el silencio era demasiado grande para su corazón. Camila llevaba horas trabajando sola, como siempre. El tic suave del reloj, el roce de las tijeras en la mesa, el hilo tensándose entre sus dedos… todo era rutina. Todo era seguro, como a ella le gustaba.
Tenía delante un traje neg*ro impecable. Lo estaba ajustando para un cliente que no admitía errores: Antonio Montalbán.
Un nombre que significaba peligro. Un nombre que hacía callar ambientes. Un nombre que su padre había respetado de una forma que Camila nunca entendió del todo.
Pero trabajaba igual. Porque su padre lo había hecho siempre. Porque los negocios eran negocios. Porque fingir normalidad era más fácil que aceptar que el mundo se había vuelto extraño desde la muerte de Vittorio.
Estaba midiendo una manga cuando escuchó el primer golpe en la puerta. Seco, fuerte. fuera de lugar.
Camila se quedó quieta. Luego vino el segundo, hasta que el tercero rompió finalmente la madera.
El ruido fue tan violento que las paredes parecieron encogerse. La puerta se abrió de golpe y tres hombres entraron como si fueran dueños del lugar. No traían máscaras. No intentaban esconderse. Eso fue lo peor. Porque la gente que no se esconde es la que sabe que nadie va a castigarla.
Camila dio un paso atrás instintivamente.
—¿Qué… qué quieren? —alcanzó a decir —Si es dinero, puedo…
No le contestaron. No la miraron siquiera. Esa indiferencia dolió más que el miedo.
Uno fue directo a los percheros. Otro empezó a arrancar chaquetas del maniquí. El tercero abrió cajones, tiró tijeras, pateó mesas.
Camila sintió que la sangre se le iba de la cara. No buscaban dinero. No buscaban robar. Buscaban algo, algo específico, algo que sabían que debería estar ahí, pero ella no tenía ni idea.
El corazón empezó a golpearle en las orejas.
Su padre, esto tenía que ver con él.
—¡Basta! ¡Deténganse! —gritó, más por impotencia que por valentía —No tienen derecho a tocar nada. ¡Esto es una sastrería, no…
Un manotazo al aire bastó para callarla.
El que parecía comandar el grupo la miró entonces por primera vez.
Y no le gustó cómo la miró. No fue una mirada de amenaza. Fue una mirada de burla, de superioridad, de desprecio.
Ahí entendió algo que conocía demasiado bien. La estaban pesando. No físicamente, humanamente. Decidiendo si valía algo, decidiendo si su cuerpo daba risa o lástima.
Decidiendo qué era ella.
—Mírala —comentó uno —Con razón dicen que Tony está loco.
Rieron. Fue una risa sucia, fue una risa que no se olvidaba. Camila sintió que se le quemaba la cara.
—¿Qué Tony? ¿De qué están hablando? —preguntó, con dignidad frágil pero dignidad al fin.
El líder dio una vuelta lenta por la sastrería. Sacó una navaja, no para lastimarla, para rajar costuras. Abría chaquetas, revisaba interiores, cortaba forros.
Buscaba. Y no encontraba. Eso los ponía nerviosos. Y los nervios peligrosos son los peores.
—Tu padre escondía cosas muy bien —dijo —Muy bien para alguien que fingía ser solo un sastre.
El mundo se le quedó quieto.
Su padre, otra vez su padre, siempre su padre.
—No sé de qué me está hablando —respondió con voz firme, aunque le temblaran las piernas —Mi padre hacía ropa. Eso es todo.
El hombre chasqueó la lengua como si escuchara una mentira infantil.
De un movimiento rápido la empujaron hacia atrás y la ataron con una correa gruesa a la pata de una mesa. El nudo fue firme, definitivo, cruel.
Camila tragó saliva.
El miedo, ahora sí, fue completo.
—¿Qué están buscando? —preguntó —Si quieren algo, díganmelo. No es necesario romper todo.
—Lo diremos cuando nos convenga —respondió el hombre —Tú solo escucha.
Se acercó demasiado. Camila pudo sentir el olor agrio a cigarro en su respiración.
—Dicen que el mafioso te está usando como excusa. Dicen que va a casarse contigo para quedarse con lo que dejó tu padre.
Camila se quedó sin aire... “Casarse - Contigo - Mafioso.”
Había demasiadas palabras juntas y ninguna encajaba.
—Yo no… —intentó decir algo, pero la garganta no la obedeció.
Se burlaron otra vez. No de la situación; de ella, de su cuerpo. De lo absurdo que era imaginar que alguien como Antonio Montalbán pudiera elegir algo como ella.
Entonces pasó. La puerta volvió a abrirse. Pero esta vez el golpe no fue violento.
Fue solemne, fue definitivo, fue como si el lugar se hubiera preparado para eso.
Y entró él: Antonio Montalbán no entraba a los sitios, los ocupaba.
El ambiente cambió, como si el aire reconociera jerarquías. Vestido de negro, elegante, letal en su calma. Su sola presencia ordenaba la escena sin necesidad de gritar.
Camila nunca lo había visto así.
Nunca había entendido por qué la gente temblaba cuando escuchaba su nombre.
Ahora lo entendía. El primer lugar al que miró fue ella. Solo un segundo. Solo para asegurarse de que respiraba. Solo para comprobar que estaba entera.
Después dejó de verla. Y eso dolió. Pero también la salvó. Porque su atención ahora estaba en los intrusos.
—Suéltenla.
No levantó la voz, no se acercó corriendo, no hizo show, solo habló. Y su voz fue ley.
Los hombres se tensaron. Uno apretó la navaja. Otro se acomodó, como si midiera distancias por si algo estallaba. El líder apretó la mandíbula.
—No vinimos a hablar contigo, Tony.
—Yo tampoco vine a negociar contigo —respondió Antonio, igual de calmado —Vine a terminar esto.
No sacó un arma, no necesitó hacerlo. Porque era obvio que si él estaba ahí… no estaba solo. Porque era evidente que quien conoce su poder no necesita demostrarlo.
Hubo intercambio de amenazas, frases cortas que no necesitaban explicación. Hubo nombres que pesaban más que balas. Hubo silencios con filo.
Y, finalmente, hubo rendición. No porque quisieran. Porque entendieron que habían llegado al límite de su suerte.
Antes de retirarse, el líder se giró hacia Camila una última vez. Quiso dejar una espina. Y lo logró.
—Entonces es verdad —dijo —El gran Antonio Montalbán se va a casar con ella. ¡Cuánto sacrificio por un secreto!
Cuando se fueron, el silencio cayó de golpe. Camila sintió el latido de su corazón en la boca, pero seguía allí, atada. Respirando mal. Con la sastrería hecha pedazos.
Y con esas palabras clavadas en la cabeza. Antonio dio un paso hacia ella. Se inclinó, la desató. Lo hizo sin brusquedad. Pero tampoco con ternura. Como quien resuelve algo inevitable. Camila esperó que dijera que era mentira, que desmintiera, que se riera, que explicara, que negara, que hiciera cualquier cosa lógica.Pero no lo hizo.
Le sostuvo la mirada un segundo. Y no dijo nada, eso fue peor. Porque el silencio también responde. Y el de él acababa de cambiar su vida. La sastrería ya no era refugio. Su mundo ya no era seguro. Y a partir de ese momento, aunque ella no lo supiera todavía, para el entorno de Tony, ya no era solo Camila Romano, era la futura esposa del mafioso.







