Mundo de ficçãoIniciar sessãoCapítulo 4 —Lo que él sabe y ella decide
Narrador:
Camila no era de las que se quedaban en la cama esperando que el día se acomodara solo. Nunca lo había hecho cuando las cuentas no daban, cuando la balanza marcaba un número que la hacía querer romper el espejo, cuando alguna clienta la miraba de arriba abajo antes de dejarle un traje como si le estuviera haciendo un favor. No iba a empezar ahora.
Se levantó con la sensación de tener el cuerpo hecho piedras. La mansión era silenciosa, pero no era el silencio de hogar. Era el silencio de un lugar donde todos estaban despiertos vigilando algo, o a alguien; a ella, por ejemplo.
Se vio en el espejo grande del dormitorio. Las ojeras marcadas, el pelo recogido como pudo, la camiseta estirada marcando la curva del abdomen, las caderas llenando el pantalón. Una parte de ella dijo
—Si hubiera sido flaca, nada de esto estaría pasando
Otra parte, la que ya estaba harta de culpar al cuerpo por todo, le respondió:
—Si tu padre no hubiera jugado con gente peligrosa, tampoco.
Respiró hondo.
—Objetivo —se dijo. —No vas a estar acá solo para que te protejan como si fueras un florero gordo. Vas a saber qué carajo pasó.
Salió al pasillo. Uno de los hombres de Antonio estaba a unos metros, haciendo que miraba el teléfono. Ella no era tonta, sabía que estaba allí por ella, para vigilarla.
—Buenos días —dijo Camila.
El hombre levantó la vista, sorprendido de que le hablara.
—Señorita Camila, buenos días.
—¿Dónde está Montalbán?
—En el comedor.
—Perfecto —respondió ella, sin pedir permiso para seguir caminando —Tengo que hablar con él.
El comedor era amplio, con mesa para más gente de la que a Camila le interesaba conocer. Antonio estaba sentado en un extremo, con una taza de café y un plato casi intacto. Hablaba en voz baja por teléfono, pero cortó cuando ella entró.
La estudió, sí, otra vez, con esa mirada calculadora que parecía medirlo todo. Esta vez, sin embargo, Camila estaba lista para sostenerle la mirada.
—Dormiste —dijo él, más como constatación que como pregunta.
—Dormí lo suficiente para que ahora quiera respuestas —contestó ella.
Ni hola, ni gracias, ni disculpe. No estaba en humor de formalidades.
Antonio dejó la taza.
—Siéntate. ¿Qué quieres saber?
—Todo —dijo, sin vacilar —Qué buscaban en mi sastrería. Qué hizo mi padre. Qué es lo que usted sabe y lo que finge no saber. Y qué espera de mí. Y voy a decirle algo para que quede claro desde ya: no pienso pasar el resto de mi vida encerrada en esta casa esperando a que usted y otros hombres decidan qué hacer con lo que dejó Vittorio.
—Bien —dijo —Empecemos por lo sencillo. Esos hombres no iban por dinero. Iban por información.
Camila sintió el latido en las sienes.
—¿Qué tipo de información?
—Nombre, números, movimientos de dinero. Pruebas —enumeró Antonio sin dramatismo —Varias familias grandes de la ciudad lavaron dinero durante años usando negocios legales como pantalla. Tu padre estuvo en el medio...
Pensó que nada podía dolerle más que ver su vida destrozada, su sastrería hecha añicos y que medio mundo la mirara como “la prometida gorda del mafioso”.
Se equivocó. Antonio se levantó con calma y le hizo un gesto para que lo siguiera.
—Vamos, no hablemos aquí
La llevó a un despacho dentro de la mansión. No era una sala de interrogatorio, pero se sentía como una. Pidió que nadie entrara. Cerró la puerta y le ofreció una silla.
Camila se sentó. Antonio no, se quedó de pie frente a ella, con las manos apoyadas en el escritorio, como si así pudiera sostener todo lo que estaba a punto de soltar.
—Voy a decirte algo que estoy seguro que no sabes —dijo —Y no voy a adornarlo.
—Qué sorpresa —murmuró ella.
—Tu padre —continuó él— no era el hombre que crees.
Camila apretó la mandíbula.
—Ya me lo dijo. Que se metió con gente peligrosa. Que sabía cosas. Eso no significa que fuera...
—Era un sicario —la cortó Antonio.
La palabra cayó como un golpe seco, ella solo había oído ese término en las películas. Tardó un segundo en entenderla, otro en tragarla y otro en sentirla.
—No —dijo.
Antonio siguió como si no la hubiera escuchado.
—Trabajó para capos grandes. No era “ayudante”, no era “testigo”, no era “pobre hombre arrastrado por el sistema”. Era un asesino despiado, mato a mucha gente. Por encargo, por dinero, por poder. Y no lo digo porque alguien me lo contó en un bar. Lo sé, lo vi después. Lo investigué.
Camila negó con la cabeza.
—No lo conociste —replicó, con voz tensa —No tienes idea de quién era en su casa, conmigo…
—Me importa una mier*da quién era contigo —dijo Antonio, sin subir la voz pero rompiendo el aire —Afuera, allá donde realmente se juega, fue un monstruo, no un hombre duro, no un guerrero, un monstruo. Cruzó líneas que incluso en nuestro mundo no se cruzan. Hay códigos, y él los rompió todos.
Camila sintió que le faltaba aire.
—Estás mintiendo.
—Ojalá —contestó Antonio —Porque entonces no estarías en peligro. Porque nadie odiaría tanto a un muerto. Pero tu padre no solo mató hombres. Obligó a otros a mirar cómo lo hacía. Se ensañó. Y una noche… acabó con una familia entera para arrancar información.
Se le quebró algo por dentro.
—Basta.
—Primero la esposa —continuó, crudo, implacable, porque si lo decía tenía que decirlo bien —Luego los hijos, eran solo unos niños. Y obligó al padre a mirar, antes de matarlo también
Camila cerró los ojos. Lo odió, lo odió con fuerza. Porque no quería escucharlo, porque no quería creerle, porque no quería que alguien manchara al hombre que le enseñó a coser, que le llevaba helado cuando lloraba, que la abrazaba cuando el mundo le hacía sentir “demasiada”.
—No —susurró —No fue así, no puede haber sido así.
—Fue así —respondió Antonio.
—¡Tú no sabes quién era mi padre!
—Sí sé —replicó él, clavándole la mirada —Sé quién fue en la calle. Y ese es el que importa ahora. Ese es el que dejó enemigos. Ese es el que firmó su sentencia. Y ese es el que te dejó a ti en medio.
Las lágrimas le ardieron, pero no lloró. No ahí, no frente a él.
—Te repito —añadió —puedes creer lo que quieras. Puedes seguir viviendo con el recuerdo cómodo. Es tu problema. La realidad no cambia porque quieras abrazarla diferente.
—No tienes derecho a hablar así de él —escupió Camila.
—Tengo derecho a decirte la verdad —contestó —Porque si no la entiendes, te matan. Y yo le prometí a Vittorio que te mantendría viva.
—Sabiendo todo eso… —dijo ella, casi con rabia —¿igual seguiste con tu promesa? No lo entiendo
—No seguí por él —respondió —Seguí por mí. Porque yo sí tengo códigos. Porque yo sí cumplo promesas, incluso cuando me asqueen a los que se las hice.
Eso… dolió distinto. Porque era verdad. Y porque no la estaba acariciando con mentiras cómodas. Camila respiró hondo. Dolía, dolía pensar que quizás no conoció a su padre, dolía pensar que quizás su vida había sido una mentira, dolía pensar que estaba defendiendo a alguien indefendible.
Y dolía más algo peor: La vergüenza, “soy la hija de un asesino.”







