Mundo ficciónIniciar sesiónEn Madrid, el dinero puede comprarlo todo, incluso la lealtad de una esposa. Elena Vega no tiene tiempo para el amor. Su vida es una carrera contra el reloj para salvar a su hermano moribundo. Cuando las facturas del hospital alcanzan cifras astronómicas, se ve obligada a hacer lo que más odia: venderse al hombre más arrogante de España. Diego de Valera necesita una esposa para asegurar la herencia millonaria de su padre. Para él, Elena es solo un activo. Una transacción comercial limpia, fría y sin sentimientos. Él le ofrece un contrato de tres meses: Elena obtiene su dinero, Diego obtiene su trono. Sin embargo, tras los muros de la lujosa Hacienda de los Valera, las reglas comienzan a romperse. Las miradas de odio se transforman en una pasión ardiente, y el simulacro empieza a sentirse demasiado real. En medio de este romance inesperado acecha Lucía, la asistente personal de Diego; tan fiel como letal. Con una sonrisa dulce que esconde una obsesión oscura, Lucía está dispuesta a destruir a cualquiera que se atreva a ocupar su lugar junto a Diego. Cuando el contrato llega a su fin y los secretos del pasado salen a la luz, Elena deberá elegir: huir con su dinero o arriesgar su vida en este nido de lobos por un amor que nunca debió existir. ¿Puede un amor que nació de una transacción terminar en felicidad, o es Elena solo un peón destinado a ser destruido por una pasión equivocada?
Leer másElena Vega odiaba el silencio en la sede central del Grupo Valerius.
La sala era demasiado amplia, demasiado fría y demasiado lujosa para alguien cuyo saldo bancario ni siquiera alcanzaba para pagar el estacionamiento del edificio. Al otro lado del escritorio de roble pulido, Diego de Valera —un hombre que apenas había cumplido veintiocho años y ya controlaba el destino de miles de personas— estaba absorto en su teléfono móvil.De vez en cuando soltaba una risita baja, ignorando por completo a Elena, que permanecía sentada con la espalda recta y los dedos entrelazados con fuerza bajo la mesa.
—Entonces… —Elena rompió el silencio. Su voz sonó rígida, a punto de quebrarse—. ¿Qué tal, señor? ¿Cumplo con el perfil?
Diego dejó el teléfono sobre el escritorio con calma. La miró. No con la mirada intimidante de un gran jefe, sino con una observación fría y analítica que hizo que Elena se sintiera como un objeto exhibido en una vitrina.
—Sabe, Elena —comenzó Diego, con un tono relajado, casi amable—. Su currículum es… extraordinario. Mejor expediente en Medicina hasta el cuarto año y, de repente, abandona. ¿Por qué? ¿Se cansó?
Elena sintió un latido punzante en la sien.
—Asuntos personales, señor. No creo que interfieran con mi desempeño como asistente.
—Oh, claro. —Diego asintió despacio. Su sonrisa se desplegó: esa clase de sonrisa que las revistas de negocios llaman “la del líder del futuro”, pero que para Elena era la sonrisa de un depredador—. Muy bien. Está contratada.
Los hombros de Elena descendieron un centímetro. El pecho se le llenó de aire.
Gracias a Dios. Mateo va a sobrevivir.—Muchas gracias, señor de Valera. ¿Cuándo puedo coordinar el contrato con Recursos Humanos?
—No hará falta RR. HH. —la interrumpió Diego con rapidez. Se inclinó hacia delante; sus ojos brillaron con una mezcla de humor y alerta—. Este contrato es especial. Porque el trabajo también lo es.
Elena frunció el ceño.
—¿A qué se refiere? ¿En qué departamento trabajaré?
—Esposa.
Esa única palabra pareció cortar el aire de la sala. Elena se quedó inmóvil, convencida de haber sufrido una alucinación auditiva.
—¿Perdón? —murmuró.
—Trabajaré como mi esposa. Un contrato de tres meses. Salario mensual equivalente al triple del de un gerente senior, cobertura médica completa para su familia y un generoso bono al finalizar el acuerdo.
Elena soltó el asa de su bolso. Lo miró con una frialdad absoluta.
—¿Está bromeando? He venido a buscar un trabajo, señor Diego. Tengo cerebro, tengo capacidades. Si busca entretenimiento, se ha equivocado de persona.
Comenzó a levantarse; la silla de mármol chirrió con aspereza.
—Con su permiso.
—Una operación de corazón es cara, Elena. Y más aún en el mejor hospital privado de Madrid.
Sus pasos se detuvieron. Por un segundo, su corazón dejó de latir. Se giró y lo miró. Diego seguía sentado con tranquilidad, jugueteando con una pluma plateada.
—No tiene derecho a entrometerse en mi vida privada —susurró Elena, la voz temblando entre rabia y miedo.
—No me entrometo. Ofrezco una solución —respondió Diego con suavidad, casi con sinceridad, si no fuera por la sonrisa ladeada que se dibujaba en su rostro—. Mis padres llegarán la próxima semana. Quieren conocer a la nuera de la que he hablado por teléfono todo este tiempo. El problema es que esa mujer nunca existió. Y usted… tiene un rostro muy creíble. Frío. Profesional. Exactamente el tipo que mi padre aprobaría.
Diego se levantó y caminó despacio hacia ella.
—En dos días tu hermano entra al quirófano, ¿verdad? El depósito aún no se ha pagado. El hospital ya ha enviado el último aviso.
Elena sintió náuseas. El hombre frente a ella parecía educado y afable, pero cada palabra se cerraba alrededor de su cuello como un lazo invisible. Se sintió diminuta bajo el peso del poder de Diego.
—¿Está aprovechándose de mi situación?
—Solo propongo una colaboración empresarial —corrigió Diego. Se detuvo frente a ella. El aroma caro de su perfume amaderado inundó los sentidos de Elena—. Usted necesita dinero. Yo necesito estatus. Solo tiene que estar a mi lado, ponerse vestidos caros, sonreír un poco —si es que puede— y dejarme hacer el resto. Fácil, ¿no?
Elena sostuvo su mirada. La parte más blanda de su interior quería llorar, huir al hospital y abrazar a su hermano. Pero la realidad fue más brutal. Sin ese dinero, Mateo no tendría futuro.
—¿Tres meses? —preguntó, con la voz casi extinguida.
—Solo tres meses —respondió Diego. Regresó al escritorio y deslizó un cheque cubierto de ceros—. Firme ahora, y la operación de su hermano estará pagada en una hora.
Elena miró el cheque. Luego, la mano extendida de Diego. Sabía que, al aceptarla, acababa de vender su libertad al demonio más educado que había conocido.
—Quiero el adelanto ahora mismo —dijo con firmeza, ocultando el temblor de sus dedos.
Diego sonrió ampliamente.
—Una decisión muy inteligente, señora de Valera.
De pronto, la puerta del despacho se abrió sin llamar. Una mujer con un traje gris impecable entró en la sala. El cabello recogido sin un solo error, la mirada afilada se clavó directamente en Elena.
—Diego, tu madre ya está en el aeropuerto de Estados Unidos. Han adelantado el viaje —informó con frialdad.
Diego miró a la mujer y luego volvió la vista hacia Elena.
—Perfecto. Elena, te presento a Lucía. Ella se encargará de que no parezcas una “candidata sin dinero” cuando conozcas a mi madre mañana por la mañana.
Lucía examinó a Elena de la cabeza a los pies, deteniéndose en sus zapatos gastados. Su desprecio era preciso, calculado.
—¿Ella es? Estás bromeando, Diego. Ni siquiera merece pisar este lugar.
—Por eso te la dejo a ti, Lucía —respondió Diego, guiñándole un ojo a Elena.
En ese instante, Elena comprendió que su sufrimiento acababa de empezar.
La noche tras la cena con Ramos dejó una tensión distinta en la Hacienda Valera. Diego estaba sentado en su despacho a oscuras, iluminado solo por la tenue luz de la lámpara de mesa. Sorbía su whisky caro mientras observaba la pantalla del monitor que mostraba las grabaciones del CCTV del pasillo.Allí vio a Lucía, inmóvil frente a su puerta con el rostro desencajado, antes de marcharse con una rabia contenida. Diego no sentía culpa. Al contrario, una leve sonrisa —casi una mueca de depredador— apareció en sus labios.Para Diego, los sentimientos humanos eran variables con las que jugar. Sabía que Lucía estaba obsesionada con él, y sabía que Elena empezaba a confundir los límites entre la actuación y la realidad. Para él, aquello era el me
Aquella mañana, Elena no se despertó con la cálida luz del sol de Madrid, sino con un tirón brusco de las mantas. Lucía ya estaba de pie junto a su cama, vestida con un traje negro rígido, como si estuviera lista para asistir al funeral del amor propio de Elena.—Levántate. Hoy es la verdadera prueba —dijo Lucía con frialdad—. El señor Ramos vendrá para una cena privada. Si fallas ante él, ni sueñes con ver a tu hermano en el hospital la próxima semana.Elena intentó incorporarse con los sentidos aún dispersos. Le dolía todo el cuerpo por el entrenamiento de etiqueta de ayer, pero la amenaza sobre Mateo siempre funcionaba como un disparador de adrenalina.—Entiendo —respondió Elena con voz ronca.—Bien. Ahora, al baño. El equipo de estilistas está esperando. No quiero ver ni un solo cabello fuera de su lugar.Durante las horas siguientes, Elena dejó de sentirse humana. Era un lienzo al que arrastraban, pulían y forzaban a entrar en un vestido de seda negra tan ajustado que apenas podí
El suelo del comedor parecía una placa de hielo a punto de quebrarse bajo cada paso de Elena. En el extremo de la larga mesa de caoba oscura, estaba sentada Isabel de la Cruz de Valera. Esa mujer era la definición misma de la aristocracia española más rígida: una espalda que jamás tocaba el respaldo de la silla, perlas que rodeaban su cuello a la perfección y una mirada más afilada que cualquier bisturí que Elena hubiera sostenido en el laboratorio.Diego apretó el agarre en el brazo de Elena; un gesto que para un extraño parecería protector, pero que para ella era una advertencia para que no escapara.—Madre —saludó Diego con su voz barítona y calmada. Se adelantó y besó la mejilla de su madre con cortesía—. Te presento a Elena Vega. La mujer de la que tanto te he hablado.Isabel no respondió de inmediato. Posó su taza de porcelana con un tintineo sutil que resonó en la sala silenciosa. Sus ojos escanearon a Elena desde el cabello hasta la punta de los zapatos nude que Lucía le había
El lujoso apartamento en Salamanca ya no era solo una vivienda; era un laboratorio donde la identidad de Elena Vega era diseccionada segundo a segundo. Tras la firma de aquel contrato asfixiante, Elena fue trasladada oficialmente al dormitorio principal. La habitación era inmensa, con una cama king size vestida con sábanas de seda gris oscuro, pero Elena sentía que no era más que una celda de lujo.—A partir de hoy, este es tu mundo —dijo Lucía, de pie en el umbral. No entró, como si poner un pie allí fuera a contaminar su dignidad—. Todas tus necesidades serán cubiertas. No intentes pedir comida fuera ni usar servicios de mensajería. Diego lo detesta.Elena dejó su pequeño bolso sobre una silla de terciopelo. —Necesito acceso a internet para seguir los informes médicos de Mateo. Está en la cláusula adicional.—La tableta sobre la mesa ya está configurada —respondió Lucía con frialdad—. Podrás ver los datos médicos de tu hermano, pero no esperes acceder a redes sociales ni hacer llama
La mañana en Madrid nunca se había sentido tan silenciosa para Elena. La luz del sol que se filtraba por los ventanales del apartamento de Diego debería haber sido cálida, pero para ella, solo servía para iluminar cada rincón de su nueva "prisión".Elena estaba sentada en una silla de cuero en el despacho de Diego. Frente a ella, una carpeta negra y gruesa permanecía abierta. Lucía estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo una pluma estilográfica de oro como si fuera un arma blanca. Mientras tanto, Diego descansaba relajado en su sillón, con los pies sobre el escritorio, fingiendo indiferencia ante la situación.—Lee cada línea, Elena. No quiero quejas después —dijo Lucía con frialdad.Elena bajó la vista hacia el montón de papeles. El título era simple: ACUERDO DE COLABORACIÓN ESPECIAL. Sin embargo, el contenido era cualquier cosa menos sencillo.—Cláusula uno —leyó Elena en voz baja—. La Segunda Parte —es decir, yo— acepta modificar su identidad, antecedentes familiares e historial
El apartamento de Diego de Valera en el distrito de Salamanca no era solo una vivienda; era una declaración de poder. Ubicado en el último piso de un edificio histórico con fachada neoclásica, el interior era una mezcla de lujo gélido y un minimalismo doloroso. Su suelo de mármol blanco estaba tan impecable que Elena podía ver el reflejo de su rostro pálido y aterrorizado.—No te quedes ahí como una estatua, Elena. Entra —la voz de Diego resonó en el pasillo de techos altos.Elena avanzó con cautela, apretando el asa de su vieja maleta: lo único que aún la ataba a su realidad como Elena Vega, la estudiante de medicina fracasada.En el salón inmenso, Lucía ya esperaba. Estaba de pie frente al ventanal que dominaba las luces de Madrid. Ya no vestía su traje de oficina; llevaba un vestido de seda negra que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, mientras sostenía una copa de vino tinto.—Deja la maleta ahí —ordenó Lucía sin volverse.Elena la colocó sobre una alfombra persa cuyo valo
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