Mundo ficciónIniciar sesiónChloe Collins, secretaria perfecta de tres años, recibe la oferta imposible de Sebastián Blackwood: cásate conmigo seis meses o pierdo mi imperio. A cambio, él liquida tus deudas y te da un millón al final. Reglas estrictas: fingir amor en público, cero sentimientos... y nada físico, salvo que los dos lo queramos. Pero el anillo en mi dedo, sus besos "de práctica" que incendian la piel y su mano posesiva en mi cintura despiertan un deseo que no puedo ignorar. Lo que era una farsa se convierte en algo real y peligroso. ¿Podré resistir al hombre que controla mi vida... o me entregaré al amor que juré evitar?
Leer másLa lluvia golpeaba los ventanales del piso 45 como si quisiera entrar a la fuerza. Eran las 10:47 p.m. La oficina estaba desierta, solo quedaba el zumbido lejano del aire acondicionado y el eco de mis tacones cuando me acerqué a su escritorio con la carpeta de la junta de accionistas.
Sebastián Blackwood levantó la vista de su laptop. Sin preámbulos, empujó un sobre negro hacia mí.
—Cásate conmigo. Máximo un año. O pierdo todo lo que he construido.
La carpeta casi se me cae. Mis dedos se congelaron alrededor del borde.
—¿Disculpe?
—No me hagas repetirlo, Chloe. —Mi nombre en su boca sonó diferente, menos impersonal—. Mi abuelo dejó una cláusula en el testamento. Si no estoy casado antes de los veintinueve, Blackwood Tech pasa a Ethan. Mi primo. No voy a permitirlo.
Abrí el sobre con manos que apenas obedecían. Contrato matrimonial temporal. Un año prorrogable. Un millón al final. Deudas de mi padre cubiertas desde el día uno. Hipoteca de mi madre liquidada. Contacto físico solo si ambos lo consentimos expresamente. Sin emociones. Sin complicaciones.
Levanté la vista, el corazón latiéndome en la garganta.
—¿Por qué yo?
—Porque confío en ti. —Se inclinó hacia adelante, codos en las rodillas—. Llevas tres años manejando mi caos sin fallar. Eres discreta. Inteligente. No buscas titulares ni mi dinero. Eres… perfecta para esto.
Perfecta. La palabra me dolió como un golpe sordo. Como si fuera solo una herramienta más en su kit de supervivencia corporativa.
—¿Y si digo que no?
—Mañana busco otra secretaria. —Hizo una pausa breve, casi imperceptible—. Pero ninguna será como tú.
El silencio se estiró entre nosotros, roto solo por la lluvia. Pensé en mi padre, en las noches que tosía hasta quedarse sin aire, en mi madre limpiando mesas hasta las tres de la mañana para cubrir lo que el seguro no alcanzaba. Pensé en cómo había dejado la universidad a medio camino, en mis dibujos digitales guardados en una carpeta que nunca abría porque no había tiempo ni dinero para soñar con ser ilustradora.
Tragué saliva.
—Necesito pensarlo.
—Tienes hasta mañana a las ocho. —Se levantó, alto e imponente, su presencia llenando la oficina—. Piénsalo bien, Chloe. Una vez que firmes… serás la esposa de Blackwood.
No dijo nada más. Solo me miró un segundo, como si estuviera evaluando si yo era capaz de cargar con esto, y luego salió sin despedirse.
Me quedé sola con el sobre en la mano y el eco de sus palabras.
Salí del edificio empapada antes de llegar a la parada del metro. La lluvia caía fría, implacable. Caminé sin rumbo un rato, el sobre metido en el bolso como si quemara.
Recuerdo perfectamente el día en que entré por primera vez en Blackwood Tech, hace tres años. Tenía veintidós, un traje barato de segunda mano y un nudo permanente en el estómago. Mi padre había enfermado de repente: pulmones dañados por años en la fábrica, diagnóstico crónico, despido disfrazado de “reducción de personal”. Mi madre, mesera de toda la vida, empezó a hacer turnos dobles. Yo pausé la universidad, estaba estudiando diseño digital e ilustración, y vendí todo lo que pude para ayudar. El trabajo en Blackwood Tech llegó como un salvavidas: sueldo decente, seguro médico que cubría parte de los tratamientos caros, estabilidad.
La entrevista fue brutal. Sebastián, con veinticinco años ya, sentado detrás de un escritorio de vidrio, ojos grises que me recorrieron como si midiera mi resistencia. “Empieza mañana. Prueba de un mes. Si no das la talla, estás fuera”. Sobreviví. Aprendí sus manías: café negro sin azúcar a las 7:00, silencio absoluto durante las llamadas, informes impecables. Nadie duraba con él. Yo sí. Me convertí en su sombra eficiente, discreta, indispensable.
Tres años después, seguía allí. Mi vida se había reducido a agendas, correos y noches tardías en la oficina. No tenía tiempo para amigos, para citas, para dibujar. Mis sueños de ilustración profesional estaban congelados en una tableta que acumulaba polvo. Pero mi padre mejoraba. Mi madre respiraba un poco más tranquila. Y yo… yo había aprendido a no esperar nada más.
Ahora esto. Un matrimonio falso por un millón. Un escape definitivo para mi familia. Pero también una cadena con el hombre que había sido mi jefe, mi verdugo silencioso y, en secreto, el centro de demasiadas miradas robadas.
Llegué a casa calada hasta los huesos. Sara, mi compañera de piso, no estaba. Me quité la ropa mojada, me senté en el sofá con el sobre abierto frente a mí y miré las cláusulas hasta que las letras se volvieron borrosas.
Un año como mucho.
Un millón al final. Y Sebastián Blackwood como esposo temporal.
Cerré los ojos. La lluvia seguía cayendo afuera.
Mañana a las ocho tenía que decidir.
Y supe, en el fondo, que ya estaba a medio camino de decir sí.
POV SEBASTIÁNLa sala estaba llena de gente, pero yo solo podía mirar la medalla que acababan de colgar en mi cuello.“Cinco años sobrio”.Cinco años sin tocar una sola línea de cocaína. Cinco años reconstruyéndome pedazo a pedazo. Cinco años de terapia, de reuniones, de noches en las que la culpa me ahogaba y aun así elegía no caer.Cuando levanté la vista, la vi.Chloe estaba de pie al fondo de la sala, vestida de negro sencillo, con el cabello suelto y los ojos brillantes. Ella me miró fijamente y, por primera vez en mucho tiempo, me regaló una sonrisa verdadera. Una sonrisa llena de orgullo.Sentí que el pecho se me apretaba. Esa sonrisa significaba más que cualquier medalla.Después de la ceremonia, me armé de valor y me acerqué a ella. —Gracias por venir —dije en voz baja.Chloe se encogió ligeramente de hombros.—Lucas insistió. Y… yo también quería verte.Tomé aire.—¿Puedo invitarte a cenar? Ella dudó. Miró hacia otro lado, claramente incómoda. Tuve que insistir tres veces
POV SEBASTIÁNLa primera noche en casa fue un caos absoluto. Lucas lloró casi sin parar desde las once de la noche hasta las cuatro de la mañana. Chloe estaba exhausta, con los puntos todavía doliéndole y la leche empezando a subir, lo que la dejaba con los pechos hinchados y sensibles. Yo no sabía qué hacer con mis manos, con mi cuerpo, ni con la culpa que me carcomía cada vez que lo veía sufrir. Me levantaba cada vez que él lloraba, aunque Chloe insistiera en que no era necesario. Caminaba con él en brazos por el pasillo del apartamento, meciéndolo suavemente mientras le susurraba tonterías que ni siquiera entendía yo mismo. —Shhh… tranquilo, campeón. Papá está aquí. Ya pasó, ya pasó… A veces funcionaba. Otras veces no. Cuando nada servía, se lo llevaba a Chloe para que lo amamantara. Entonces me quedaba sentado en el borde del sofá, observándolos en la penumbra de la habitación. La luz tenue de la lámpara de noche iluminaba el rostro cansado de ella y el pequeño cuerpo de mi hij
POV SEBASTIÁNLos siguientes días después de la cena de mi cumpleaños fueron extraños. Chloe y yo empezamos a comunicarnos más de lo habitual, pero siempre por el bebé. Ella me envió fotos de posibles colores para la habitación y, para mi sorpresa, me preguntó mi opinión.Elegimos juntos los muebles: una cuna de madera blanca con detalles en gris claro, un cambiador a juego y una mecedora amplia donde ella pudiera amamantar cómodamente. Chloe se decantó por tonos suaves: gris perla, blanco roto y toques de azul cielo. Dijo que quería que la habitación transmitiera paz.Yo me encargué de pintar.Un sábado por la mañana llegué temprano a su apartamento con latas de pintura, rodillos y plástico protector. Chloe abrió la puerta con una camiseta oversized que apenas cubría su enorme barriga y una expresión cautelosa.—No tienes que hacerlo tú solo —dijo.—Quiero hacerlo —respondí—. Déjame al menos esto.Trabajamos en silencio casi todo el tiempo. Yo pintaba las paredes mientras ella organi
POV SEBASTIÁNLos meses siguientes fueron una lenta tortura que yo mismo me impuse.Chloe cumplía su palabra, me avisaba con antelación de las consultas importantes y yo aparecía siempre puntual, siempre respetuoso, siempre manteniendo la distancia que ella necesitaba. Pero cada vez que la veía, cada vez que entrábamos juntos a la sala de ecografías y escuchábamos ese latido fuerte y constante, sentía el mismo golpe en el pecho.Ella no me había perdonado.Lo veía en la forma en que evitaba mirarme a los ojos más de unos segundos, en cómo se tensaba cuando nuestras manos se rozaban accidentalmente al tomar las fotos de la ecografía, en la cortesía fría con la que me hablaba. Y lo peor era que lo entendía. Lo entendía perfectamente.Yo había roto su confianza. Había destruido la imagen que tenía de nosotros. Y aunque me arrepentía con cada fibra de mi ser, las disculpas ya no servían. Solo el tiempo podría hacerlo, y el tiempo parecía moverse contra mí.Cada noche, cuando llegaba a cas
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