Una hora después de que terminara aquel incómodo ensayo de baile, Elena estaba a punto de cerrar los ojos en su habitación cuando llamaron a la puerta con violencia. Sin esperar respuesta, Lucía entró. Su rostro ya no mostraba la obediencia de una asistente; sus ojos brillaban con un odio puro que había mantenido oculto tras su máscara de profesionalismo.
Lucía traía consigo una carpeta negra y gruesa. La lanzó sobre la cama de Elena, justo al lado de su mano.
—¿Qué quieres ahora, Lucía? —pregun