Capítulo 30

Aquella mañana, la Hacienda Valera se sentía más silenciosa que de costumbre. La luz del sol que se filtraba por los grandes ventanales del comedor no lograba derretir la atmósfera gélida que flotaba en el aire.

Elena bajó las escaleras con sentimientos encontrados. No había pegado ojo en toda la noche; sus oídos estaban alerta, imaginando si la herida de Diego

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