Capítulo 2

El apartamento de Diego de Valera en el distrito de Salamanca no era solo una vivienda; era una declaración de poder. Ubicado en el último piso de un edificio histórico con fachada neoclásica, el interior era una mezcla de lujo gélido y un minimalismo doloroso. Su suelo de mármol blanco estaba tan impecable que Elena podía ver el reflejo de su rostro pálido y aterrorizado.

—No te quedes ahí como una estatua, Elena. Entra —la voz de Diego resonó en el pasillo de techos altos.

Elena avanzó con cautela, apretando el asa de su vieja maleta: lo único que aún la ataba a su realidad como Elena Vega, la estudiante de medicina fracasada.

En el salón inmenso, Lucía ya esperaba. Estaba de pie frente al ventanal que dominaba las luces de Madrid. Ya no vestía su traje de oficina; llevaba un vestido de seda negra que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, mientras sostenía una copa de vino tinto.

—Deja la maleta ahí —ordenó Lucía sin volverse.

Elena la colocó sobre una alfombra persa cuyo valor podría haber alimentado a Mateo durante un año. Lucía se giró y se acercó con la elegancia de un depredador. Rodeó la maleta una vez y clavó en Elena una mirada que la hizo sentirse desnuda.

—Ábrela —dijo Lucía con frialdad.

Elena frunció el ceño. —¿Qué?

—Abre tu maleta. Necesito ver qué pretendes meter en esta casa.

Elena buscó a Diego con la mirada. Él estaba en el mueble bar, sirviéndose una copa con parsimonia. Solo se encogió de hombros, dejando claro que allí el mando lo tenía Lucía. Con un suspiro pesado, Elena se arrodilló y abrió la cremallera.

Un montón de camisetas desgastadas, dos pares de vaqueros raídos y una vieja chaqueta de punto de su madre se desparramaron. Encima, una pequeña caja de madera y varios libros de medicina pesados.

Lucía se puso en cuclillas. No tocó nada con las manos; usó la punta de su bolígrafo de plata para remover la ropa como si inspeccionara desechos.

—Camisetas de mercadillo, vaqueros baratos y... ¿qué es esto? —Lucía levantó una bufanda tejida a mano y descolorida—. Esto no es ropa, Elena. Es basura que apesta a pobreza.

—Esas son mis cosas —siseó Elena, con la voz temblando por la vergüenza—. Sé que no son lujosas, pero son mías.

—Y por eso mismo no puedes conservarlas —sentenció Lucía. Se levantó e hizo una señal a un empleado que esperaba en las sombras—. Quémalo todo. Que no quede ni un hilo de su antigua identidad en el vestidor principal.

—¡¿Qué?! ¡No! —Elena se levantó de un salto—. ¡No tenéis derecho a hacer eso!

—Tus derechos murieron cuando firmaste ese cheque, señorita Vega —la cortó Lucía con una sonrisa triunfal—. Ahora eres propiedad de los Valera. Y toda propiedad debe ser purificada de su pasado mediocre.

El empleado agarró la maleta. Elena intentó recuperarla, pero una mano grande y firme la detuvo por el brazo. Diego.

—¡Suéltame, Diego! ¡No puede quemar mis recuerdos! —gritó Elena.

Diego no la soltó. La miró con una mezcla de lástima y dominio—. Lucía tiene razón. No puedes ser mi esposa si aún hueles a hospital público y a barrio bajo. Es por tu propio bien.

Elena lo miró, sintiéndose traicionada—. ¿Por mi bien? ¿O por tu ego?

Mientras tanto, Lucía abrió la caja de madera. Antes de que Elena pudiera intervenir, sacó la foto de Mateo, un viejo estetoscopio y unos frascos de medicina vacíos.

—Los recuerdos son un lastre, Elena —dijo Lucía mirando la foto—. Un De Valera no tiene un hermano agonizante. Solo tiene gloria.

—Devuélveme esa foto, Lucía —la voz de Elena se volvió gélida—. Quema la ropa, pero no te atrevas a tocar esa foto.

Lucía se dispuso a romperla cuando Diego reaccionó. De un movimiento rápido, le arrebató la fotografía.

—Basta, Lucía —dijo Diego con una autoridad que la hizo callar. Miró al niño de la foto y luego a Elena. Guardó la imagen en su bolsillo—. Yo la custodiaré. Tómalo como una garantía de tu obediencia. Si te portas bien, podrás verla. Si no... —dejó la amenaza en el aire.

Lucía resopló con celos mal ocultos—. Eres blando, Diego. Ella usará tu debilidad.

—No tengo debilidades, Lucía. Solo activos que proteger —respondió él—. Ahora, llévatela. Que vea su nueva "piel". Y Elena, no llores; arruinarás un maquillaje que aún no te has puesto.

Lucía condujo a Elena a un vestidor más grande que su antiguo apartamento. Cientos de vestidos, tacones que parecían instrumentos de tortura y joyas brillantes la esperaban.

—Mañana a las cinco en pie —dijo Lucía cerrando la puerta con llave—. Entrenaremos tu paso, tu voz y, sobre todo, cómo miras a Diego. No quiero ver amor en tus ojos. Eres una actriz, y las actrices deben saber cuándo dejar de actuar.

Lucía se acercó y rozó el cuello de Elena con sus dedos fríos—. Llevo diez años al lado de Diego. Conozco cada rincón de su alma. Tú solo estarás tres meses. No sueñes con echar raíces.

Elena se soltó con brusquedad—. No quiero echar raíces en este infierno. Solo quiero salvar a mi hermano. Haz tu trabajo y yo haré el mío.

Lucía soltó una carcajada afilada—. Ya veremos cuánto te dura el valor, pobrecita.

Esa noche, Elena se hundió en una cama tan mullida que parecía querer devorarla. Sin ropa, sin fotos, sin dignidad. Comprendió que si Diego era el demonio que le pagaba, Lucía era el monstruo encargado de que no saliera de allí con el alma intacta.

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