La mañana en Madrid nunca se había sentido tan silenciosa para Elena. La luz del sol que se filtraba por los ventanales del apartamento de Diego debería haber sido cálida, pero para ella, solo servía para iluminar cada rincón de su nueva "prisión".Elena estaba sentada en una silla de cuero en el despacho de Diego. Frente a ella, una carpeta negra y gruesa permanecía abierta. Lucía estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo una pluma estilográfica de oro como si fuera un arma blanca. Mientras tanto, Diego descansaba relajado en su sillón, con los pies sobre el escritorio, fingiendo indiferencia ante la situación.—Lee cada línea, Elena. No quiero quejas después —dijo Lucía con frialdad.Elena bajó la vista hacia el montón de papeles. El título era simple: ACUERDO DE COLABORACIÓN ESPECIAL. Sin embargo, el contenido era cualquier cosa menos sencillo.—Cláusula uno —leyó Elena en voz baja—. La Segunda Parte —es decir, yo— acepta modificar su identidad, antecedentes familiares e historial
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