Aquella mañana, Elena no se despertó con la cálida luz del sol de Madrid, sino con un tirón brusco de las mantas. Lucía ya estaba de pie junto a su cama, vestida con un traje negro rígido, como si estuviera lista para asistir al funeral del amor propio de Elena.
—Levántate. Hoy es la verdadera prueba —dijo Lucía con frialdad—. El señor Ramos vendrá para una cena privada. Si fallas ante él, ni sueñes con ver a tu hermano en el hospital la próxima semana.
Elena intentó incorporarse con los sentid