La atmósfera dentro del coche de camino a la Hacienda Valera era asfixiante. No se oía más que el rugido del motor y la respiración pesada y contenida de Diego. Elena seguía presionando su chal de seda contra el hombro de Diego; su mano estaba ya completamente roja, cálida y pegajosa. Sin embargo, lo que más sofocaba a Elena no era la sangre, sino el silencio de Diego.
Diego miraba por la ventana. Su rostro pálido parecía esculpido en piedra. Ya no bromeaba, ya no hablaba con ese tono casual ex