El silencio que siguió al grito de Mia fue más ensordecedor que cualquier explosión. Leo, el pequeño cuerpo que era el único rastro de amor puro en la vida de Mia, se había quedado laxo. Sus ojos, esos espejos azules de Antonio, estaban cerrados. No había aire, no había llanto, solo el vacío.
—¡Antonio, haz algo! —chilló Mia, cayendo de rodillas en el suelo de la cabaña, sosteniendo a su hijo como si intentara fundir su propia vida con la de él—. ¡Se muere! ¡Mi bebé se muere!
Antonio Sepúlved