El día de su liberación, el cielo sobre la prisión estaba despejado, de un azul tan intenso que hería los ojos de Antonio, acostumbrados a la luz fluorescente y al gris perpetuo del patio. Llevaba quince años soñando con este momento, imaginando cada detalle, pero la realidad era abrumadoramente sensorial. El olor del césped recién cortado, el sonido del tráfico lejano y la sensación del viento real golpeando su rostro lo dejaron inmóvil durante varios minutos frente al portón principal.
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