Mundo ficciónIniciar sesiónAntonio sostenía el chupete azul entre el pulgar y el índice, observándolo como si fuera una prueba criminal en un juicio donde Mia ya había sido condenada. La luz de la oficina, filtrada por los cristales tintados, proyectaba sombras alargadas sobre su rostro, haciendo que sus facciones de treinta años se endurecieran hasta parecer de mármol.
—¿Un sobrino, Mia? —la voz de Antonio era un susurro peligroso, el tipo de sonido que precede a una explosión—. No sabía que tu hermano, que vive en el extranjero desde hace cinco años, hubiera regresado para dejarte recuerdos de bebé en el bolso. Mia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El pánico le cerraba la garganta, pero el instinto de protección hacia Leo fue más fuerte que su miedo. Tenía que mentir. Tenía que hacerle creer cualquier cosa antes de que él pusiera un pie en ese apartamento. —Es de la hija de una vecina —balbuceó ella, apretando los puños—. La ayudé a cuidar a la niña la semana pasada para ganar algo de dinero extra. Se quedó en mi bolso por error. ¿Desde cuándo te importa tanto la basura que llevo conmigo, Antonio? Antonio dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Mia pudo sentir la frialdad que emanaba de su cuerpo. De repente, él lanzó el chupete contra la pared con una violencia que hizo que ella se encogiera. —¡No me mientas más! —rugió él, atrapando su rostro con una sola mano, obligándola a mirarlo a los ojos—. Marcos vio cómo salías de ese apartamento con los ojos rojos. Vio cómo te despedías de alguien con una desesperación que no le das ni a tu propio padre. Él la soltó bruscamente y comenzó a caminar a su alrededor, como un lobo evaluando a una presa herida. Su mente, retorcida por dos años de resentimiento, comenzó a tejer la peor de las teorías. —Dos años, Mia. Dos años desaparecida. Y ahora apareces con rastros de un niño —Antonio se detuvo frente a ella, su mirada azul inyectada en odio y algo que se parecía mucho al dolor—. ¿Quién es él? ¿Quién es el hombre por el que me dejaste en el altar? ¿Quién te tocó mientras yo me hundía en el infierno intentando olvidarte? —No hubo nadie... —intentó decir ella, pero él la interrumpió con una risa amarga. —¡Mírate! Estás temblando. No es miedo a mí, es miedo a que descubra quién es tu amante. ¿Es por eso que huyes a escondidas? ¿Para llevarle dinero de mi sueldo a él y a su bastardo? La palabra "bastardo" golpeó a Mia como una bofetada física. El dolor de escuchar a Antonio insultar a su propio hijo, sin saberlo, fue casi insoportable. Pero el hecho de que él pensara que Leo era hijo de otro hombre era, paradójicamente, la única capa de protección que el niño tenía. —Piensa lo que quieras, Antonio —dijo ella, con una voz que recuperó una pizca de acero—. Si crees que soy esa clase de mujer, ¿por qué me tienes aquí? Déjame ir. —¿Dejarte ir? —él se acercó de nuevo, pero esta vez no hubo violencia física, sino algo mucho más destructivo: una cercanía asfixiante—. Oh, no. Ahora que sé que hay otro hombre, no vas a salir de esta casa ni para ver el sol. Si ese niño es el fruto de tu traición, vas a ver cómo ese hombre se olvida de ti mientras tú te marchitas en mis manos. La Tortura del Silencio y la Presencia Durante los días siguientes, Antonio comenzó una guerra psicológica sistemática. No la golpeaba, no le gritaba; hacía algo peor. La obligaba a trabajar a su lado hasta altas horas de la madrugada, observando cada uno de sus movimientos. —Dibuja esto, Mia —le ordenó una noche, arrojándole un fajo de fotos del Proyecto Fénix—. Quiero que retrates la destrucción de estas casas. Quiero ver si tu mano tiembla cuando dibujas la miseria de los demás, igual que tembló cuando me entregaste ese chupete. Él se sentaba frente a ella, bebiendo whisky en silencio, simplemente mirándola. Si ella intentaba usar su teléfono, él se lo arrebataba bajo el pretexto de "seguridad corporativa". Mia vivía en una angustia constante, sin poder llamar a Elena, sin saber si Leo estaba bien, si tenía fiebre o si preguntaba por ella. La tortura emocional alcanzó su punto máximo durante una cena privada en la mansión. Antonio invitó a varios socios, hombres que hablaban de mujeres como si fueran activos financieros. Obligó a Mia a vestir un vestido rojo que ella odiaba, demasiado revelador, demasiado ajustado. —Esta es Mia —la presentó Antonio a un inversor de mediana edad, pasando un brazo posesivo por su cintura—. Mi asistente... y una experta en ocultar secretos. ¿Verdad, querida? Cuéntales a nuestros invitados cómo se siente traicionar un compromiso por un amante de callejón. Mia sintió las lágrimas arder en sus ojos mientras los hombres se reían. Antonio la estaba humillando públicamente, destrozando su dignidad solo para saciar sus celos enfermizos. Cada vez que ella intentaba alejarse, él la atraía más hacia sí, susurrándole al oído: "Si lloras, mañana mismo demuelo el edificio donde vive tu vecina y su 'hija'. Tú eliges, Mia". La Ruptura Al final de la noche, cuando los invitados se marcharon, el silencio en la mansión se volvió insoportable. Antonio estaba visiblemente ebrio, pero era una embriaguez lúcida y cruel. Siguió a Mia hasta su habitación. —¿Vas a decirme su nombre ahora? —preguntó él, cerrando la puerta tras de sí—. ¿O tengo que investigar quién es el padre de ese niño por mi cuenta? Porque ya envié a mis hombres a vigilar ese apartamento las veinticuatro horas. Si un solo hombre entra o sale de allí, lo traerán ante mí. Mia se giró, el pánico alcanzando niveles críticos. Si sus hombres vigilaban el apartamento, verían a Leo. Verían sus rasgos. —¡No hay ningún hombre, Antonio! ¡Te lo juro por mi vida! —gritó ella, agarrándolo por las solapas de su camisa—. ¡Deja de torturarme! No puedes ser tan cruel. —¿Cruel? Cruel fue dejarme en la iglesia con mil personas mirando —él la empujó contra la cama, no con fuerza, pero sí con una autoridad que la dejó inmovilizada—. Mañana iremos a ese apartamento. Juntos. Y si encuentro a alguien allí, si encuentro una sola prueba de que me cambiaste por un don nadie... te quitaré todo lo que amas. Empezando por ese niño que tanto proteges. Él salió de la habitación, pero antes de irse, lanzó una última granada emocional: —Espero que el padre de ese niño sea mejor hombre que yo, Mia. Porque va a necesitar mucha suerte para sobrevivir a lo que le voy a hacer por haberte tocado. Mia se quedó sola, temblando en la oscuridad. Sabía que no podía esperar a mañana. Antonio iba a ir al apartamento y, con su obsesión actual, si veía a Leo y seguía creyendo que era hijo de otro, podría hacerle daño al niño o a Elena en un ataque de rabia. Desesperada, Mia esperó a que la casa estuviera en silencio. Usando un trozo de metal que había ocultado de su kit de arte, logró manipular la cerradura electrónica que ya conocía bien. Salió a los pasillos en sombras, descalza, decidida a escapar de la mansión para salvar a su hijo. Pero al llegar a la puerta principal, las luces se encendieron de golpe. Antonio no estaba allí. En su lugar, estaba Marcos, sosteniendo un teléfono que mostraba una transmisión en vivo del apartamento de Mia. —Señorita López... —dijo Marcos con una voz cargada de una extraña lástima—. El señor Sepúlveda ya no necesita que usted confiese. Sus hombres acaban de entrar en el apartamento. En la pantalla, Mia vio con horror cómo dos hombres de traje sacaban a Leo, envuelto en una manta, mientras Elena gritaba desesperada. —Llévenlo a la cabaña de la montaña —se escuchó la voz de Antonio a través del intercomunicador del guardia—. Y asegúrense de que la madre nos siga. Quiero que vea cómo borro el rastro de su traición.






