Diez años habían pasado desde que Antonio Sepúlveda cruzara el umbral de la prisión, y el mundo, aunque seguía girando con su habitual caos, lo hacía bajo una frecuencia distinta. En la antigua capital, lo que antes era la imponente y fría Torre Sepúlveda ahora se conocía simplemente como "El Pulmón". Las paredes de hormigón y cristal que una vez albergaron conspiraciones para dominar el futuro genético de la humanidad estaban ahora cubiertas por jardines verticales hidropónicos que filtraban e