El jardín de la casa frente al mar olía a sal y a romero. Antonio Sepúlveda, con las manos manchadas de tierra y el rostro surcado por las arrugas que solo la paz y el sol pueden esculpir, observaba a su nieta de cinco años correr hacia la orilla. La pequeña, llamada Esperanza, tenía los ojos de Mia y la curiosidad insaciable que, en otros tiempos, habría sido peligrosa en un Sepúlveda.
Antonio se sentó en el porche, dejando que sus viejos huesos descansaran. A veces, en el silencio de la tar