La oscuridad en el pasillo no era solo física; era una presencia densa que olía a desinfectante y a miedo. Mia soltó un grito ahogado que quedó atrapado en su garganta cuando el pitido constante del monitor de Leo, que llegaba desde la habitación a través de la puerta entreabierta, cambió de ritmo. Ya no era un pulso rítmico. Era una alarma larga y monótona.
—¡Leo! —Mia se lanzó hacia la puerta, pero Antonio la sujetó por la cintura con una fuerza desesperada.
—¡Espera! No sabemos quién está