Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio de la mansión Sepúlveda era artificial, una calma tensa que ocultaba micrófonos, cámaras y el eco de un pasado que se negaba a morir. Mia se encontraba sentada en el borde de la cama, en esa habitación que era un mausoleo de su propia juventud. La cerradura electrónica de la puerta había emitido un pitido hace unos minutos, indicando que, técnicamente, Antonio le permitía libertad de movimiento dentro de la casa, pero ella sabía que cada paso que daba era registrado.
Eran las dos de la mañana. Según el horario que Antonio le había entregado, su jornada comenzaba a las seis con el café y la revisión de la prensa internacional. Tenía cuatro horas de oscuridad para ser ella misma, para ser madre. Con manos temblorosas, sacó el teléfono que mantenía oculto en el forro de su maleta. No era el dispositivo de última generación que Antonio le había dado para el trabajo, sino su viejo móvil con la pantalla agrietada. Se encerró en el baño, abrió el grifo para que el sonido del agua corriendo enmascarara cualquier susurro y marcó el número de su tía Elena. La videollamada conectó al tercer tono. La imagen pixelada de Elena apareció en pantalla, y detrás de ella, en la pequeña cuna que Mia había pintado a mano, estaba Leo. El niño dormía con un brazo estirado, su pequeño pecho subiendo y bajando con una paz que Mia sentía que nunca volvería a conocer. —¿Mia? ¿Estás bien? —el susurro de Elena estaba cargado de angustia. —Estoy bien, tía. Estoy en su casa —Mia tragó saliva, sus ojos fijos en la pantalla, devorando la imagen de su hijo—. Por favor, acércale el teléfono. Necesito escucharlo, aunque sea solo su respiración. Elena movió el dispositivo con cuidado. El sonido rítmico y suave del sueño de Leo llenó el baño de mármol. Mia cerró los ojos y, por un segundo, pudo imaginar que estaba allí, que no había un contrato de esclavitud de por medio, ni un CEO obsesionado al otro lado de la pared. —Es tan parecido a él, Mia —susurró Elena—. Cada día más. Si Antonio lo ve una sola vez, no necesitará pruebas de ADN. Se verá a sí mismo en ese niño. Tienes que tener cuidado. Ese mensaje que recibiste... ¿quién podría ser? —No lo sé, tía. Alguien que conoce el Proyecto Fénix y que me ha estado siguiendo. Antonio tiene enemigos, y ahora yo soy el eslabón más débil —Mia se limpió una lágrima traicionera—. Mañana intentaré salir bajo la excusa de comprar materiales de arte. Iré a verlos, aunque sea cinco minutos. —¡Mamá! —un balbuceo soñoliento surgió de la cuna. Leo se había despertado, estirando sus manos hacia la luz del teléfono. —Hola, mi amor... —Mia se pegó a la pantalla, su voz quebrándose—. Mamá te ama mucho, Leo. Sé bueno con la tía Elena. Pronto estaremos juntos, lo prometo. En ese momento, un golpe seco en la puerta del dormitorio hizo que Mia saltara, casi dejando caer el teléfono al suelo. —¿Mia? ¿Con quién hablas? —la voz de Antonio, profunda y cargada de una sospecha peligrosa, resonó desde el otro lado. Mia cortó la llamada de inmediato, escondió el teléfono tras el inodoro y se secó la cara con el agua fría del grifo. Su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado. Abrió la puerta del baño, envuelta en una bata de seda que Antonio le había dejado, y se encontró con él de pie en medio de la habitación. Antonio no llevaba chaqueta. Su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello y las mangas remangadas, revelando los antebrazos fuertes que Mia recordaba haber sentido sobre su piel en mejores tiempos. Sus ojos azules estaban entrecerrados, fijos en ella. —El agua lleva corriendo demasiado tiempo —dijo él, dando un paso hacia ella. El espacio se redujo drásticamente—. Y juraría que escuché una voz. ¿A quién llamabas a estas horas? —A nadie, Antonio —respondió ella, tratando de mantener la mirada—. Solo... no puedo dormir. Esta habitación me da escalofríos. Es como vivir en un museo de algo que tú mismo destruiste. Antonio ignoró la provocación y se acercó más, hasta que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Extendió una mano y le tomó el mentón, obligándola a mirarlo. Sus dedos estaban fríos, pero su mirada quemaba. —Te advertí que no me mintieras. Si descubro que estás conspirando con alguien, si ese cuaderno de dibujos tuyo está enviando información fuera de esta casa... —¡No estoy enviando nada! —estalló ella, la desesperación dándole una valentía momentánea—. Estoy sola, Antonio. Me encargaste de que así fuera cuando compraste la deuda de mi padre. No tengo a nadie más que a... —se detuvo justo antes de decir "mi hijo"— a mi propia soledad. Antonio guardó silencio, observando la humedad en sus pestañas. Por un instante, la máscara de CEO implacable se agrietó, dejando ver al hombre que una vez la amó con una intensidad aterradora. Su pulgar rozó su labio inferior, un gesto cargado de una tensión sexual tan potente que el aire pareció chisporrotear. —Tienes razón, Mia. Estás sola. Y así es como te quiero: dependiente de mí para cada respiro. Mañana tenemos una reunión privada con los inversores del Fénix. Prepárate. Vas a ser mi mano derecha, y si lo haces bien, quizás te permita una visita a tu familia el fin de semana. Él soltó su rostro y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo sin girarse. —Y Mia... deja de usar el agua para ocultar tus llantos. Sé perfectamente cuándo estás sufriendo. Es el único momento en que tus ojos vuelven a ser los de la chica de la que me enamoré. El Riesgo de la Salida A la mañana siguiente, el Proyecto Fénix se reveló como lo que Mia temía: una adquisición agresiva de tierras que desplazaría a cientos de familias humildes para construir un complejo de lujo. Antonio manejaba la reunión con una frialdad que asustaba. Ella tomaba notas, pero en las esquinas de los folios, dibujaba los rostros de los inversores: hombres codiciosos con sonrisas de tiburón. —Necesito salir —dijo Mia cuando terminó la reunión, mientras Antonio revisaba unos documentos—. Olvidé mis pinceles especiales y un tipo específico de papel en mi antiguo apartamento. No puedo trabajar en los planos del proyecto sin ellos. Antonio la miró por encima de sus gafas de lectura. —Irás con Marcos, mi jefe de seguridad. Él te esperará en la puerta. Tienes treinta minutos. Ni uno más. Marcos era un hombre de pocas palabras y ojos de lince. Mia lo convenció de que la dejara entrar sola al apartamento "por privacidad para recoger su ropa interior". En cuanto cerró la puerta, corrió hacia la habitación del fondo. —¡Leo! —exclamó, abrazando al niño que jugaba en el suelo. —¡Mamá! —el pequeño se aferró a su cuello. Mia lo besó con desesperación, sintiendo que el tiempo se escurría entre sus dedos. —Elena, tengo que irme ya. Antonio me tiene vigilada con seguridad —le dijo a su tía mientras metía algunos botes de pintura viejos en una bolsa para justificar su salida—. Ten cuidado, creo que alguien nos vigila fuera. Al salir del apartamento, Mia se topó de frente con Marcos. El hombre tenía la mirada fija en su bolso de mano, que estaba ligeramente abierto. —Señorita López, se le cae algo —dijo Marcos con voz monótona. Antes de que Mia pudiera reaccionar, el guardia se agachó y recogió un objeto que se había deslizado fuera: un pequeño chupete azul de silicona. El silencio que siguió fue sepulcral. Marcos observó el chupete y luego miró a Mia, quien estaba pálida como un cadáver. —Esto no parece una herramienta de dibujo —comentó Marcos, apretando el objeto entre sus dedos enguantados. —Es... es de un sobrino. Un recuerdo —balbuceó Mia, arrebatándoselo y escondiéndolo en su bolsillo—. Vámonos. El señor Sepúlveda no espera. Durante todo el camino de regreso, Marcos no dejó de observar a Mia por el espejo retrovisor. Al llegar a la mansión, el guardia no se dirigió a su puesto, sino que caminó directamente hacia el despacho privado de Antonio. Mia vio, desde el final del pasillo, cómo Marcos le entregaba algo a Antonio y le susurraba al oído. Antonio levantó la vista, y la expresión de furia pura que cruzó su rostro le dijo a Mia que su secreto pendía de un hilo. Él se puso de pie, con el pequeño chupete azul en la palma de su mano, y caminó hacia ella con una calma que precedía a la destrucción total. —Mia... —dijo él, su voz era un trueno contenido—. ¿Hay algo que olvidaste mencionar en tu contrato de "exclusividad"? Porque me parece que me has estado ocultando una parte muy importante de tu pasado... o de tu presente.






