El silencio en la cabaña se volvió sepulcral. Antonio mantenía el arma en alto, pero su mano, siempre firme como una roca, temblaba casi imperceptiblemente. Mia, agazapada detrás de la barra de la cocina, apenas se atrevía a respirar.
—Baja eso, Antonio. No me has visto en una década, pero no creo que hayas olvidado mi rostro —la voz de la mujer era melódica, pero cargada de una autoridad fría.
Antonio abrió la puerta con cautela. La mujer entró, quitándose la capucha negra. A pesar de los a