El vestíbulo de Sepúlveda Holdings era un cementerio de cristal. Mia seguía arrodillada sobre el frío mármol, viendo cómo los paramédicos se llevaban a Antonio en una camilla. La imagen de él, herido y entregando su último aliento de libertad, se quedó grabada en su retina como uno de sus bocetos más oscuros. Pero el mensaje en su teléfono la obligó a ponerse de pie. La revelación de que el hombre que Victoria había tenido cautivo no era su padre biológico le dio una sacudida de adrenalina que quemó el cansancio de sus huesos.
—Señorita López, tenemos que evacuar —dijo Marcos, acercándose a ella. Tenía un vendaje improvisado en la cabeza y su mirada reflejaba el cansancio de una guerra—. La policía está por asegurar el edificio y Victoria ha sido puesta bajo custodia federal. Pero el jefe... Antonio dio órdenes claras de protegerla a usted antes que a nada.
—Tengo que ir a la clínica —respondió Mia, con la voz firme a pesar del temblor de sus manos—. Alguien está allí. Alguien que d