El eco de los pasos de Marcos en el pasillo se sentía como una cuenta regresiva. En la penumbra de la habitación, Antonio y Mia estaban frente a frente, separados por la cama donde Leo descansaba, ajeno a la tormenta que lo rodeaba.
—¿Crees que voy a irme contigo a una de tus jaulas de oro? grito Mia, con la voz rota pero cargada de veneno—. ¡Míralo, Antonio! Está aquí por tu culpa. Tu ambición, tu maldito proyecto, tus enemigos... Todo lo que tocas se marchita. ¡Te odio con cada fibra de mi