El ambiente en la habitación del hospital se detuvo en un instante de horror puro. El pequeño Leo cayó al suelo con la fragilidad de una muñeca de porcelana, mientras el eco del disparo de Marcos aún vibraba en las paredes. El tiempo pareció dilatarse, convirtiendo cada segundo en una tortura lenta y asfixiante.
Mia fue la primera en reaccionar. Su cuerpo se movió por puro instinto materno, lanzándose al suelo antes de que el cuerpo de su hijo terminara de impactar por completo. Logró amortiguar el golpe con sus propios brazos, acunando al niño contra su pecho. Leo no lloraba; su piel tenía un tinte azulado que delataba la falta de oxígeno y el fallo inminente de su pequeño corazón.
—¡Leo! ¡Despierta, por favor, despierta! —sollozaba Mia, sus manos temblando mientras buscaba desesperadamente una señal de vida.
Antonio, a pesar de la herida en su hombro que chorreaba sangre sobre la alfombra blanca del hospital, se puso en pie con una furia renovada. Se interpuso entre Mia y el cañón