Capítulo 36: El Peso de la Justicia
La sala de vistas del Tribunal Internacional no era el escenario de gloria que los Sepúlveda habían imaginado durante décadas. No había mármol pulido ni estatuas heroicas, solo el frío gris del hormigón y el silencio sepulcral de la justicia global. Antonio Sepúlveda permanecía en el banquillo de los acusados, vestido con un traje que no gritaba poder, sino una sobriedad casi penitencial. El cristal blindado que lo rodeaba era un recordatorio constante de que, para el mundo, él seguía siendo un