El ambiente en la clínica clandestina era gélido, impregnado de ese olor metálico a antiséptico y cables quemados. Mia sentía que su mente se fragmentaba. La imagen de su padre, indefenso y a merced de esa mujer que no conocía la piedad, se superponía a la imagen de Leo en el quirófano.
Antonio se mantenía de pie, ignorando el rastro de sangre que volvía a manchar su vendaje. La debilidad física parecía haber sido erradicada por una furia fría y calculadora que Mia nunca había visto, ni siquiera en sus peores momentos en la oficina. Ya no era solo un CEO herido; era un general preparándose para quemar su propio reino.
—No puedes ir así, Antonio —dijo Mia, agarrándolo del brazo—. Estás perdiendo sangre, apenas puedes mantenerte en pie. Si vas allá, ella te matará antes de que cruces el vestíbulo.
—Ella ya me mató hace años, Mia —respondió él, girándose hacia ella con una mirada vacía—. Solo que hoy se ha dado cuenta de que los muertos no tienen nada que perder. Ella cree que me ha da