El rugido del motor era lo único que llenaba el silencio sepulcral dentro de la camioneta. Habían dejado atrás las luces de la ciudad y ahora se internaban por una carretera secundaria que serpenteaba entre acantilados y pinos.
Mia observaba por la ventana, abrazando a Leo, quien se había quedado dormido por el agotamiento y los restos de la medicación. De vez en cuando, ella miraba el perfil de Antonio, iluminado solo por el resplandor verdoso del tablero. Se veía cansado, humano por primera