Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire en el despacho parecía haberse agotado. Antonio la mantenía atrapada entre su cuerpo y el escritorio de ébano, una posición que en otro tiempo habría sido el preludio de un beso apasionado, pero que ahora se sentía como una sentencia de cárcel. Su mano, grande y cálida, seguía presionando su muñeca contra la madera, mientras sus ojos azules escaneaban el rostro de Mia buscando una grieta, una señal de debilidad que él pudiera explotar.
—Veinticuatro horas al día, Mia —repitió él, su voz vibrando cerca de su oído—. Eso incluye noches, fines de semana y cada maldito segundo en que yo decida que te necesito cerca. No habrá muros entre nosotros esta vez. No habrá escapatorias a mitad de la noche. Mia sintió un frío glacial recorrerle la espina dorsal. "Veinticuatro horas". La frase golpeó su mente como un martillo. Si aceptaba ese contrato, si se mudaba a su residencia, ¿cómo iba a ocultar a Leo? Su hijo, de apenas un año y medio, era la viva imagen de Antonio: el mismo cabello oscuro rebelde, la misma determinación en la mirada, aunque todavía suavizada por la infancia. Leo era el secreto más peligroso que Mia guardaba, la razón por la que había huido del altar tras descubrir que el mundo de Antonio era demasiado oscuro para un niño, y la razón por la que ahora estaba dispuesta a humillarse para sobrevivir. —No puedes obligarme a vivir contigo —logró decir Mia, aunque su voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. El contrato es de asistente, no de concubina. Antonio soltó una carcajada seca, carente de humor, y se alejó lo suficiente para que ella pudiera respirar, aunque su presencia seguía dominando la habitación. —No te equivoques, Mia. No te quiero en mi cama por deseo, te quiero en mi casa para asegurarme de que no vuelvas a traicionarme. El Proyecto Fénix es la culminación de todo por lo que he trabajado, y tú, con esa manía de dibujar verdades que nadie más ve, eres un riesgo que no voy a dejar deambulando por la ciudad. Firmarás, o mañana tu padre será procesado por fraude bancario. Tengo los documentos, Mia. Solo necesito una llamada para hundirlo. Mia cerró los ojos, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros de veinte años. Antonio, a sus treinta, jugaba con las vidas de los demás como si fueran piezas de cristal. No sabía que, al intentar castigarla, estaba poniendo en riesgo la única pizca de humanidad que le quedaba: su propio hijo. —Está bien —susurró ella, abriendo los ojos y encontrando la mirada implacable de él—. Firmaré. Pero necesito... necesito unas horas para organizar mis cosas. No puedo mudarme así como así. —Tienes tres horas —sentenció Antonio, consultando su reloj de platino—. Mi chófer te llevará a tu apartamento y esperará en la puerta. Si tardas un minuto más, la oferta se retira y los cargos contra tu padre se presentan. El Regreso al Refugio El trayecto en el coche blindado fue una agonía. Mia miraba por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad, preguntándose cómo iba a explicarle esto a su tía Elena, quien cuidaba de Leo mientras ella buscaba trabajo. Su mente trabajaba a mil por hora. Tenía que mantener a Leo en las sombras. Antonio no podía saber que tenía un heredero; si lo descubría, se lo quitaría. Lo conocía lo suficiente para saber que Antonio Sepúlveda no compartía sus posesiones, y Leo, ante sus ojos, sería la posesión definitiva. Al llegar a su modesto apartamento en las afueras, entró corriendo. Elena la recibió con el niño en brazos. Leo, al ver a su madre, estiró sus bracitos y soltó una risa que casi le rompe el corazón a Mia. —Mia, ¿qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara? —preguntó Elena, alarmada. —Él me encontró, tía. Antonio es el CEO de la empresa —dijo Mia, comenzando a meter ropa en una maleta con manos frenéticas—. Me obliga a vivir en su mansión como su asistente personal. Si no voy, mi padre irá a la cárcel. Elena palideció. —¿Y el niño? Mia, no puedes llevar a Leo allí. Antonio se dará cuenta en un segundo. —No lo llevaré. Se quedará contigo aquí. Antonio cree que vivo sola con mi padre. Le diré que necesito venir a ver a mi familia dos veces por semana. Es la única forma. Tía, por favor, no dejes que nadie sepa que Leo existe. Ni una foto en redes sociales, nada. Si él se entera... me lo quitará para siempre. Mia abrazó a su hijo, aspirando su olor a talco y bebé, sintiendo que las lágrimas finalmente desbordaban. Leo era su sol, y ahora ella entraba voluntariamente en un eclipse total. La Jaula de Oro Tres horas exactas después, el coche de Antonio se detuvo frente a la mansión Sepúlveda. Era una fortaleza de piedra negra y cristal, rodeada de jardines perfectamente podados que parecían carecer de vida. Antonio la esperaba en el gran vestíbulo, con una copa de cristal en la mano. —Puntual. Veo que has aprendido la lección —dijo él, observando la pequeña maleta de Mia con desdén—. Tus cosas viejas serán desechadas. En tu habitación encontrarás ropa adecuada para tu posición. No quiero que nadie que visite esta casa piense que mi asistente vive en la indigencia. La guió por una escalera de caracol hasta el segundo piso. Al abrir la puerta de la que sería su habitación, Mia se quedó petrificada. No era una habitación de invitados. Era una réplica exacta, hasta el último detalle, de la habitación que ella tenía en la antigua casa de su familia, donde solían encontrarse a escondidas antes de su compromiso. Los mismos colores, la misma disposición de los muebles, incluso una marca de pintura en el suelo que ella misma había hecho años atrás. —¿Qué es esto? —preguntó ella, con la voz quebrada. —Un recordatorio —dijo Antonio, acercándose por detrás y colocando sus manos sobre los hombros de ella—. De que no importa cuánto corras, Mia, siempre terminas regresando al lugar al que perteneces. A mí. Él se inclinó, su aliento rozando su oreja. —Dime la verdad, Mia. En estos dos años... ¿hubo alguien más? ¿Alguien se atrevió a tocar lo que era mío? Mia sintió un pánico absoluto. La pregunta no era solo por celos; era un interrogatorio. Si decía que sí, Antonio buscaría a ese hombre. Si decía que no, reafirmaba su posesión. Pero la verdad era que el único hombre en su vida había sido Leo, y el rastro físico de ese embarazo era algo que ella debía ocultar a toda costa bajo la ropa holgada que planeaba usar. —Nadie, Antonio. No hubo nadie —mintió, sintiendo que el secreto de su hijo pesaba más que nunca en su pecho. —Bien. Porque si descubro que me mientes, el Proyecto Fénix será lo último de lo que te preocupes. Él salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí, pero Mia escuchó el sonido de una cerradura electrónica activándose. No era una asistente. Era una prisionera de lujo. Mia se dejó caer en la cama, temblando. Sacó su teléfono a escondidas y miró la última foto que le había tomado a Leo esa mañana. En ese momento, la pantalla se iluminó con un mensaje de un número desconocido: "Sé lo que escondes en ese apartamento de las afueras, Mia. Antonio no es el único que tiene ojos en la ciudad. Si no quieres que él se entere de la existencia del niño, tendrás que darme algo a cambio del Proyecto Fénix." El corazón de Mia se detuvo. Alguien más sabía de Leo. Alguien estaba usando a su hijo para chantajearla dentro de la boca del lobo. Mia está atrapada en una casa donde cada rincón le recuerda el amor que perdió, vigilada por un hombre obsesionado que no sabe que es padre, y ahora, bajo la amenaza de un tercero que está dispuesto a usar la vida de su hijo como moneda de cambio. El juego de sombras acaba de volverse mortal.






