Mundo ficciónIniciar sesiónPaul Bellini es uno de los mafiosos más importantes de la zona Este de Panamá. Su mundo se resquebraja cuando Carlos Almary, uno de sus socios, lo delata y es encarcelado. Hasta ahora, ninguno de los abogados de renombre en el país ha aceptado defenderlo, saben que eso sería su sentencia de muerte de no ganar el juicio. Sin embargo, Claudia Lima acepta el caso; necesita recibir una cuantiosa cantidad el dinero para poder pagar la operación de su hijo. Ser una abogada honesta, no es muy rentable en su país. Sin embargo, lo que comienza como un acuerdo profesional pronto se transforma en un conflicto íntimo y peligroso. Mientras lucha por demostrar la inocencia de Bellini, Claudia se enfrenta a un sentimiento prohibido que amenaza con nublar su juicio. Esta vez, el mayor enemigo no es la ley, sino aquello que nace entre ambos.
Leer más—¿Está segura de que quiere aceptar mi caso? —preguntó Paul Bellini a la joven y hermosa abogada que estaba sentada frente a él.
—Sinceramente, no es el tipo de casos que aceptaría, pero algo me dice que debo hacerlo —cruzó sus piernas, se inclinó hacia adelante, se quitó las gafas y miró directamente a los ojos, a su cliente.— Creo que lo principal es que usted sea absolutamente sincero conmigo, no quiero mentiras, ni mucho menos sorpresas. —Es usted muy arriesgada, Claudia; mi conseglieri no se equivocó al recomendarla. —dijo él y ella sonrió de forma jactanciosa. —Vaya, se aprendió mi nombre muy rápido, considerando que es la primera vez que nos vemos frente a frente. —Soy muy cuidadoso de los detalles, de eso dará cuenta más adelante. —afirmó—. Por ahora solo puedo decirle que cuando algo me interesa, lo grabo en mi inconsciente. Ella enarcó la ceja y lo miró sin pestañear. El guardia de seguridad, se acercó, lo tomó del brazo y lo levantó de la silla. —Fue un placer conversar con usted —dijo y como pudo, aún con las esposas puestas, estrechó la mano de su hermosa abogada. —Igualmente Sr Bellini. —contestó ella, sosteniendo su mano con firmeza. —Gracias por aceptar mi caso, abogada. Paul fue retirado de la sala de visitas por el custodio, mientras Claudia se levantaba de la silla, sintiendo que el corazón se le quería salir por la boca. Respiró profundamente, el guardia le abrió la puerta de metal y ella salió apresuradamente de aquel lugar. Subió a su coche, encendió el motor y se aferró al volante, como quien necesita mantenerse segura. La decisión que acababa de tomar, era la más difícil que había tenido que elegir en su vida. Pero… ¿cómo no hacerlo, si de ello dependía la propia vida de su hijo? Media hora después, detuvo su coche en la entrada principal del colegio. Santiago la esperaba afuera, sentado en un pequeño banco de concreto. Al verla corrió hacia ella, Claudia bajó apresuradamente y tuvo que correr cuando vio que el niño se desvanecía ante sus ojos. Lo levantó entre sus brazos y se dirigió a su coche. Abrió la puerta de atrás y lo acostó en el asiento. Luego –tal y como se lo había indicado el médico–, le sostuvo las piernitas en alto, mientras aguardaba a que el oxígeno, a través del bombeo sanguíneo, llegara hasta su cerebro. Así permaneció hasta que, veinte segundos después, el niño reaccionó. Se incorporó lentamente y sonrió, aún aturdido por aquel síncope que, con el paso de los años, se había vuelto cada vez más frecuente. —Santiago mi amor, cuántas veces te he dicho que no corras. —advirtió ella, visiblemente angustiada por la reacción de su pequeño al verla. —Mamita, me emocioné al verte. A veces olvido que no puedo ser igual al resto de mis amiguitos. —se cruzó de brazos haciendo pucheros. Un claro gesto de descontento por su cruel situación. —Pronto mi amor, ya lo verás. Pronto vas a estar bien. —murmuró—. Luego de que te operen de ese corazoncito hermoso, podrás jugar, correr, hacer todo lo quieras —lo sujetó de la barbilla y lo miró con ternura— Te lo prometo, mi amor. ¡Te lo prometo! Claudia acomodó en el asiento infantil, a su pequeño de seis años. Después de abrocharle el cinturón de seguridad cerró la puerta trasera. Rodeó el coche, y fue hasta el asiento del conductor. Puso en marcha el vehículo, de regreso a su casa. Durante el trayecto, pensó en lo que le había dicho el especialista con respecto a la condición cardíaca de su hijo. “Si no lo operaban rápido, su corazón no podría soportar por mucho tiempo”. Las lágrimas asomaron a sus ojos, amenazando con desbordarse. Claudia apretó los labios y respiró hondo, conteniendo el llanto. No podía mostrarse vulnerable frente a su pequeño. Ella era su sostén, su fortaleza; quien le infundía ánimo para luchar contra la enfermedad, incluso cuando la esperanza parecía agotarse. Apenas entraron a casa, Santiago se sentó en el sofá, encendió la TV junto a la consola de video juegos y se entretuvo jugando. Claudia fue hasta la cocina para preparle las galletas para su merienda. En pocos minutos, el olor a galletas recién horneadas, robó la atención de su hijo. —¿Galletas con chispitas de chocolate? —preguntó frotando su barriguita y saboreándose los labios—. ¡Hummm! —Sí, mi amor —respondió ella desde la cocina. Mientras las galletas terminaban de hornearse, se acercó a su hijo. —¿Cómo te sientes mi amor? —le preguntó. —Bien, mami. Pero sigo con sueño —bostezó y dejó el control de video juegos a un lado del mueble. —Vamos a tu cuarto, y cuando se enfríen las galletas, tomamos um enorme vaso con leche fría y tus galletas preferidas —dijo animada, intentando contagiarle un poco de entusiasmo a su hijo. —Sí, mami —bostezó por segunda vez, ella lo levantó y lo recostó de su hombro. Aquella madre sabía que el cansancio y la fatiga de su hijo no eran habituales a las de un niño normal, sino secuelas posteriores al síncope que había sufrido minutos atrás. Lo abrazó con cuidado, conteniendo la respiración, y le habló con dulzura, como si nada ocurriera. Pero cuando sintió que su peso cedía entre sus brazos, sintió miedo. Ese mismo miedo que la hacía temblar ante la idea de que su hijo se quedara dormido y no volviera a despertar jamás.“El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto.”Charles ChaplinMientras algunos disfrutaban de la felicidad, también hubo quienes recibieron el castigo por sus malas decisiones y por su propia maldad.—Su señoría —declaró el representante del jurado con voz firme—, la acusada ha sido declarado culpable de los delitos de homicidio intencional y planificado en contra del Sr. Aníbal Duarte, asesinado el 22 de febrero de 2016, con una condena de 25 años. Además de ser condenada a 30 años de cadena perpetua por el asesinato del ciudadano Thiago Fernándes. Con la mirada llena de odio y una actitud altiva, Verónica Fuenmayor escuchó la sentencia sin bajar la cabeza. Finalmente, fue condenada a 55 años de prisión sin derecho a libertad condicional.Dentro de la Penitenciaría de La Joyita, Carlos Almary salió al patio para recibir los pocos minutos de sol permitidos. El ambiente era denso, pesado, cargado de tensión. De repente, una reyerta estalló sin aviso. Golpes,
“Hay amores que no solo se sienten… se expanden, se respiran y terminan contagiando la vida entera como uma dulce forma de felicidad.”A.K.M—Detente —susurró ella.—No puedo... —dijo él entre dientes—. Ya casi llegó. —Santi viene hacia acá. —contestó ella con una sonrisa nerviosa. Paul miró hacia el valle y vio que aún no estaba cerca. Aceleró sus movimientos pélvicos hasta correrse dentro de ella, mientras Claudia apretaba los labios conteniendo las ganas de gritar de placer.Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando su pequeño se acercó a la ventana y desde allí le gritó:—Mami, ve la mariposa que atrapé —le dijo el niño con una sonrisa luminosa, alzando sus pequeñas manos con orgullo.Claudia le devolvió la sonrisa, aunque sus piernas temblaban levemente. Disimuló como pudo los gestos en su rostro, apretando los labios y cerrando apenas los ojos por un instante.—Déjala libre, mi amor —respondió con dulzura, tratando de mantener la voz firme.Santiago obedeció sin duda
“A veces, perderlo todo es la única forma que tiene la vida de darte el comienzo que siempre mereciste.:A.K.MTal como lo había planeado Eder, Paul logró salir de Ciudad de Panamá hasta el puerto. Allí lo esperaba el yate en el que embarcarían rumbo a Marruecos. Tras varias horas de viaje, Paul comenzó a sentir escalofríos en todo el cuerpo. Las advertencias de Beltrán habían pasado inadvertidas para los demás.Dentro del yate, Claudia fue a uno de los camarotes y acostó al niño. Necesitaba estar al lado de Paul, cuidar de él. Regresó y se sentó con cuidado a su lado. Paul temblaba de frío a pesar de estar cubierto de pies a cabeza.Germán entró con un tilo que había preparado con las hierbas que Gertrudiz había colocado en su bolso.—Hay que darle a beber esto —dijo con urgencia contenida, acercándose—. Mamá me las dio precisamente por si esto ocurría.Intentó incorporarlo un poco, sosteniéndole la cabeza con cuidado, mientras Claudia le acercaba la infusión.—Claudia… teng
Enzo estaba devastado. Sin darse cuenta, había llevado a sus rivales hasta el refugio de su hermano. Como pudo, lo tomó entre sus brazos y regresó a la hacienda. Eder se acercó de inmediato para ayudarlo; entre ambos lo trasladaron hasta su habitación, con el peso de la urgencia oprimiéndoles el pecho.Mientras tanto, Germán verificaba que los cinco hombres que los habían atacado estuvieran muertos. Su expresión era dura, impenetrable, como si ya no hubiera espacio para la sorpresa.Claudia estaba en shock. Caminaba de forma automática, con la mirada perdida, mientras los recuerdos de felicidad junto a Paul se repetían una y otra vez en su mente, como un refugio al que aferrarse. Entró a la habitación donde yacía el amor de su vida. Eder, previendo lo peor, había dispuesto uno de sus helicópteros para traer a Gertrudiz.Paul seguía inconsciente.Claudia se sentó a su lado, temblorosa. Tomó su mano entre las suyas y la besó con ternura, como si ese gesto pudiera anclarlo a la vid
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