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Cuando las palabras sobran, los hechos hablan

Claudia fue a su dormitorio. Minutos después, regresó a la sala. Le entregó una almohada y una sábana.

—Descansa —dijo ella.

—Gracias, mi amor.

Ella asintió y volvió a su cuarto.

Claudia no podía negar que seguía enamorada de Thiago. Mas, era obvio que él, no sentía ya lo mismo por ella y eso, le dolía.

Se acostó en la cama, pensativa, sin poder conciliar el sueño. Las palabras del médico resonaban una y otra vez, en su cabeza. Sin embargo, saber que al menos él estaba allí junto a ella, apoyándola en aquel difícil momento, era reconfortante.

Después de tanto tiempo, no encontrarse sola fue un alivio inesperado.

Vio las horas transcurrir, dio vueltas en distintas posiciones, contó ovejas al derecho y al revés y nada. Sintió un poco de sed y bajó por una jarra con agua. Habitualmente la subía antes de acostarse, pero la ansiedad y la angustia que le provocaba la salud de su hijo, le hizo olvidarlo por completo. Caminó de puntillas para no despertar a Thiago, pero él al igual que ella, no lograba conciliar el sueño.

—No te preocupes, estoy despierto —dijo él con voz ronca.

Claudia por poco dejó escapar un grito.

—Por Dios Thiago, casi me matas de un susto. —susurró ella.

—No puedo dormir, ¿y tú? —preguntó él.

—Menos —respondió ella y fue hasta la cocina.

Él se incorporó, se sentó y luego fue detrás de ella.

—¿Me sirves un vaso? —le pidió él.

Ella asintió.

Verla así, en camisón, revivió en él, momentos de su pasado. Se acercó y la abrazó por detrás, ella sintió la rigidez de su sexo en su trasero.

—Te extraño Claudia. —murmuró a su oído.

Ella asintió. Él la tomó de la cintura, la hizo girar hasta tenerla de frente y la levantó con fuerza para sentarla sobre el mesón de mármol. Luego la besó apasionadamente.

Claudia se dejó llevar por aquel beso. Aunque una parte de su mente se negaba a estar con él, la otra parte de ella, deseaba sentirlo. Él descendió por su cuello, mientras iba soltando uno a uno los botones del camisón de seda. Ella sintió cómo su cuerpo ardía desde dentro, un fuego contenido que le recorría la piel. Se aferró la espalda de su exmarido con vehemencia, consciente de que, hasta ese momento, había sido el único hombre al que había entregado su cuerpo y su intimidad.

Thiago humedeció sus pezones con la punta de su lengua. Ella cerró los ojos y sintió como su cuerpo se tensaba y su piel se erizaba por completo. Lentamente descendió por su abdomen, se arrodilló y se internó entre sus piernas. Su vagina comenzó a humedecerse sin siquiera él haberla rozado; la imaginación de ella, era superior a sus caricias, necesitaba aquello, realmente lo necesitaba. Mientras él, saboreaba su almeja, ella meció su cadera y con una de sus manos, apretó su rostro contra su intimidad.

Al ver su excitación, él se puso de pie, bajó la cremallera de su pantalón y se posicionó entre sus piernas. La sujetó por ambos muslos y entró en ella. Claudia se aferró a su espalda bisbiseando su nombre.

—Thiago, Thiago, te amo.

Aquella frase fue para él, un poco desconcertante, lo que estaba pasando entre ellos, era apenas lo normal, de ex que se encuentran, reviven su pasado y follan. Eso era lo que él, pensaba. Claudia ingenuamente se imaginó una hermosa reconciliación.

Cuando estaba a punto de correrse en su interior, se contuvo. Sacó su falo y bañó su entrepierna con sus fluidos. Ella sintió su humedad quemándole como lava ardiente, la piel. Para ella, aquel gesto fue la respuesta evidente de lo que él no se atrevió a decir con palabras.

Luego de recuperar el aire, quiso abrazarla y besarla, pero ella lo evadió con una excusa.

—Voy a ver al niño. —se arregló el camisón de seda y subió a la habitación, él solo tomó un vaso con agua y se recostó en el sofá, quedando profundamente dormido.

Después de ver que Santiago seguía dormido, bajó para conversar con su ex esposo. Pensó pedirle que se dieran una oportunidad por el niño y por ellos, pero ya estaba rendido. Tomó la jarra con agua y volvió a la habitación. Nuevamente se sintió caer al fondo como cuando se separó de Thiago, solo que ahora acababan de hacer el amor, y su golpe fue un poco más duro que el anterior.

No durmió sino un poco antes de amanecer. La alarma la despertó, Thiago ya estaba despierto y le llevó el café:

—Toma, te hará bien.

—No he dormido nada. Tengo que llevar al niño a clase.

—No te preocupes, descansa. Yo me encargo.

Ella tomó la taza de café, la dejó sobre la mesa de noche, se volteó y se quedó dormida.

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