Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Claudia despertó, ya era casi mediodía; se levantó apresuradamente, tomó su celular para hablar con Thiago, necesitaba saber donde estaba su hijo.
—Hola, no te preocupes. No lo llevé a la escuela, está conmigo en el bufete. Iré a almorzar con él y Verónica, te lo llevo en la tarde, luego que salga del trabajo. —¡Está bien! Gracias. Apenas levantándome. —Bien, no te preocupes. Hablamos. Su tono fue cortante y distante. Claudia no entendía como después de un momento tan intenso, de pasión y recuerdos, él tenía la capacidad de hacer clic y borrar todo en un segundo. Tal vez, él estaba claro en todo lo que hacía y por qué lo hacía, mientras ella –de manera inversa– se dejaba llevar por sus emociones, y luego terminaba en medio de la nada, sin respuestas y con mil preguntas revoloteando en su cabeza. Mas tratar de entender a Thiago no era su prioridad. Antes debía resolver lo de la operación de su hijo; todo lo demás podía esperar. Esse pensamiento la ancló a la realidad, firme, urgente. Se estiró con un suspiro cansado, bostezó como si el cuerpo le reclamara las horas mal dormidas y, con movimientos lentos, se levantó de la cama. Caminó hasta el baño arrastrando todavía el peso de la noche. Abrió la llave y dejó correr el agua tibia; el vapor comenzó a envolverla, aflojándole los hombros. Cerró los ojos cuando el chorro la alcanzó, y el contraste le erizó la piel, endureciendo sus senos y tensando los pezones en una reacción involuntaria. Rememoró entonces la noche anterior: la tibieza de los labios de Thiago, la forma precisa en que sabía desarmarla, volverla frágil, casi sin defensas, como si su voluntad quedara suspendida entre un suspiro y otro. Ese recuerdo la tomó por sorpresa, colándose entre el vapor de la ducha y el latido acelerado de su pecho. Se permitió el gesto íntimo, lento, dejando que sus manos evocaran las de él, que su imaginación lo acercara hasta sentirlo demasiado real. Cerró los ojos. Lo imaginó susurrándole al oído, marcando el ritmo, reclamando ese espacio secreto donde ella solía perderse. Ella dejó que sus dedos se colaran entre sus pliegues, frotó su cartílago rosado, sintiendo como se volvía cada vez más rígido, otorgándose aquel momento de placer y deseo único. Imaginó a su ex cerca, dentro de ella, embistiéndola con fuerza. Su cuerpo respondió con una docilidad que le resultó tan conocida como inquietante; un deseo que crecía sin pedir permiso, reclamando atención. Se abandonó a esa corriente breve y clandestina, a la urgencia de sentir algo que no fuera preocupación ni miedo. El placer llegó como una ola intensa, contenida, suficiente para arrancarle el aliento, pero no para borrar del todo la duda que se instaló después, silenciosa y persistente. Cuando el temblor cedió, apoyó la frente contra la pared fría, respirando hondo. Aun asi, aquel estallido orgásmico no pudo convencerla de que aunque sintió placer al lado de Thiago, el amor seguía siendo indispensable para poder ser feliz. El deseo podía ser intenso, incluso necesario, pero el amor… el amor seguía siendo otra cosa. Algo que, pese a todo, aún no sabía si estaba dispuesta a declarar prescindible. Salió de la ducha y se sentó en la cama. Frotó su cabello con la toalla hasta quitarle el exceso de humedad. Después comenzó a maquillarse lo justo para disimular las ojeras y verse natural, sin excesos. Uso un poco de corrector para sus ojeras. Luego aplicó el rímel y su lápiz labial color carmesí. Fue hasta el guardarropas y eligió una blusa blanca, un pantalón de lino gris plomo y tacones altos negros, sobrios, firmes. Se perfumó con las últimas gotas de su 212, ya casi agotado, tomó el blazer y la cartera, y salió. Iba al encuentro del único hombre que podía salvarle la vida a su hijo. Minutos después llegó a la penitenciaría. El edificio se alzaba gris y severo, rodeado por muros altos coronados de alambre de púas. El aire era pesado, cargado de un olor metálico y áspero que parecía adherirse a la piel. Guardias armados vigilaban cada acceso, atentos, desconfiados, mientras las puertas de hierro se abrían y cerraban con un estruendo seco que resonaba en los pasillos. No había concertado una cita. Aun así, avanzó con paso firme, sosteniendo la mirada, modulando la voz con cuidado. Fue entonces cuando pronunciaron el nombre de Paul Bellini. El motivo real de su visita permanecía intacto em su pecho, latiendo com fuerza. Porque no estaba allí por curiosidad ni por conveniencia: estaba allí por supervivencia. Minutos después llegó a la penitenciaria, no había concertado una cita, por lo que tuvo que usar sus influencias y encantos para poder conversar con Paul Bellini. —¡Buenas tardes! pero que milagro verla por aquí Claudita —Saldiva, la saludó con un beso en la mejilla. —¿Qué tal? ¿Cómo está todo comisario? —Pues vea, ahora mucho mejor. Ver a un mujerón como su merced, no resulta tan fácil. ¿Qué me la trae por aquí? —le tomó la mano. Ella con astucia se soltó con la excusa de arreglarse las gafas. —Necesito ver a mi defendido. No tengo cita para hoy, pero es importante que converse con él. —¿Qué podrías ofrecer a cambio de ese favor? ¿Qué tal una cena juntos? —Sí, puede ser. —respondió con firmeza. Aquel hombre libinidoso, de aspecto tosco, desarreglado y con apariencia descuidada le provocaba repulsión, pero debía a como diera lugar, ver a Bellini. —Entonces, esta misma noche puede ser. —propuso él y ella asintió, se levantó de la silla esperando la autorización para verlo. Saldiva tomó el teléfono y avisó al oficial para que llevara al presidiario hasta la sala de conversación telefónica. —Listo mi querida Claudia, te entrevistarás con él en la sala de llamadas. —Pero, preferiría que sea en la sala de visitas. —No, mi hermosa abogada, eso me comprometerá mucho, además por una cena es muy poco lo que puedo hacer. Al menos que pues... El mensaje quedó sobre entendido. Sin embargo, por más que a Claudia le urgiera hablar con su cliente cara a cara, había límites que no estaba dispuesta a cruzar. No aceptaría ese tipo de trato, y mucho menos viniendo de un hombre tan repugnante como él. Su necesidad era grande, sí, pero no lo suficiente como para negociar su dignidad. —No se preocupe comisario, conversaré via telefónica con mi defendido. Cuando el oficial se dirigió al módulo preventivo y le informó a Paul que tenía visita, él se sorprendió. No solía recibir a nadie. Sin embargo, lo que menos imaginó fue que se tratara de Claudia. —Tienes visita Bellini. —¿Quién? —cuestionó. —La Dra Claudia Lima, su abogada. Al escuchar su nombre, algo se encendió en su mirada. Sonrió para sí mismo. El juego acababa de comenzar...






