"Los hombres no lloran"

—Bien, comience.

Paul respiró hondo. Le costaba hablar de aquel oscuro pasado.

Sin embargo, por una extraña razón, algo en su interior, le decía que podía confiar en ella.

POV Paul

1992. Yo apenas tenía siete años. Esa tarde, regresaba del colegio junto con Eder, mi único amigo en aquel entonces.

—Nos vemos mañana —me dijo.

—Claro, pasas por mí. —respondí.

Entré a casa, dejé mi mochila sobre el mueble y fui hasta la cocina. Allí encontré a mi madre, estaba sentada en una silla, con el rostro ensangrentado. Al verla toda golpeada, corrí a sus brazos con intención de ayudarla.

—Mami, mamita ¿Qué te ocurrió? —le pregunté desesperado. Ella me miró con tristeza y solo dijo:

—Me caí mi amor, estaba limpiando el techo, me subí a la silla y me vine abajo.

No le creí. A pesar de mi corta edad, no era tan tonto como para creer que se hubiese caido y golpeado de aquella forma. Fui hasta mi habitación y me recosté en la cama, pensativo, imaginando que pudo haber pasado esa tarde mientras yo no estaba. Nada más lejos podía estar de aquella respuesta. Confieso que llegué a pensar que mi padre la había golpeado, a veces discutían y él la amenazaba con ello. Mas, todo se quedaba en simples amenazas, en discusiones. Cuando escuché el auto de mi padre, me levanté apresuradamente, arreglé mi cama y me senté a esperar que entrará a saludarme. Esta vez no lo hizo, como solía hacerlo, lo que me llevó a creer que eran ciertas mis sospechas, escuché cuando le gritaba a mi madre:

—Le dijiste dónde estaba, contesta mujer —la estremeció con tanta fuerza que ella terminó gritando:

—No, no se lo dije. Sé que te matarían pero también sé que Paul y yo estamos corriendo peligro, que tus malditos negocios de narcomenudeo solo nos han llevado al filo de la muerte.

Mi padre la miró con un odio que nunca pensé ver en sus ojos, la abofeteó, sin darse cuenta que yo lo observaba detrás de la cortina.

—No vuelvas a decir eso, —escupió—. Cuando sales de compras no te importa de donde proviene el maldito dinero, pero cuando vienen a joderme por deberles mercancía, allí sí. Las vainas son pa’ las buenas y pa’las malas. ¡Carajo!

Mi madre solo lloró desconsolada. Esa tarde, descubrí de la forma más dura, que mi padre era un narco y que mis amigos del colegio no mentían cuando murmuraban detrás de mis espaldas. Yo los escuchaba, pero inocentemente prefería creer que ellos mentían, que querían provocarme y terminar en el medio del patio, golpeándonos hasta el cansancio.

Esa misma noche, mi padre entró a mi habitación y me dijo:

—Pase lo que pase Paul, no dejaré que te hagan daño, ¿me oyes? nada. —me tomó de los hombros y me miró fijamente. En sus ojos ví que decía la verdad.

—¿Y mi mamá? —pregunté estúpidamente.

—¡Que se joda! La mujer que no esté a tu lado en las buenas y en las malas, no merece que cuides de ella. —respondió con hostilidad.

Al principio creí que solo lo decía porque estaba enojado con ella, pero todo cambió cuando tomó mi mochila, sacó los cuadernos y me pidió que metiera tres mudas de ropa. ¿Es en serio? Me pregunté a mí mismo.

Él salió de la habitación y yo, yo lloré desesperadamente. No quería irme y dejarla, pero a los siete años, no puedes ir en contra de tu padre. Me tomó del brazo y me sacó arrastrado del cuarto, a pesar de que le imploré que me dejara despedirme de ella, me contestó tajantemente que no, me levantó y me metió en el auto. Yo lloraba sin poderlo evitar. Entonces, enardecido me jaló de la oreja y me grito:

—¡Carajo, los hombres no lloran!

Creo que esa fue la última vez que lloré.

Mi padre condujo por un camino de tierra que parecía interminable, donde solo podía ver a cada lado de la carretera, monte. Finalmente me quedé dormido. Cuando desperté, estábamos en un pueblo al sur de Panamá, y allí comprendí que aunque duela en el alma, hay cosas que la vida te obliga a hacer, sin que puedas liberarte de ello...

Claudia tuvo que tragar saliva y evitar mostrar compasión y lastima por él. Si para ella era difícil aceptar que Santiago estuviese enfermo y a punto de morir, que dejaría para él a esa edad, siendo apenas un niño, el tener que separarse de su madre.

—Lo que me cuenta, debió ser difícil. —comentó ella—. Era sólo un niño.

—Lo es, —respondió él—. incluso siendo hombre. —agregó.

Ella lo miró aturdida.

—Nunca volví a verla, Claudia ¿Y sabe por qué? —preguntó con sarcasmo.

La pelicastaña negó con la cabeza.

Él sonrió con cinismo y respondió:

—Esa noche la asesinaron para que dijera donde estaba mi padre ¿y sabe por qué no lo hizo? Porque me hubiesen matado a mí. —golpeó la mesa con el puño y levantó la cabeza para que el guardia lo llevará de regreso a su celda.

Claudia se levantó y vio a aquel prepotente hombre del inicio, caminar cabizbajo, dolido hasta lo más profundo de su ser, por haber perdido a su madre.

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