Mundo ficciónIniciar sesiónLuego de la entrevista con su cliente, Claudia regresó al Bufete, mientras se le hacia la hora de buscar a Santiago. Aún estaba pensativa, aquella historia había sido inesperada para ella. Muchos juzgan a las personas por la forma en que actúan, pero pocos conocen de su dolor, de sus tristezas.
Sentía compasión por Paul Bellini, el mafioso más importante de la zona Este, el duro, el implacable. De pronto, su celular comenzó a sonar, sacándola de su estado reflexivo a la cruel realidad. Pestañeó un par de veces, reaccionando rápidamente al ver en la pantalla de su celular “Maestra Libia”. Se apresuró a atender la llamada: —Sí, maestra, dígame. —su rostro palideció cuando escuchó la voz del otro lado, diciéndole: —Santiago tuvo un desmayo, lo tengo en la clínica Santa Rosa. —Voy para allá —contestó angustiada, tomó su cartera, fue hasta donde estaba Julia— Tengo una emergencia, dile a Fabricio que trataré de regresar. —¿Es Santi? —preguntó al verla tan angustiada. —Sí. —contestó parcamente, salió de la oficina y subió a su auto. Condujo lo más rápido que pudo hasta llegar a donde estaba su hijo. Bajó desesperada del auto y corrió hasta la entrada de la clínica. —Señorita por favor, el niño Santiago Fernándes. La mujer revisó su lista de ingresos en el computador. —Está en emergencia, señora. Pero, no puede pasar hacia esa área. —¿Cómo dice? ¡Es mi hijo! —aseveró con hostilidad. —Disculpe pero no puede haber más de dos personas con el paciente. —le advirtió la mujer de mirada fría. —¿Dos? ¿De qué habla? —preguntó confundida. —El padre del niño está con él. Aun sin entender que estaba pasando, no tomó en cuenta las exigencias de la recepcionistas y entró al área de emergencia. Se asomó en cada cubículo hasta que dio con el de su hijo, se sorprendió de ver a Thiago junto a la maestra de su hijo. —Libia, por favor salga. Quiero estar con mi hijo y el vigilante ya debe venir a sacarme. —le exigió. —Sí, señora Claudia, tuve que llamar al padre, estaba desesperada. —No se preocupe, luego hablamos —la mujer salió del pequeño cubículo. —Así saludas —increpó Thiago. Ella no quiso responder a aquella insulsa pregunta, se acercó y acarició el cabello rubio de su hijo. —Mamita —dijo él, mirándola con una sonrisa al verlo. —Aquí estoy mi vida, aquí está tu mami. —le besó en la frente. Él cerró sus ojos. Ella volteó hacia su ex marido — ¿Qué dijo el médico? —preguntó —Hasta ahora, solo exámenes y más exámenes, mírale los brazos, ya le han sacado tres veces la sangre. Claudia acarició el brazo de su bebé. —Creo que no has sabido encargarte de nuestro hijo. —señaló. Ella tuvo que morderse la lengua para no formar un escándalo en aquel lugar. —¡Que riñones tienes! —lo miró con repulsión— venir a exigirme explicaciones sobre como he cuidado a mi hijo, cuando tú ni siquiera te preocupaste nunca de él. El médico llegó en ese instante. Al ver la situación tensa entre ellos, decidió sacarlos de allí. —Necesito que me acompañen, los dos. —les exigió. Claudia se apartó de él, siguió al médico y entró al consultorio. —Siéntense por favor. El médico los miró y movió la cabeza en desaprobación al comportamiento inmaduro de ambos padres. —Su hijo tiene una valvulopatía severa, y ustedes en vez de cuidar de él en este momento, discuten. ¿Cómo creen que se sienta Santiago al ver la intolerancia que hay entre ustedes? ¿No les importa la vida de su hijo? Claudia sintió como se le encendía el rostro de vergüenza. El médico tenía toda la razón, ambos estaban comportándose como un par de adolescentes. —Lo siento —se excusó ella— Me puse nerviosa al saber que mi hijo está decayendo. —Su salud, es algo que no solo depende de una válvula, sino también de una situación emocional. Sus problemas —los señaló a los dos— son lo que menos me importa, aquí lo único importante es que él esté junto a sus padres. Ambos asintieron. Se miraron de frente. Esta vez, los dos, bajaron la mirada. —Por otro lado, estuve viendo la historia médica del niño, aunque no soy su médico directo, la condición de su hijo amerita lo antes posible de una intervención quirúrgica, necesitamos hacer un transplante ventricular. Thiago cubrió su rostro con ambas manos, hasta ahora no sabía que la condición de su hijo era realmente, tan difícil. —¿Cuánto doctor, cuánto cuesta la operación? —preguntó él, pensando que eso resolvería todo. —Acá el dinero es lo de menos, el riesgo de operar es tan peligroso como no hacerlo. El niño puede morir. Claudia no puede evitar quebrarse ante aquellas palabras, lloró desconsolada. —Pero si se salva, tendrá muchos años de vida. —agregó. Por más pequeña que fuese aquella esperanza, Claudia prefería aferrarse a ella. Su corazón de madre no le permitía pensar en perder a su hijo. Por primera vez, Thiago en un gesto de consuelo, la rodeó convsus brazos. Era ese abrazo el que llevaba necesitando todos esos años. —Todo va a salir bien, mi amor —susurró él y ella lo abrazó con fuerza. —Por ahora, voy a hacer todos los exámenes pre operatorio que se necesiten para intervenir lo antes posible. Thiago, la ayudó a levantarse, regresaron al lado de Santiago. Si alguien realmente, merecía de esa tregua entre ellos y sus egos, era su hijo. Claudia estaba dispuesta a hacer lo que fuese necesario por él, de eso no tenía la menor duda. Horas más tardes, el médico le dio de alta al niño, Thiago los llevó hasta su casa, y esa noche como nunca antes lo hizo, decidió quedarse junto a él. —¿Dormirás en la sala? —preguntó ella. —¿Quieres que duerma en la habitación? —respondió él con otra pregunta. —Dónde prefieras —le contestó amablemente. —Me quedaré aquí, es lo mejor. Aunque Thiago siempre recordaba su historia de amor con Claudia, el tiempo había pasado. Su ex seguía siendo una mujer increíble pero él estaba enamorado de Verónica. Además era la única, que podía prestarle el dinero que necesitaban para operar a su hijo.






