Vendiéndole el alma al diablo

Paul se incorporó en la angosta cama com um movimiento lento. Cerró el libro y lo deslizó bajo la almohada, cuidando de no hacer ruido, un gesto aprendido a fuerza de noches iguales.

El chirrido metálico anunció al guardia antes de que la puerta se abriera por completo. Sin mediar palabra, le colocó las esposas y lo tomó del brazo. Él no opuso resistencia. Caminó a su lado por el pasillo estrecho, con las luces blancas cayendo implacables sobre los muros, hasta llegar a la sala, donde la espera parecía tener siempre un peso distinto.

Paul se sentó frente a ella. Solo entonces pudo observarla con detenimiento. Claudia era hermosa, sí, ya lo había notado antes, pero aquel día había algo distinto en su presencia. Se veía más atractiva, más segura, con una sensualidad que no necesitaba exhibirse para imponerse.

La barrera invisible entre ambos, parecía, paradójicamente, volver el momento aún más excitante. Sonrió, ladeando apenas la cabeza, y levantó el auricular con gesto pausado, como si quisiera prolongar ese instante un segundo más.

—Buenos días Bellini.

—Buen día Claudia. ¿Teníamos cita hoy? —preguntó sorprendido.

—No, realmente no. Pero me urge hablar con usted. Necesito pedirle un inmenso favor.

—Claro, dígame. —contestó en un tono amable—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Necesito un adelanto de mis honorarios.

—¿Qué? —replicó de inmediato— Pero si ni siquiera hemos ido a juicio. No entiendo. ¿Me vio cara de tonto?

—No, no es eso. Solo que —hizo una pausa, respirando profundo para no quebrarse.

A pesar de lo fuerte que parecía ser, el sólo hecho de nombrar a su hijo la rompía el alma en pedazos.

—Deben operar con urgencia a mi hijo. —murmuró—. Necesito mucho dinero para ello. Pero le prometo que lo sacaré de la cárcel a como dé lugar.

Paul la observó fijamente. El tono de su voz y sus ojos cristalinos a punto de desbordarse, le hicieron ver que no mentía.

¿Pero como confiar en una mujer que acababa de conocer?

Si algo le había enseñado la vida era a no confiar en nadie. Ni siquiera en su propia sombra.

—¿Qué edad tiene su hijo? —preguntó al fin, con el tono endurecido por la costumbre de no implicarse.

—Cinco. Santiago tiene cinco años —respondió ella, visiblemente angustiada.

—¿De qué deben operarlo?

—De una valvulopatía. Presenta problemas en una de las válvulas ventriculares, por lo que…

Paul no la dejó continuar; la interrumpió de inmediato.

—¿Cuánto necesita? —preguntó con firmeza.

—Cuarenta y cinco mil dólares —respondió, titubeante, consciente del monto.

—¡Wow! Es mucho dinero.

Claudia bajó la mirada. Sabía perfectamente que era una suma elevada, casi imposible. Sus dedos se entrelazaron sobre el regazo, buscando sostenerse.

Él suspiró hondo.

—¿Qué me garantiza que cumplirá con su trabajo de sacarme de aquí?

—Si no le es suficiente mi palabra, traje este documento —dijo ella. Abrió la cartera con manos nerviosas, sacó una carpeta de cartón manila y extrajo una hoja doblada con cuidado. Se inclinó hacia el vidrio que los separaba y colocó el documento contra la superficie fría, alisándolo con la palma, como si ese gesto pudiera reforzar su promesa.

Paul lo recorrió apenas con la mirada, sin detenerse en los detalles. Al final, no le quedaba otra alternativa que confiar en ella. Claudia era la única mujer lo suficientemente valiente –o temeraria– como para haber aceptado defenderlo. Y, siendo honesto consigo mismo, tampoco tenía muchas opciones. En aquel lugar, la confianza no era una elección… era una apuesta desesperada.

—Muy bien Claudia, ese monto equivale al 90% de sus honorarios. ¿Está segura de que es lo que desea? Prácticamente quedará trabajando para mí gratuitamente.

—¿Cree que la vida de mi hijo, no lo vale? —increpó—. Haría lo que fuera por salvarle la vida. Incluso venderle el alma al diablo...

—Gracias por la comparación. —sonrió con sarcasmo.

—Disculpe, no era mi intención.

—No te preocupes, no es la peor de las ofensas que he recibido —dijo él con una calma inquietante—. Diría incluso que resulta halagadora viniendo de usted. Pero bien, volviendo a nuestro pacto, la espero mañana temprano para firmar el documento y recibir su alma a cambio.

La miró fijamente y esbozó una sonrisa perversa.

—Aquí estaré, Bellini —respondió ella con voz firme, sin apartar la mirada.

Claudia se levantó de la silla. Paul la recorrió de arriba abajo con descaro, evaluándola sin pudor. Aquella mujer era, a sus ojos, peligrosamente atractiva y sensual. Le lanzó una mirada cargada de insinuación. Ella tragó en seco, obligándose a no retroceder. En ese momento, el oficial se acercó; Bellini dio un paso atrás y regresó a su celda, mientras ella abandonaba la sala, volviendo de golpe a su cruel realidad.

Mientras tanto, Thiago esperaba a Verónica en su auto. Estaba listo para llevarla a almorzar. La elegante mujer salió minutos después, subió al vehículo y saludó a su marido con una cortesía medida, atravesada por un leve recelo que no pasó inadvertido.

—Buen día mi amor —él se inclinó hacia ella. Pero Verónica le esquivó el rostro.

—Hola. ¿Te tocó de niñero? —preguntó con visible enojo.

—No —respondió él, se acomodó en su asiento y encendió el motor de su coche.

Ella volteó hacia el asiento trasero. Santiago estaba tan entretenido con su consola de videojuegos que no se percató de la presencia de la mujer de su padre.

—Hola, Santiago —lo saludó.

El niño alzó la mirada y respondió automáticamente.

—Hola, señora. —dijo y continuó con su juego.

La mujer volteó hacia Thiago y lo miró fijamente:

—¿Cómo te fue anoche? —preguntó de forma capciosa, sin quitarle la vista de encima.

—Bien, bien —tartamudeó un poco.

Para una mujer como ella, curtida en experiencia y conocimiento, aquella respuesta era una prueba irrefutable de que él ocultaba algo. Aun así, tenía dos opciones: hacerse la tonta o mandarlo a la m****a. Por ahora le convenía la primera, por lo menos hasta se cansara de él.

—Qué bueno —dijo con una sonrisa medida—. Espero que luego me cuentes con detalles.

Thiago la miró apenas un segundo. Después volvió la vista a la carretera, aferrándose al volante. Sabía que, si la miraba a los ojos, quedaría al descubierto.

Verónica lo conocía demasiado bien.

Y él acababa de traicionarla...

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